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Más de un siglo de Cine

No sé yo, si aquel lejano 25 de diciembre de 1895, cuando los hermanos Lumière hicieron la primera exhibición pública de sus películas, eran conscientes de lo lejos que iba a llegar aquella nueva industria que se acababa de poner en marcha. Seguramente no mucho, pues llegaron a afirmar en repetidas ocasiones que el cine es una invención sin ningún futuro, a pesar de que a ellos les aportó cuantiosos beneficios durante los pocos años que se dedicaron a filmar pequeños documentales con escenas de la vida cotidiana.
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Viaje a la Luna – Georges Méliès

Sin embargo, por suerte, no todo el mundo pensaba igual y hubo quienes supieron ver las muchas posibilidades que el cine podía ofrecer, de manera que no tardaron en surgir empresas que se dedicaron a la producción cinematográfica, como la Gaumont (Gaumont Film Company), que fue fundada en Francia en 1895 y que no sólo es la más antigua productora de cine que existe, sino también la primera que tuvo una mujer como directora; la Pathé (Société Pathé Frères), fundada también en Francia en 1896 por los hermanos Pathé y que se convirtió, en los primeros años del siglo XX, en la mayor productora de cine del mundo en aquel momento; o la empresa italiana Rossi & C. de Turín, que a partir de 1908 adoptaría el nombre de Itala Films por el que es más conocida actualmente. Empresas que empezaron produciendo películas sencillas, no muy largas, con medios muy limitados y rudimentarios en cuanto a vestuarios y decorados y, claro, sin sonido. Un cine mudo que se exhibía en las salas acompañado del sonido de un piano o una pequeña orquesta y un relator, una persona que iba narrando los hechos que acontecían en la película. No obstante, pronto empezarán a surgir nuevas ideas y aparecerán los efectos especiales de la mano, principalmente, del cineasta francés Georges Méliès, que nos dejará un importante legado de películas, entre las que destacan las de ciencia ficción, algunas de ellas inspiradas en la obra de Julio Verne como su célebre Viaje a la Luna, realizada nada menos que en el año 1902.

Auditorium Theatre – Toronto 1910 (William James)

En aquellos primeros tiempos, el cine europeo dominó el mercado internacional hasta la Primera Guerra Mundial, momento a partir del cual sería reemplazado por las producciones realizadas en Estados Unidos, donde el cine mudo había triunfado entre una población llena de inmigrantes de multitud de nacionalidades, muchos de los cuales no sabían hablar bien el inglés y, por tanto, no podían disfrutar de otros espectáculos, como el teatro. El cine mudo, en cambio, conseguía llegar más fácilmente a todos y supuso una vía de entretenimiento a la que supieron sacar partido los empresarios de las salas de teatro, que empezaron usándolo como complemento de su actividad. Aquel negocio, sin embargo, empezó a crecer de manera vertiginosa. Junto a las empresas productoras aparecieron las de distribución, completando así una cadena comercial que culminaba en las salas que ofrecían el nuevo espectáculo y que cada vez eran más numerosas. Salas que fueron conocidas con el nombre de Nickelodeon, desde que en 1905 Harry Davis y John P. Harris abrieron en Pittsburgh el primer teatro del mundo dedicado exclusivamente a la exhibición de espectáculos de imágenes en movimiento, en el que proyectaban películas en sesión continua por 5 centavos. Decidieron por ello llamarlo Nickelodeon, uniendo a la palabra nickel (por la que se conocía popularmente a la moneda de 5 centavos) la palabra odeon que, procedente del griego, significa teatro cubierto. Pronto, por todo el país, surgió un gran número de salas que no tardaron en copiar, tanto aquel novedoso sistema de sesión continua, como el nombre.

