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Anonymous

Máscara de Guy Fawkes

Desde hace unos años, existe un movimiento que desarrolla diferentes acciones pacíficas de protesta a favor de la libertad de expresión. Defensores de la libertad para unos, piratas informáticos para otros, se trata de un movimiento sin líderes conocidos y sin una organización definida, formado por grupos o individuos no identificados que, aprovechándose de la rapidez a la que puede viajar la información a través de la red, actúan de forma anónima, utilizando Internet para organizarse a través de diversas webs, chats y redes sociales, en lo que se ha denominado ciberactivismo. Sus acciones suelen ir dirigidas a gobiernos y organizaciones privadas o estatales, amparándose siempre tras el lema de que «el conocimiento es libre» y proclamando abiertamente la libertad de información, con la intención de conseguir que Internet esté libre de todo tipo de control que pueda ejercer cualquier gobierno, empresa o corporación. 

Actúan bajo el seudónimo de Anonymous, un término que tiene su origen en el anonimato que protege a los usuarios que publican imágenes o comentarios en los foros y tablones de imágenes de Internet. Su ámbito de actuación no se limita sólo a la red, sino que también llevan sus protestas a la calle, participando activamente de manera pacífica en manifestaciones, a las que acuden ocultando sus rostros tras una característica máscara que, sin duda, se ha convertido en símbolo de este movimiento, a la vez que mantiene el anonimato de sus portadores. Una máscara que tiene una interesante historia, que se remonta nada menos que a principios del siglo XVII.

En aquellos tiempos, el catolicismo sufría una continua persecución por parte de las autoridades británicas, desde la instauración de la Iglesia Anglicana tras la reforma protestante. Muchos eran los ciudadanos que rechazaban enérgicamente aquella situación. Uno de ellos fue Guy Fawkes, un católico nacido en York en 1570, que había pasado diez años luchando del lado de las tropas españolas en los Países Bajos y que, harto de la represión a la que los partidarios de su fe estaban siendo sometidos, decidió participar de una manera más activa contra aquella opresión.

Así, entró a formar parte del grupo de trece personas que desarrolló un complot que pasaría a la historia con el nombre de «Conspiración de la Pólvora«, cuyo objetivo consistía en asesinar al rey Jacobo I de Inglaterra, a sus familiares y a todos los miembros de la Cámara de los Lores, colocando una enorme cantidad de pólvora bajo el suelo del Parlamento británico, para hacerlo volar por los aires el 5 de noviembre de 1605, durante su apertura. Para ello alquilaron un local bajo el edificio, en el que fueron amontonando hasta un total de treinta y seis barriles de pólvora. Sin embargo, una carta dirigida a un miembro católico del Parlamento, advirtiéndole de que no acudiera al día siguiente, alertó a las autoridades que procedieron a registrar exhaustivamente las inmediaciones del edificio la noche anterior al acto, localizando a Fawkes cuando se encontraba en el local ultimando los preparativos del golpe. Tras ser arrestado y torturado, fue juzgado y condenado a la horca, en la que fue ejecutado en Londres el 31 de enero de 1606. Su cuerpo, descuartizado, se repartió por las cuatro esquinas del reino como advertencia a otros conspiradores.

Durante años, el Reino Unido celebró cada 5 de noviembre el fracaso de aquel atentado, en la que se conocía como Guy Fawkes Night o Bonfire Night, una noche durante la cual el cielo se llenaba de fuegos artificiales y las calles de hogueras donde se quemaban los «Guys«, unos muñecos con la imagen de Guy Fawkes. Aquella imagen cobrará notoriedad cuatro siglos después de su muerte, a raíz de la publicación del cómic futurista «V de Vendetta», de Alan Moore y David Lloyd, en el que el protagonista se esconde tras una máscara con la cara de Fawkes. Cómic que más tarde sería llevado a la gran pantalla en una estupenda película del mismo título dirigida por James Mcteigue.

Cuatro siglos atrás, Guy Fawkes fue la cara conocida de una revuelta que en todo momento trató de permanecer en la sombra. Ahora, como entonces, su imagen vuelve una vez más a ser la cara visible de un movimiento que trata, sobre todo, de mantenerse en el anonimato.