Thomas Alva Edison intentó tomar el control de aquel flamante negocio, basándose en los derechos de explotación de sus patentes. Para ello creó una compañía, asociándose a otras importantes empresas del sector, que durante algún tiempo dominó el mercado de la industria del cine, exigiendo el pago de derechos tanto a productores como a exhibidores. Sin embargo, el conflicto no tardaría en surgir, cuando algunos productores, denominados independientes, empezaron a hacer frente al oligopolio ejercido por Edison. Tratando de huir de su control, en los primeros años del siglo XX, el productor de origen alemán Carl Laemmle viajó hacia el oeste, a Los Ángeles, donde los largos días soleados facilitaban los rodajes con luz natural y, sobre todo, quedaba fuera del alcance de los inspectores de la compañía de Edison. Allí, en un pequeño pueblo llamado Hollywood, compró un antiguo rancho situado en el centro de la nada, 430 Km² de pastos, donde erigió una auténtica ciudad que albergaría al personal que iba a trabajar en sus películas. En ella establecía su empresa, que a partir de 1912 comenzó a llamarse Universal Studios.
No tardarían en seguir sus pasos muchos otros de los creadores de grandes estudios de cine como: Samuel Goldfish, que fundó en 1916, junto a los hermanos Selwyn, la compañía precursora de la actual Metro-Goldwyn-Mayer; los hermanos Warner, que se establecieron en 1918 y fueron los creadores de Warner Bros Entertainment; los hermanos Cohn, que creaban en 1919 la empresa predecesora de la actual Columbia PicturesAdolph Zukor, que había fundado en 1908 la Paramount PicturesWilliam Fox, que en 1915 creaba el embrión de la que hoy es Twentieth Century Fox; y, como no, los hermanos Walter y Roy Disney, que en 1923 fundaban The Walt Disney Company.
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Todos ellos y muchos otros convertirían a Hollywood en la Meca de una industria que, hoy en día, ya nadie duda en considerar un arte, el Séptimo Arte.
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Una historia de Cine

El físico y matemático Alhacén, nacido en la localidad iraquí de Basora en el año 965, fue el primero en describirnos, en su libro Tratado Óptico, el funcionamiento de lo que hoy conocemos como Cámara Oscura, instrumento que sería el precursor de las actuales cámaras fotográficas.

Boulevard du Temple – Louis Daguerre – 1838

En 1839, el francés Louis Daguerre, presentaba oficialmente la primera técnica fotográfica, un procedimiento en cuyo desarrollo llevaba trabajando varios años y al que denominó Daguerrotipo. El propio Daguerre tomó en 1838 la que está considerada como la primera fotografía de la historia en la que aparece una persona viva. Se trata de una imagen del Boulevard du Temple, en París, en la que, debido al largo tiempo de exposición necesario, unos diez minutos, no aparecen las personas que circulaban por la calle en aquel momento, tan sólo quedaron registradas las imágenes de algunos que permanecieron más tiempo en el mismo lugar, un hombre al que un limpiabotas le lustraba los zapatos y otro que estaba sentado leyendo un periódico.

Aquello no hacía más que comenzar, la posibilidad de capturar la imagen de un lugar o de una persona, poder guardarla y quedarnos para siempre con aquel recuerdo, era algo que tendría un éxito inmediato en todo el mundo y pronto se empezarían a desarrollar todo tipo de técnicas y materiales que ayudarían a modernizar aquel interesante descubrimiento, desde la aparición de los negativos fotográficos hasta la fotografía digital de hoy en día.

En 1872 surgiría un curioso debate entre los aficionados a las carreras de caballos en California. Algunos defendían la teoría de que, en plena carrera, los caballos llegaban a tener durante un instante los cuatro cascos en el aire, sin apoyar ninguno de ellos en el suelo, mientras que otros defendían todo lo contrario. Como a simple vista era algo imposible de demostrar, se le encargó al fotógrafo británico Eadweard Muybridge que tratara de captar con su cámara la imagen que pudiera probar aquella teoría. Fue una tarea complicada. Después de algunos fracasos y varios años de trabajo, Muybridge  conseguiría demostrar que, efectivamente, los caballos mantenían por un instante las cuatro patas en el aire. Durante aquel tiempo, desarrolló una técnica consistente en colocar hasta 50 cámaras fotográficas distribuidas a lo largo de la pista en diferentes ángulos, con las que captó una serie de imágenes del animal en pleno movimiento. Estamos, sin duda, en los inicios de lo que hoy conocemos como Cine.