Los Cuadernos de Urogallo
 

El Día de la Pepa

En octubre de 1807, con el pretexto de invadir Portugal y el beneplácito de la corona española, las tropas francesas de Napoleón entran en España. Sin embargo, sus intenciones van más allá y pronto comienza la ocupación, una a una, de las principales ciudades españolas y la designación de José Bonaparte, hermano del emperador francés, como rey de España. La resistencia del pueblo español no se hizo esperar y muchas fueron las ciudades que con arrojo y decisión plantaron cara al invasor, protagonizando sangrientas batallas, trágicos episodios de una Guerra de Independencia que iba a durar hasta 1814.
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Ante el avance napoleónico, en 1810 se celebra la primera sesión de las Cortes Extraordinarias y Constituyentes en la que, por entonces, se denominaba Isla de León, actualmente San Fernando, aunque posteriormente se trasladarían a Cádiz. Allí, se reunieron los diputados electos, tanto de la península como de los territorios de ultramar, así como los que habían sido elegidos para representar a aquellas provincias ocupadas por las tropas invasoras. Todos ellos, algo más de trescientos, de los que casi sesenta eran americanos, comenzaron a sentar las bases de la que sería la primera Constitución de la historia de España.
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Así, la ciudad más antigua de España, mientras resistía el asedio de los franceses que durante treinta meses la sitiaron inútilmente, gracias a la valiente defensa que hicieron los gaditanos, asistía a la gestación y nacimiento de una Constitución que sería promulgada en Cádiz el día 19 de marzo de 1812, día de San José que aportaría a tan importante documento el sobrenombre de «la Pepa«, por el que fue conocida popularmente. Una Carta Magna que asentaba los tres pilares fundamentales de la nueva monarquía constitucional: la división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial); la garantía jurídica de los derechos y libertades de los ciudadanos y el imperio de la ley, con la consiguiente sumisión al principio de legalidad.
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Tras la derrota y expulsión definitiva de los franceses en 1814, Fernando VII, a su vuelta a España, derogó esta Constitución, que se volvería a aplicar entre 1820 y 1823 y, un breve espacio de tiempo, entre 1836 y 1837. Una corta vida para un documento que trajo importantes logros, como la independencia de la justicia, la libertad de prensa o la supresión absoluta de la Inquisición. Un documento en el que quedaron consagrados algunos de los principios y derechos fundamentales que rigen hoy en día la vida de los españoles.
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La esperanza que aquella Constitución transmitía sobre un nuevo tiempo de libertad y la euforia por la retirada de los franceses, tras el drama al que habían estado sometidos los ciudadanos de Cádiz durante aquel trágico asedio, en el que incluso muchos de aquellos diputados habían perecido víctimas de los ataques y de la fiebre amarilla que asoló la ciudad, llevó a los gaditanos a salir a las calles a celebrar la ansiada liberación de la ciudad con un grito que resonó de manera casi unísona: ¡Viva la Pepa!.
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Rossini: la vida entre dos pasiones

El año bisiesto, es algo que ocurre para mantener sincronizado nuestro calendario con el año astronómico y estacional y consiste en sumar un día cada cuatro años, día que correspondería al 29 de febrero. Sucede entonces algo muy curioso, que todos los que nacen ese día sólo pueden celebrar su cumpleaños una vez cada cuatro años. Desgraciadamente para ellos, no quiere decir eso que el tiempo les pase de una manera diferente, no. Los años les van a ir pesando como a los demás. Son las celebraciones las que se distancian y, claro, se pierden las fiestas correspondientes, los regalos y todo lo demás. Para algunas personas, poco amigas de las celebraciones, no será un problema, sino todo lo contrario. En cambio, a una gran mayoría no les hace mucha gracia. Por eso, algunos que disfrutan a lo grande celebrando su cumpleaños, cuando sólo lo pueden hacer en tan pocas ocasiones, lo hacen por todo lo alto, como era el caso de nuestro protagonista de hoy: Gioacchino Rossini.
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Pues sí, un 29 de febrero del año 1792 venía al mundo, en la ciudad italiana de Pésaro, este célebre compositor al que pusieron de nombre Giovacchino Antonio Rossini. Hijo de una cantante y un cornista, estuvo, lógicamente, muy influenciado por la música desde que nació y no tardó mucho en demostrar su talento para este bello arte. A los dieciséis años ganaba un premio por una cantata que había compuesto y a los dieciocho estrenaba en Venecia su primera ópera, lo que no debería de extrañar, pues ya había escrito una con tan sólo catorce años. Así, pronto sus obras empezaron a tener éxito, destacando especialmente en la ópera buffa, subgénero operístico caracterizado por su temática cómica. «El Barbero de Sevilla» no sólo es su obra más célebre, sino que también es una gran obra maestra, considerada por muchos como la más importante ópera buffa que ha sido compuesta hasta ahora, a pesar de que en sus primeras representaciones cosechó un sonoro fracaso. Rossini fue un compositor muy prolífico, con un gran número de óperas compuestas, no sólo buffas sino también óperas serias. Gozaba de un particular dominio de la estructura vocal y sus obras tenían las notas exactas para las voces que las iban a interpretar, no faltaba ninguna, ni tampoco sobraba, eran, sencillamente, perfectas. Sin embargo, tras terminar la composición de «Guillermo Tell«, por la que recibió una pensión vitalicia del gobierno francés y, cuando tan sólo contaba con treinta y ocho años, decidió misteriosamente dejar de escribir óperas y no volvió a crear ninguna más en las casi cuatro décadas que aún vivió.