A partir de aquella experiencia, Muybridge creó en 1879 el Zoopraxiscopio, un artefacto que proyectaba imágenes situadas en discos de cristal giratorios en una rápida sucesión, que conseguían transmitir la sensación de movimiento. Aquellas ideas le servirían de inspiración a Thomas Alva Edison para un invento cuya patente registró con el nombre de Quinetoscopio, una máquina desarrollada en sus talleres por William Kennedy Laurie Dickson, con la que pretendían hacer para los ojos aquello que el fonógrafo hace para los oídos. Aquel artefacto fue el precursor de los modernos proyectores cinematográficos y con él se registró en 1894 en el primer estudio cinematográfico que hubo, al que llamaron Black María, una de las primeras imágenes que se conservan de la historia del cine: el estornudo de Fred Ott, un mecánico del equipo de Edison al que le habían dado un pañuelo impregnado en rapé para provocarle el estornudo y grabar así una escena de cuatro segundos que lo iba a convertir en la primera celebridad cinematográfica de la historia, aunque no fue esta la película más antigua de la que se tiene noticia, ese honor lo ostenta una escena de apenas dos segundos de duración, conocida como la escena de El jardín de Roundhay, filmada en 1888 por el inventor francés Louis Le Prince.

   

Edison desempeñó, además, un importante papel en el desarrollo del celuloide, la película de nitrato de celulosa sobre la que se impresionaban las imágenes, que comercializó a partir de 1889 en un formato de 35 mm, pero que no pudo patentar porque ya lo había hecho por entonces George Eastman, creador de Kodak.

Sin embargo, la historia del cine se fundamentará sobre otro ilustre apellido, en este caso de origen francés: Lumière. Al tiempo que Edison desarrollaba sus ideas en Estados Unidos, en Francia, los hermanos Auguste y Louis Lumière creaban un aparato, capaz de filmar y proyectar imágenes en movimiento, con el que en 1894 grabaron sus primeras películas y que patentaron ese mismo año con el nombre de Cinematógrafo. El 28 de diciembre de 1895, tras varias presentaciones en diversas sociedades científicas, los hermanos Lumière celebraron la primera exhibición comercial y pública de su invento. Un acontecimiento que tuvo lugar en el Salon indien du Gran Café en el Boulevard des Capucines de París, al que asistieron 35 espectadores que pagaron un franco cada uno, para ver la proyección durante unos veinte minutos de diez pequeños cortometrajes grabados por ambos hermanos, entre los que destaca La salida de los obreros de la fábrica Lumière.

Aquel sería el primer paso de una industria que en su primer acto comercial recaudó 35 francos, pero que hoy en día mueve ingentes cantidades de dinero en todo el mundo. Una industria, con una historia también muy interesante, que merece que pronto le dediquemos otro artículo.

Los Cuadernos de Urogallo
 
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Publicado por en 10 octubre, 2012 en Artículos

 