Sin problemas económicos, ya que los ingresos que tenía por derechos de autor lo convertían en uno de los hombres más ricos de su época, el resto de sus días los dedicó a disfrutar de la vida cuanto pudo. Rossini era un personaje simpático y divertido, que además de la música tenía otra gran pasión: la cocina. Le encantaba comer, le encantaba cocinar y hacía muy bien ambas cosas. Así pues, durante esos años, la gastronomía ocupó un importante lugar en su vida. Fueron famosas las cenas que celebraba los sábados en su casa. A ellas asistían las más importantes figuras de la música y la literatura del París del momento, a los que recibía siempre vestido con una especie de sotana y haciendo gala siempre de su buen humor y su agudeza de ingenio. De la misma manera, eran también conocidas en toda Europa sus excursiones gastronómicas, hasta el punto de que, en uno de sus viajes a Madrid, se organizó un concurso que duró diez días para ver quién daba mejor de comer a Rossini.

Durante esa última etapa de su vida, que estuvo marcada por numerosas enfermedades, algunas de las cuales eran más producto de su naturaleza hipocondríaca que reales, siguió manteniendo el contacto con la música, por supuesto, y, aunque no volvió a componer más óperas, siguió creando pequeñas piezas musicales, muchas de ellas religiosas. Murió en Passy, cerca de París, el 13 de noviembre de 1868, después de haber disfrutado de una vida feliz, dejando una cuantiosa herencia económica, parte de la cual había destinado a la creación de un asilo para músicos retirados. Sin embargo, aunque no tan material, nos dejó otro magnífico legado del que puede disfrutar todo el mundo: de su talento, nos quedó su amplia obra musical; de su afición por la gastronomía, el Tournedos y los Canelones Rossini, ambos platos son dos delicatessen que deben estar elaborados siempre con trufas y un buen foie, los dos productos que más entusiasmaban a este genio de la música y los fogones, que no dudaba en reconocer: «que le hubiera encantado ser charcutero, pero estuvo mal dirigido».

La historia de estas dos recetas nos servirá para inaugurar nuestro Blog de cocina.
Si desea conocerla, puede visitarnos en blogspot o en wordpress:
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Los Cuadernos de Urogallo
 
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Publicado por en 12 marzo, 2012 en La Música

 

La Infantería de Marina

La Infantería de Marina

Cuando oímos hablar de Infantería de Marina, a muchos nos viene a la cabeza la imagen de esos Marines norteamericanos que el cine se ha encargado de darnos a conocer, soldados que desembarcan de sus lanchas anfibias en aquellas playas de Normandía durante el «Día más largo», aquel 6 de junio de 1944 en el que miles de hombres perdían la vida, muchos de ellos sin apenas salir del agua. No cabe duda de que, posiblemente, sean los estadounidenses quienes más y mejor han sabido promocionar a ese cuerpo, pero no fueron ellos quienes lo crearon, sino los españoles, nada menos que en el año 1537.

En 1534, Carlos I, basándose en las coronelías creadas anteriormente por el Gran Capitán, decide organizar las tropas asentadas en las posesiones españolas de Italia en tres Tercios, el de Sicilia, el de Lombardía y el de Nápoles, a los que se une en 1536 el Tercio de Cerdeña, todos ellos conocidos más tarde como Tercios Viejos. En aquella época, como había sucedido durante muchos años, los soldados de infantería iban embarcados en los navíos para entrar en acción con sus armas tras el choque entre barcos rivales, convirtiendo las batallas navales en lo que sería una prolongación de la lucha en tierra firme. Era por tanto fundamental disponer de tropas habituadas a la vida en el mar, soldados que no le tuvieran miedo y que no se mareasen en los periodos de navegación, además de estar bien preparados en el uso de armas de fuego y en la lucha cuerpo a cuerpo, por lo que se creó en 1537 el Tercio Nuevo de la Mar de Nápoles, con fuerzas de infantería permanente y especialmente entrenadas para el combate en galeras. Fue la primera Infantería de Marina de la historia y el origen de la que existe actualmente. Más tarde, se establecería un número de 125 hombres de guarnición por cada buque, que incluía un capitán, un alférez, un sargento, un pífano (flautín) y un tambor, además, Felipe II se ocuparía de conferir un mayor poder naval sobre la costa, mediante tropas que eran capaces de asaltarla partiendo de naves, sin deterioro de su capacidad de combate, dando lugar al actual concepto de fuerza de desembarco.