Micronaciones

Parece bastante común, cuando pensamos en pequeños países, que nos vengan a la cabeza lugares como Mónaco, el Vaticano o San Marino. Con razón, pues todos ellos pertenecen a un grupo conocido como “microestados“, es decir, estados soberanos que o bien ocupan pequeñas extensiones de territorio o tienen muy poca población, o ambas circunstancias a la vez. Actualmente se encuadra dentro de este grupo a veinticinco países, el mayor de los cuales es un pequeño archipiélago de islas situado en la costa occidental africana, la República Democrática de Santo Tomé y Príncipe, con una superficie de 1001 Kms² y unos 193.000 habitantes. El más pequeño, en cambio, es la Ciudad del Vaticano, con 0,44 Kms² para una población de poco más de novecientos habitantes, seguido de Mónaco con 1,97 Kms² donde viven unas treinta mil personas.
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Sin embargo, existe otro curioso grupo de entidades territoriales, mucho más pequeñas aún, que se autodenominan países y sus habitantes exigen ser reconocidos como estados independientes, aunque no cuentan con el respaldo de otros gobiernos mundiales, ni de ningún organismo internacional, son las denominadas “micronaciones“. No nos referimos a esos “países” virtuales que surgen y existen sólo en Internet, a modo de juego o afición, que los hay, sino a pequeños territorios físicos, a veces creados y mantenidos por una sola persona o familia y, en muchas ocasiones, limitado exclusivamente a una parcela de su propiedad, como es el caso de la República de Molossia, fundada por Kevin Baugh en 1999 en Nevada, Estados Unidos, que abarca las 5,8 hectáreas de su finca privada y tiene doce habitantes.
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Existen diferentes motivos por los que surgen estas “micronaciones“. A veces lo hacen como un simple entretenimiento o ilusión personal; como una protesta o expresión reivindicativa; o como un simple y desmesurado sentimiento nacionalista. En cualquier caso, siempre tratan de aprovecharse de algún fallo en la legalidad vigente o de alguna anomalía histórica, que les permita una cierta base legal a la hora de reivindicar una soberanía que, muchas veces, aparenta ser real con la emisión de sellos y monedas propios, pasaportes, escudos, banderas, fotos oficiales de su jefe de estado y hasta representantes diplomáticos en otros países.
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Podemos contabilizar cerca de ciento treinta de estas “micronaciones” físicas repartidas por todo el mundo, algunas de las cuales datan del siglo XIX, como el Reino de la Araucanía y la Patagonia, fundado en 1860 por el abogado francés Orélie-Antoine de Tounens, en territorios habitados por el pueblo mapuche en Argentina y Chile.
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De entre todas ellas, Sealand es una de las más conocidas y, probablemente, de las más originales, porque no se trata precisamente de una porción de terreno, sino de una plataforma situada en medio del Mar del Norte, una de las muchas que construyeron los británicos durante la Segunda Guerra Mundial, para defenderse de los ataques de la aviación alemana. Tras la guerra, dejaron de cumplir su función original y fueron abandonadas. Años más tarde, algunas de ellas fueron utilizadas para instalar emisoras de radio piratas. Un oficial del ejército británico retirado, Paddy Roy Bates, creó una de esas emisoras “Radio Essex” que, como todas las demás, fue cerrada por los tribunales alegando que estaba situada en aguas jurisdiccionales del Reino Unido. Bates comprobó entonces que una de aquellas torres se encontraba fuera de la competencia británica, en aguas internacionales y, en vez de establecer su emisora, lo que hizo fue instalarse en ella con su familia y fundó el “Principado de Sealand” en 1967.
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Bates pronto se vio enfrentado a las autoridades británicas, que no estaban dispuestas a permitir que perpetuase su estancia en la plataforma. Sin embargo, tras varias disputas en las que llegaron a repeler con disparos a los buques británicos que los hostigaban, aquella familia recibía el respaldo de los tribunales, que consideraban que la plataforma estaba en aguas internacionales y dispensaban así el primer reconocimiento de facto de aquel pequeño Principado.
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Sealand tiene una bandera y un escudo propios; emite sellos de correos; acuña su propia moneda, el dólar de Sealand que equivale al estadounidense; y hace gala de un lema que refleja como nada el espíritu de su existencia: E Mare LibertasUna libertad del mar que tal vez nos lleve muy pronto a ver cómo se hacen realidad increíbles proyectos, como los que en la actualidad está investigando Peter Thiel, cofundador de “Pay Pal”, que busca crear pequeñas naciones soberanas, construidas sobre islas artificiales en aguas internacionales, en medio del mar y libres de las leyes de cualquier otro país.
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Desde luego, no cabe duda de que la imaginación de los seres humanos es tan inagotable como variada es la forma de entender el mundo en el que vivimos o en el que soñamos vivir. Pero a veces, los sueños se hacen realidad.
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Los Cuadernos de Urogallo
 
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Publicado por en 3 abril, 2012 en Artículos

 

Anonymous

Máscara de Guy Fawkes

Desde hace unos años, existe un movimiento que desarrolla diferentes acciones pacíficas de protesta a favor de la libertad de expresión. Defensores de la libertad para unos, piratas informáticos para otros, se trata de un movimiento sin líderes conocidos y sin una organización definida, formado por grupos o individuos no identificados que, aprovechándose de la rapidez a la que puede viajar la información a través de la red, actúan de forma anónima, utilizando Internet para organizarse a través de diversas webs, chats y redes sociales, en lo que se ha denominado ciberactivismo. Sus acciones suelen ir dirigidas a gobiernos y organizaciones privadas o estatales, amparándose siempre tras el lema de que “el conocimiento es libre” y proclamando abiertamente la libertad de información, con la intención de conseguir que Internet esté libre de todo tipo de control que pueda ejercer cualquier gobierno, empresa o corporación. 