 Desde entonces, la historia de este glorioso cuerpo, acostumbrado a actuar como punta de lanza en arriesgadas operaciones de ocupación de playas y tramos de costa, donde no hay más retaguardia que el mar, está unida a un sinfín de contiendas, como los ya lejanos enfrentamientos con los turcos en Argel en el siglo XVI; la célebre batalla de Lepanto, donde fueron los Infantes de Marina de la galera «Real» los primeros en abordar la galera «Sultana» en la que viajaba Ali Pasha, comandante en jefe de la flota otomana, para proporcionar a la Liga Santa una victoria memorable «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros»; en 1762 combatieron en La Habana, defendiendo heroicamente el Castillo del Morro frente a los ingleses, lo que les valió la consideración de Cuerpo Real, como así lo demuestran las dos franjas rojas de su pantalón azul (distintivo exclusivo de la Infantería de Marina y la Guardia Real); en 1814 los Batallones de Marina Ferrolanos, que perseguían a las tropas napoleónicas que huían de España, ocuparon la localidad francesa de Toulouse; a principios del siglo XX tomaron parte en las contiendas de África, con el desembarco de Larache en 1911, Alhucemas en 1925 y la defensa de Ifni en 1957; en fin un gran número de intervenciones de las que aquí sólo podemos mencionar unas pocas, pero que se podrían completar con campañas más recientes como Bosnia, Haití, Océano Índico, Líbano o Afganistán.

Sin duda, un encomiable historial para un cuerpo del que formaron parte personajes tan ilustres como Miguel de Cervantes o Calderón de la Barca y que acogió en 1793 a la primera mujer Infante de Marina de la historia, Ana María de Soto, que se incorporó al cuerpo haciéndose pasar por un hombre llamado Antonio de Soto y participó en un gran número de combates durante los cinco años que duró su valiente aventura, hasta que un rutinario reconocimiento médico desveló su secreto. Se le ordenó entonces desembarcar, en medio del asombro y la admiración de todos sus compañeros y superiores, que no dudaron en proponer su distinción, por lo que le fue concedida una pensión vitalicia por su heroicidad y su conducta intachable. Una mujer que defendió con orgullo el lema de esta Infantería de Marina que cumplió 475 años el 27 de febrero de 2012:

«Ser valiente por tierra y por mar«.

 

A propósito de Einstein

Einstein - Viena 1921 - Por Ferdinand Schmutzer

Corría el mes de septiembre de 2011, cuando un equipo de científicos del proyecto OPERA, encargado de estudiar el fenómeno de la oscilación de neutrinos, anunciaba un descubrimiento que rápidamente saltaba a todos los medios de comunicación: habían detectado un haz de neutrinos que podía viajar a mayor velocidad que la de la luz. La mayoría de los seres humanos no tenemos muy claro qué son los neutrinos, ni para qué sirven, pero desde niños sabíamos que no había nada más rápido que la luz, por eso, que de repente nos desmonten esa «certeza», nos deja, cuando menos, sorprendidos.

Aquel descubrimiento tenía, además, otra consecuencia, quizás no tan «trascendental» pero sí muy importante: desmontaba algunos de los postulados de la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein. Algunos de los mejores científicos del mundo, equipados con infinidad de «aparatos carísimos», habían echado por tierra lo que un gran genio, ganador de un premio Nobel, había conseguido calcular utilizando «un lápiz y un papel». 

Así es, un lápiz y un papel era todo el bagaje del que disponía este hombre, paciente, metódico y pacifista convencido, cuando, de una manera discreta, sin meter ruido, entró a formar parte de la comunidad científica. Había nacido el 14 de marzo de 1879, en la localidad alemana de Ulm, en el seno de una humilde familia de origen judío que un año después se trasladaría a Munich. Allí pasó Albert sus primeros años, enredando en el pequeño taller en el que su padre y su tío construían novedosos aparatos tecnológicos que no tenían mucha salida. Fue su tío, precisamente, quien contagió al pequeño su afición por los libros de ciencia que despertarían las inquietudes científicas del muchacho. Cuando el taller quebró, la familia se trasladó a Milán, mientras que Albert se quedaba en Munich para terminar sus estudios, pero poco después los abandonaría para reunirse con los suyos. Al no haber completado el bachiller, tuvo que hacer un examen de ingreso para entrar en el Instituto Federal Suizo de Tecnología de Zurich, donde pretendía cursar estudios superiores, pero suspendió al fallar en una asignatura de letras, a pesar de que en ciencias era un estudiante excepcional.  Decidió entonces terminar el bachiller y en 1896, el mismo año en que para evitar cumplir con el servicio militar renunciaba a la ciudadanía alemana y se convertía en apátrida, obtenía el título y podía al fin cursar sus estudios graduándose en 1900 como profesor de matemáticas y física. Poco después empezó a enviar artículos a la revista alemana de física «Annalen der Physik». En 1901 le concedían la ciudadanía suiza y en 1902, como no encontraba trabajo, entró en la Oficina Federal de la Propiedad Intelectual de Suiza, donde desempeñó, durante siete años, una labor burocrática que le permitía seguir ocupando su mente en aquello que más le apasionaba, la física. Continuó, por tanto, enviando artículos a «Annalen der Physik» y así es como en 1905, un sencillo burócrata suizo, que no tenía ninguna relación con un laboratorio ni una universidad, enviaba a la revista alemana cinco artículos, de los que tres formarían parte hoy en día de cualquier lista que recogiera los textos más importantes de la historia de la física. 

      Aquellos artículos supusieron para Einstein el reconocimiento de la comunidad científica y le procuraron, al fin, un empleo como profesor universitario. Uno de ellos le daría en 1921 el premio Nobel de Física; otro, el que planteaba la Teoría Especial de la Relatividad, cambiaría radicalmente la manera de entender el Universo y nos ayudaría a conocerlo mejor.

Así, con un lápiz y un papel, como aquellas palabras que, según se cuenta, pronunció la propia esposa de Einstein, el día que un grupo de científicos estadounidenses les enseñaban unas impresionantes instalaciones tecnológicas y ella les preguntaba «si todos aquellos aparatos carísimos les servían a ellos para estudiar lo mismo que su marido con un lápiz y un papel». Se le olvidó mencionar la inteligencia, porque así es, mientras unos científicos trabajan con grandes equipos, Einstein tan sólo utilizaba su cerebro. El planteaba teorías que eran fruto de sus razonamientos y conclusiones, especulaciones matemáticas que salían de su cabeza con naturalidad. En fin, un genio.

Hace unos días nos llegaban noticias de que la velocidad de los neutrinos podría haber estado mal calculada, debido a un error producido por una mala conexión de un cable de fibra óptica con el GPS que hacía las mediciones. La mayoría de los seres humanos seguimos sin tener muy claro qué son los neutrinos, ni para qué sirven, pero al menos estamos tranquilos porque la luz sigue siendo lo más rápido que existe, tal y como sabemos desde niños y Einstein vuelve a ocupar el lugar que en justicia le corresponde: el más importante de los físicos del siglo XX.

La próxima vez hay que tener en cuenta que cuando algo falla, lo primero que hay que hacer es revisar los cables.

Los Cuadernos de Urogallo


 
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Publicado por en 27 febrero, 2012 en Gente de Ciencia

 

Carnaval

Le Petit Journal Illustré en 1920 - Armand Rapeño

El Miércoles de Ceniza se inicia para los cristianos la Cuaresma, un periodo de penitencia y reflexión que sirve como preparación de la Pascua.

      En los primeros tiempos de la cristiandad, la Cuaresma no tenía una duración exacta. Fue a partir del siglo IV cuando se fijó en seis semanas, a imagen de aquellos cuarenta días que Jesús pasó de ayuno y meditación en el desierto justo antes de su muerte y resurrección. El ayuno fue, por tanto, una práctica habitual entre la comunidad cristiana durante ese periodo, sin embargo, a lo largo de aquellas seis semanas, no se podían cumplir cuarenta días efectivos de abstinencia, porque los domingos, al ser el Día del Señor, no se ayunaba. Se decidió entonces añadir cuatro días más antes del primer domingo, que permitían así celebrar cuarenta jornadas de ayuno desde el Miércoles de Ceniza al Domingo de Pascua, siendo éste el posterior a la primera luna llena de la primavera.