Actúan bajo el seudónimo de Anonymous, un término que tiene su origen en el anonimato que protege a los usuarios que publican imágenes o comentarios en los foros y tablones de imágenes de Internet. Su ámbito de actuación no se limita sólo a la red, sino que también llevan sus protestas a la calle, participando activamente de manera pacífica en manifestaciones, a las que acuden ocultando sus rostros tras una característica máscara que, sin duda, se ha convertido en símbolo de este movimiento, a la vez que mantiene el anonimato de sus portadores. Una máscara que tiene una interesante historia, que se remonta nada menos que a principios del siglo XVII.

En aquellos tiempos, el catolicismo sufría una continua persecución por parte de las autoridades británicas, desde la instauración de la Iglesia Anglicana tras la reforma protestante. Muchos eran los ciudadanos que rechazaban enérgicamente aquella situación. Uno de ellos fue Guy Fawkes, un católico nacido en York en 1570, que había pasado diez años luchando del lado de las tropas españolas en los Países Bajos y que, harto de la represión a la que los partidarios de su fe estaban siendo sometidos, decidió participar de una manera más activa contra aquella opresión.

Así, entró a formar parte del grupo de trece personas que desarrolló un complot que pasaría a la historia con el nombre de “Conspiración de la Pólvora“, cuyo objetivo consistía en asesinar al rey Jacobo I de Inglaterra, a sus familiares y a todos los miembros de la Cámara de los Lores, colocando una enorme cantidad de pólvora bajo el suelo del Parlamento británico, para hacerlo volar por los aires el 5 de noviembre de 1605, durante su apertura. Para ello alquilaron un local bajo el edificio, en el que fueron amontonando hasta un total de treinta y seis barriles de pólvora. Sin embargo, una carta dirigida a un miembro católico del Parlamento, advirtiéndole de que no acudiera al día siguiente, alertó a las autoridades que procedieron a registrar exhaustivamente las inmediaciones del edificio la noche anterior al acto, localizando a Fawkes cuando se encontraba en el local ultimando los preparativos del golpe. Tras ser arrestado y torturado, fue juzgado y condenado a la horca, en la que fue ejecutado en Londres el 31 de enero de 1606. Su cuerpo, descuartizado, se repartió por las cuatro esquinas del reino como advertencia a otros conspiradores.

Durante años, el Reino Unido celebró cada 5 de noviembre el fracaso de aquel atentado, en la que se conocía como Guy Fawkes Night o Bonfire Night, una noche durante la cual el cielo se llenaba de fuegos artificiales y las calles de hogueras donde se quemaban los “Guys“, unos muñecos con la imagen de Guy Fawkes. Aquella imagen cobrará notoriedad cuatro siglos después de su muerte, a raíz de la publicación del cómic futurista “V de Vendetta”, de Alan Moore y David Lloyd, en el que el protagonista se esconde tras una máscara con la cara de Fawkes. Cómic que más tarde sería llevado a la gran pantalla en una estupenda película del mismo título dirigida por James Mcteigue.

Cuatro siglos atrás, Guy Fawkes fue la cara conocida de una revuelta que en todo momento trató de permanecer en la sombra. Ahora, como entonces, su imagen vuelve una vez más a ser la cara visible de un movimiento que trata, sobre todo, de mantenerse en el anonimato.