      La llegada de este periodo de recogimiento, está marcada, sin embargo, por unas jornadas de un carácter mucho más festivo, los Carnavales, que tienen lugar los tres días anteriores a la Cuaresma, aunque en muchos lugares sus celebraciones se extienden a lo largo de dos semanas o incluso más. Hay quien considera que carnavalesco es todo el tiempo que transcurre desde la Navidad hasta la Cuaresma, por las características especiales de las fiestas que se suceden a lo largo de esa época. Algunos historiadores, creen que sus orígenes se podrían encontrar hace unos cinco mil años, en las reuniones que los campesinos sumerios celebraban disfrazados y enmascarados alrededor de las hogueras, con las que festejaban la fertilidad de la tierra y alejaban los malos espíritus de las cosechas. Desde luego, lo que sí parece claro, es la relación que los Carnavales podrían tener con muchas de las fiestas paganas que se celebraban en la antigua Roma, como las «kalendae lanuariae», en las que comparsas de hombres disfrazados se burlaban de toda clase de personajes célebres e instituciones; las «saturnales», durante las cuales se realizaban diferentes ritos de inversión jerárquica; las «lupercales», en los que, tras el sacrificio de unas cabras, los jóvenes se untaban el cuerpo con la sangre de los animales muertos y corrían, cubiertos tan sólo por unas pieles, azotando con varas a la gente, especialmente a las mujeres; o las «matronalia», en las que los hombres hacían regalos a sus esposas y se ensalzaba a las mujeres durante toda la jornada que duraba el festejo. 

      Existen varias propuestas a la hora de buscar la procedencia de la palabra Carnaval, que venimos empleando en España desde el siglo XVII. Parece que su origen está en el vocablo «carnevale«, muy utilizado en la Italia medieval y que provenía, a su vez, de «carnelevare«, que significa «quitar la carne», en una clara referencia al periodo de ayuno que viene a continuación. Sin embargo, a lo largo de los tiempos, se han utilizado otras expresiones muy diferentes, como «carnestolendas«, que tiene el mismo significado que la anterior y en la que podemos identificar el «carnestoltes» utilizado actualmente en Cataluña. Otra curiosa expresión es «antruejo«, que proviene del latín «introitus» y significa «entrada», una clara alusión de cómo estas fiestas sirven de paso hacia la Cuaresma. Aquí podemos encontrar el origen de palabras como las que se utilizan para los Carnavales en Asturias, «antroxu» y en Galicia, «antroido» o «entroido«, como también los llaman por tierras del Bierzo. Además, otro término muy utilizado en España entre los siglos XIV y XVI es «carnal» que, evidentemente, quiere decir «de la carne».

       Desde la Edad Media, las fiestas de Carnaval han sido muy populares a lo largo de toda Europa, desde el pueblo llano hasta las más altas clases sociales, donde alcanza determinados niveles de refinamiento y elegancia que, aún hoy, podemos encontrar en un Carnaval de reputado nombre como es el de Venecia. Además, como otras muchas costumbres, no tardarán en pasar desde el viejo continente hasta América, donde arraigan con mucho éxito, como bien lo demuestran los célebres Carnavales de Barranquilla, en Colombia; Veracruz, en México o, cómo no, el de Río de Janeiro, sin duda el más famoso y espectacular del mundo.

      Fue, precisamente en el medievo, cuando el Carnaval adquiere el aspecto con el que lo conocemos actualmente, una celebración con un cierto carácter transgresor, que nos permitirá durante unos días romper con determinadas normas sociales, invirtiendo nuestra personalidad a través de los disfraces; parodiando y criticando a instituciones o a célebres personajes de la política y la sociedad; comiendo y bebiendo copiosamente aquellos alimentos que, como la carne, pasarían a estar más restringidos durante la Cuaresma; o comportándonos de una forma más desinhibida, más espontánea, bailando, saltando, o fustigando y arrojando cosas a los demás, en una cierta locura «controlada» que forma parte de estas fiestas. Todo esto llevará, ya en el Renacimiento, a que haya diferentes intentos de controlar o, incluso, prohibir estas fiestas o algunas de sus prácticas en muchos lugares, como sucedió aquí en España durante la última dictadura, época en la que no se permitían estas celebraciones, limitándose el Carnaval a una fiesta de carácter infantil. Hoy en día, por suerte, podemos disfrutar con libertad de los festejos que Don Carnal lleva por todos los pueblos, en sus diferentes variedades, antes de dar paso a Doña Cuaresma, que un año más llegará recordándonos que polvo somos y en polvo nos convertiremos.

      Así que ¡Viva don Carnal!.

Los Cuadernos de Urogallo


 
 

Malvinas

Islas Malvinas

De vez en cuando, el viejo conflicto que argentinos y británicos mantienen por las Islas Malvinas, vuelve a aflorar con nuevos comentarios o declaraciones de intenciones por una u otra parte.