Los Cuadernos de Urogallo
 
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Publicado por en 26 marzo, 2012 en Artículos

 

El Día de la Pepa

En octubre de 1807, con el pretexto de invadir Portugal y el beneplácito de la corona española, las tropas francesas de Napoleón entran en España. Sin embargo, sus intenciones van más allá y pronto comienza la ocupación, una a una, de las principales ciudades españolas y la designación de José Bonaparte, hermano del emperador francés, como rey de España. La resistencia del pueblo español no se hizo esperar y muchas fueron las ciudades que con arrojo y decisión plantaron cara al invasor, protagonizando sangrientas batallas, trágicos episodios de una Guerra de Independencia que iba a durar hasta 1814.
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Ante el avance napoleónico, en 1810 se celebra la primera sesión de las Cortes Extraordinarias y Constituyentes en la que, por entonces, se denominaba Isla de León, actualmente San Fernando, aunque posteriormente se trasladarían a Cádiz. Allí, se reunieron los diputados electos, tanto de la península como de los territorios de ultramar, así como los que habían sido elegidos para representar a aquellas provincias ocupadas por las tropas invasoras. Todos ellos, algo más de trescientos, de los que casi sesenta eran americanos, comenzaron a sentar las bases de la que sería la primera Constitución de la historia de España.
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Así, la ciudad más antigua de España, mientras resistía el asedio de los franceses que durante treinta meses la sitiaron inútilmente, gracias a la valiente defensa que hicieron los gaditanos, asistía a la gestación y nacimiento de una Constitución que sería promulgada en Cádiz el día 19 de marzo de 1812, día de San José que aportaría a tan importante documento el sobrenombre de “la Pepa“, por el que fue conocida popularmente. Una Carta Magna que asentaba los tres pilares fundamentales de la nueva monarquía constitucional: la división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial); la garantía jurídica de los derechos y libertades de los ciudadanos y el imperio de la ley, con la consiguiente sumisión al principio de legalidad.
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Tras la derrota y expulsión definitiva de los franceses en 1814, Fernando VII, a su vuelta a España, derogó esta Constitución, que se volvería a aplicar entre 1820 y 1823 y, un breve espacio de tiempo, entre 1836 y 1837. Una corta vida para un documento que trajo importantes logros, como la independencia de la justicia, la libertad de prensa o la supresión absoluta de la Inquisición. Un documento en el que quedaron consagrados algunos de los principios y derechos fundamentales que rigen hoy en día la vida de los españoles.
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La esperanza que aquella Constitución transmitía sobre un nuevo tiempo de libertad y la euforia por la retirada de los franceses, tras el drama al que habían estado sometidos los ciudadanos de Cádiz durante aquel trágico asedio, en el que incluso muchos de aquellos diputados habían perecido víctimas de los ataques y de la fiebre amarilla que asoló la ciudad, llevó a los gaditanos a salir a las calles a celebrar la ansiada liberación de la ciudad con un grito que resonó de manera casi unísona: ¡Viva la Pepa!.
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Publicado por en 19 marzo, 2012 en Artículos

 

Rossini: la vida entre dos pasiones

El año bisiesto, es algo que ocurre para mantener sincronizado nuestro calendario con el año astronómico y estacional y consiste en sumar un día cada cuatro años, día que correspondería al 29 de febrero. Sucede entonces algo muy curioso, que todos los que nacen ese día sólo pueden celebrar su cumpleaños una vez cada cuatro años. Desgraciadamente para ellos, no quiere decir eso que el tiempo les pase de una manera diferente, no. Los años les van a ir pesando como a los demás. Son las celebraciones las que se distancian y, claro, se pierden las fiestas correspondientes, los regalos y todo lo demás. Para algunas personas, poco amigas de las celebraciones, no será un problema, sino todo lo contrario. En cambio, a una gran mayoría no les hace mucha gracia. Por eso, algunos que disfrutan a lo grande celebrando su cumpleaños, cuando sólo lo pueden hacer en tan pocas ocasiones, lo hacen por todo lo alto, como era el caso de nuestro protagonista de hoy: Gioacchino Rossini.
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Pues sí, un 29 de febrero del año 1792 venía al mundo, en la ciudad italiana de Pésaro, este célebre compositor al que pusieron de nombre Giovacchino Antonio Rossini. Hijo de una cantante y un cornista, estuvo, lógicamente, muy influenciado por la música desde que nació y no tardó mucho en demostrar su talento para este bello arte. A los dieciséis años ganaba un premio por una cantata que había compuesto y a los dieciocho estrenaba en Venecia su primera ópera, lo que no debería de extrañar, pues ya había escrito una con tan sólo catorce años. Así, pronto sus obras empezaron a tener éxito, destacando especialmente en la ópera buffa, subgénero operístico caracterizado por su temática cómica. “El Barbero de Sevilla” no sólo es su obra más célebre, sino que también es una gran obra maestra, considerada por muchos como la más importante ópera buffa que ha sido compuesta hasta ahora, a pesar de que en sus primeras representaciones cosechó un sonoro fracaso. Rossini fue un compositor muy prolífico, con un gran número de óperas compuestas, no sólo buffas sino también óperas serias. Gozaba de un particular dominio de la estructura vocal y sus obras tenían las notas exactas para las voces que las iban a interpretar, no faltaba ninguna, ni tampoco sobraba, eran, sencillamente, perfectas. Sin embargo, tras terminar la composición de “Guillermo Tell“, por la que recibió una pensión vitalicia del gobierno francés y, cuando tan sólo contaba con treinta y ocho años, decidió misteriosamente dejar de escribir óperas y no volvió a crear ninguna más en las casi cuatro décadas que aún vivió.

Sin problemas económicos, ya que los ingresos que tenía por derechos de autor lo convertían en uno de los hombres más ricos de su época, el resto de sus días los dedicó a disfrutar de la vida cuanto pudo. Rossini era un personaje simpático y divertido, que además de la música tenía otra gran pasión: la cocina. Le encantaba comer, le encantaba cocinar y hacía muy bien ambas cosas. Así pues, durante esos años, la gastronomía ocupó un importante lugar en su vida. Fueron famosas las cenas que celebraba los sábados en su casa. A ellas asistían las más importantes figuras de la música y la literatura del París del momento, a los que recibía siempre vestido con una especie de sotana y haciendo gala siempre de su buen humor y su agudeza de ingenio. De la misma manera, eran también conocidas en toda Europa sus excursiones gastronómicas, hasta el punto de que, en uno de sus viajes a Madrid, se organizó un concurso que duró diez días para ver quién daba mejor de comer a Rossini.

Durante esa última etapa de su vida, que estuvo marcada por numerosas enfermedades, algunas de las cuales eran más producto de su naturaleza hipocondríaca que reales, siguió manteniendo el contacto con la música, por supuesto, y, aunque no volvió a componer más óperas, siguió creando pequeñas piezas musicales, muchas de ellas religiosas. Murió en Passy, cerca de París, el 13 de noviembre de 1868, después de haber disfrutado de una vida feliz, dejando una cuantiosa herencia económica, parte de la cual había destinado a la creación de un asilo para músicos retirados. Sin embargo, aunque no tan material, nos dejó otro magnífico legado del que puede disfrutar todo el mundo: de su talento, nos quedó su amplia obra musical; de su afición por la gastronomía, el Tournedos y los Canelones Rossini, ambos platos son dos delicatessen que deben estar elaborados siempre con trufas y un buen foie, los dos productos que más entusiasmaban a este genio de la música y los fogones, que no dudaba en reconocer: “que le hubiera encantado ser charcutero, pero estuvo mal dirigido”.

La historia de estas dos recetas nos servirá para inaugurar nuestro Blog de cocina.
Si desea conocerla, puede visitarnos en blogspot o en wordpress:
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Los Cuadernos de Urogallo
 
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Publicado por en 12 marzo, 2012 en La Música

 

La Infantería de Marina

La Infantería de Marina

Cuando oímos hablar de Infantería de Marina, a muchos nos viene a la cabeza la imagen de esos Marines norteamericanos que el cine se ha encargado de darnos a conocer, soldados que desembarcan de sus lanchas anfibias en aquellas playas de Normandía durante el “Día más largo”, aquel 6 de junio de 1944 en el que miles de hombres perdían la vida, muchos de ellos sin apenas salir del agua. No cabe duda de que, posiblemente, sean los estadounidenses quienes más y mejor han sabido promocionar a ese cuerpo, pero no fueron ellos quienes lo crearon, sino los españoles, nada menos que en el año 1537.