Este archipiélago, formado por unos doscientos islotes, de los cuales los principales son los dos mayores, Soledad y Gran Malvina, está situado en la plataforma continental de América del Sur, frente a la Patagonia, a tan sólo 480 kilómetros de sus costas, bañado por el que los argentinos llaman Mar Argentino, en el Atlántico Sur. Allí viven unas cuatro mil personas, a las que se conoce como kelpers, nombre que deriva de unas algas llamadas kelps que se dan en abundancia en aquellas aguas, aunque se trata de un término que a ellos no les agrada demasiado y prefieren denominarse islanders. Existen indicios de que, ya en la antigüedad, los indígenas de la Patagonia pudieron haber llegado a estas islas navegando en canoas desde la costa, sin embargo, cuando los primeros europeos llegaron allí, estaban deshabitadas.
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Es difícil precisar quién fue su descubridor y cuándo sucedió. Hay quien dice que pudo ser Américo Vespucio, durante un viaje que partió de Lisboa en 1501, aunque no hay pruebas fehacientes de ello; otros, que fue Esteban Gómez, un explorador portugués que formó parte de la expedición de Magallanes y que, durante su regreso a España en 1520, tras desertar de la flota, pudo haber divisado las islas a las que bautizó con el nombre de su nave: San Antón. Sin embargo, mientras algunas fuentes aseguran que una expedición comandada por Francisco Ribera, tomó posesión del archipiélago para España el 4 de febrero de 1540, los británicos, por su parte, mantienen que fue el explorador John Davis quien las descubrió el 14 de agosto de 1592, aunque también, hay quien defiende la teoría, de que fue el corsario inglés Richard Hawkins quien lo hizo en 1594. No obstante, el primero en aportar pruebas fidedignas de haberlas visto, fue el capitán holandés Sebald de Weert, que, tras avistarlas en el año 1600, las situó geográficamente, como así lo confirman las cartas náuticas holandesas de la época, donde aparecen con el nombre de Islas Sebald o Sebaldinas. En 1690, una expedición británica comandada por el capitán John Strong, navegó por el canal que hay entre las dos islas mayores y lo llamó Falkland Channel, en honor al vizconde que había financiado aquel viaje. Así, Falkland será, desde entonces, el nombre utilizado por los británicos para referirse a este archipiélago.
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A pesar de las disputas entre británicos y españoles por dilucidar quién había sido su descubridor, los primeros en ocuparlo fueron los franceses, en el año 1764, aunque ya desde principios de ese siglo habían realizado varios viajes de reconocimiento a las islas. El explorador francés Louis Antoine de Bougainville les puso el nombre de Malouines, debido a que la mayoría de las expediciones habían partido del puerto francés de Saint-Maló, y estableció en ellas la primera colonia, en el noroeste de la Isla Soledad, a la que llamó Port Saint Louis (actualmente Port Solitude y Puerto Soledad para los argentinos). No tardó mucho la corte de España en enviar una queja formal a Francia, alegando que aquellas islas formaban parte de América del Sur y pertenecían, por tanto, a la corona española que era quien gobernaba aquellas tierras. Así, por motivos diplomáticos, el rey Louis XV de Francia obligó a Bougainville a reconocer la soberanía del reino de España sobre las islas y entregar la colonia a los españoles en 1767, recibiendo a cambio una indemnización de 618.108 libras. Mientras tanto, los británicos, que no estaban dispuestos a renunciar a aquel territorio, de suma importancia para sus intereses comerciales en el Pacífico, establecieron en 1765 un asentamiento al que llamaron Port Egmont, que fue desalojado por una flotilla española en 1770, generándose un conflicto que a punto estuvo de desatar una guerra entre ambas naciones y que se resolvería in extremis con un acuerdo por el que la corona española permitía a los británicos regresar a Port Egmont, donde mantuvieron su base hasta que se fueron en 1774. Desde entonces, España regentó las islas como parte del Virreinato del Río de la Plata, hasta que las abandona definitivamente en 1811, quedando totalmente deshabitadas salvo por las ocasionales visitas de algunos balleneros y cazadores de focas que llegaban, de vez en cuando, en busca de refugio y provisiones.
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      En 1816, Argentina proclama su independencia y ejerce sus derechos de soberanía sobre el archipiélago, como parte del legado de la corona española, ocupándolo oficialmente en 1820 y estableciendo una colonia en la que vendría al mundo, en 1830, la primera persona nacida en las islas. Poco tiempo después, todo iba a cambiar.
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Corría el año 1832, cuando una corbeta británica llegaba a Port Egmont. Sus tripulantes tomaron posesión de nuevo de aquel territorio, reconstruyeron el viejo fuerte y después pusieron rumbo hacia la colonia argentina, fondearon frente a ella y enviaron un mensaje a sus habitantes instándoles a rendirse sin ofrecer resistencia. Poco podía hacer aquella gente ante la superioridad bélica de la nave y así, pocos días después, la bandera británica ondeaba libremente sobre la isla, donde se mantuvo, a pesar de las reclamaciones que los argentinos vinieron realizando a todos los niveles, hasta que el día 2 de abril de 1982, un contingente de soldados argentinos desembarcaba en las islas cogiendo por sorpresa a las fuerzas británicas. Aquella arriesgada aventura terminaría, sin embargo, 74 días después, cuando el ejército argentino, mal pertrechado y hambriento, se rendía dejando atrás 649 muertos, por su parte, y 255, por la de los británicos.
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Está claro que muy poco o nada hemos aprendido los seres humanos de nuestra historia. Tantas reuniones al más alto nivel de mandatarios, políticos y personal de Naciones Unidas y no hemos conseguido, al menos, encontrar una manera de resolver nuestros conflictos, que no sea matándonos en absurdas guerras sin sentido. Pero no perdamos la esperanza, quizás algún día seamos capaces, no sólo de hablar, sino de escuchar a los demás y entendernos.
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Los Cuadernos de Urogallo