En 1534, Carlos I, basándose en las coronelías creadas anteriormente por el Gran Capitán, decide organizar las tropas asentadas en las posesiones españolas de Italia en tres Tercios, el de Sicilia, el de Lombardía y el de Nápoles, a los que se une en 1536 el Tercio de Cerdeña, todos ellos conocidos más tarde como Tercios Viejos. En aquella época, como había sucedido durante muchos años, los soldados de infantería iban embarcados en los navíos para entrar en acción con sus armas tras el choque entre barcos rivales, convirtiendo las batallas navales en lo que sería una prolongación de la lucha en tierra firme. Era por tanto fundamental disponer de tropas habituadas a la vida en el mar, soldados que no le tuvieran miedo y que no se mareasen en los periodos de navegación, además de estar bien preparados en el uso de armas de fuego y en la lucha cuerpo a cuerpo, por lo que se creó en 1537 el Tercio Nuevo de la Mar de Nápoles, con fuerzas de infantería permanente y especialmente entrenadas para el combate en galeras. Fue la primera Infantería de Marina de la historia y el origen de la que existe actualmente. Más tarde, se establecería un número de 125 hombres de guarnición por cada buque, que incluía un capitán, un alférez, un sargento, un pífano (flautín) y un tambor, además, Felipe II se ocuparía de conferir un mayor poder naval sobre la costa, mediante tropas que eran capaces de asaltarla partiendo de naves, sin deterioro de su capacidad de combate, dando lugar al actual concepto de fuerza de desembarco.

 Desde entonces, la historia de este glorioso cuerpo, acostumbrado a actuar como punta de lanza en arriesgadas operaciones de ocupación de playas y tramos de costa, donde no hay más retaguardia que el mar, está unida a un sinfín de contiendas, como los ya lejanos enfrentamientos con los turcos en Argel en el siglo XVI; la célebre batalla de Lepanto, donde fueron los Infantes de Marina de la galera “Real” los primeros en abordar la galera “Sultana” en la que viajaba Ali Pasha, comandante en jefe de la flota otomana, para proporcionar a la Liga Santa una victoria memorable “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”; en 1762 combatieron en La Habana, defendiendo heroicamente el Castillo del Morro frente a los ingleses, lo que les valió la consideración de Cuerpo Real, como así lo demuestran las dos franjas rojas de su pantalón azul (distintivo exclusivo de la Infantería de Marina y la Guardia Real); en 1814 los Batallones de Marina Ferrolanos, que perseguían a las tropas napoleónicas que huían de España, ocuparon la localidad francesa de Toulouse; a principios del siglo XX tomaron parte en las contiendas de África, con el desembarco de Larache en 1911, Alhucemas en 1925 y la defensa de Ifni en 1957; en fin un gran número de intervenciones de las que aquí sólo podemos mencionar unas pocas, pero que se podrían completar con campañas más recientes como Bosnia, Haití, Océano Índico, Líbano o Afganistán.

Sin duda, un encomiable historial para un cuerpo del que formaron parte personajes tan ilustres como Miguel de Cervantes o Calderón de la Barca y que acogió en 1793 a la primera mujer Infante de Marina de la historia, Ana María de Soto, que se incorporó al cuerpo haciéndose pasar por un hombre llamado Antonio de Soto y participó en un gran número de combates durante los cinco años que duró su valiente aventura, hasta que un rutinario reconocimiento médico desveló su secreto. Se le ordenó entonces desembarcar, en medio del asombro y la admiración de todos sus compañeros y superiores, que no dudaron en proponer su distinción, por lo que le fue concedida una pensión vitalicia por su heroicidad y su conducta intachable. Una mujer que defendió con orgullo el lema de esta Infantería de Marina que cumplió 475 años el 27 de febrero de 2012:

Ser valiente por tierra y por mar“.