 
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Publicado por en 13 febrero, 2012 en Lugares del Mundo

 

Los Jardines del Diablo

Amazonas

Desde la cordillera de los Andes en Perú, hasta su desembocadura en las aguas del Atlántico que bañan Brasil, el río Amazonas recorre Sudamérica de oeste a este, a lo largo de unos 6800 Kilómetros que lo convierten, según estudios recientes, no sólo en el río más caudaloso del mundo, sino también en el más largo. Su cuenca hidrográfica, la mayor del planeta con 6,2 millones de kilómetros cuadrados, sustenta la selva amazónica, que es el mayor bosque tropical que existe y la ecorregión con mayor biodiversidad de la Tierra. Un territorio prodigioso, donde pueden llegar a convivir en una sola hectárea cientos de especies diferentes de árboles, entremezclados en un tupido caos vegetal. Si hay un lugar sobre la Tierra capaz de sorprendernos aún con algo nuevo por descubrir es, sin duda alguna, la selva amazónica. En ella, aún hoy el ser humano pude encontrar nuevas plantas, nuevas especies animales o, incluso, nuevas tribus desconocidas hasta ahora. En su interior, en medio de todo ese desorden se ha venido produciendo un extraño fenómeno. De vez en cuando, aleatoriamente, sin responder a ningún orden establecido, aparecen extensas áreas de terreno pobladas prácticamente por una única especie de árbol, el Duroia hirsuta, que popularmente recibe nombres tan diversos y curiosos como: borojocillo, huitillo, turma de mono o solimán. Los indígenas del Amazonas, incapaces de encontrar una explicación aceptable, atribuyen tan insólito fenómeno a la presencia de un ser maligno.

Así, las leyendas locales nos cuentan que esas parcelas son propiedad de un espíritu del mal, un demonio que se encarga por las noches de limpiarlas de maleza, impidiendo que crezca en ellas ningún otro tipo de planta, tan sólo los Duroia hirsuta porque son sus árboles preferidos. Por eso, muchos son los que hacen referencia a este árbol como «la Casa del Diablo» y a los trozos de selva ocupados por ellos los denominan «los Jardines del Diablo«. Un lugar en el que nadie se atreve a adentrarse en cuanto llega la noche.
La verdadera razón por la que no crecían otras plantas en aquellos Jardines del Diablo era un auténtico misterio, aunque se pensaba que probablemente fuera el propio Duroia hirsuta el que segregara algún tipo de sustancia que aniquilara cualquier planta que germinara en sus inmediaciones. Sin embargo, la realidad no iba a ser descubierta hasta que en el año 2005, un equipo de científicos de la Universidad de Stanford en Estados Unidos, dirigido por la bióloga Megan E. Frederickson, realizara una serie de experimentos en varios de esos Jardines del Diablo de la selva amazónica peruana. Tras plantar en las misteriosas parcelas varios ejemplares de otro tipo de árbol, comprobaron que aquel ser maligno que se encargaba de eliminar las plantas era, en realidad, una hormiga. O mejor dicho, no una, sino colonias enteras de un tipo de hormiga: la Myrmelachista schumanni, también conocida como «hormiga limón«.
Este pequeño ser, fabrica los nidos en los que vive en los tallos de los Duroia hirsuta y mata a las plantas de alrededor para que sus comunidades tengan más espacio donde instalarse. Para llevar a cabo su macabro plan de exterminio, les inyectan ácido fórmico que ellas mismas segregan y en menos de veinticuatro horas aparecen en la planta los primeros síntomas de necrosis. Así, no van muy desencaminadas las leyendas locales, pues, al menos para las plantas, no cabe duda de que esta pequeña hormiga, es un maligno ser que cuida de que en su territorio sólo subsista su árbol preferido.
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Los Cuadernos de Urogallo


 
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Publicado por en 6 febrero, 2012 en Lugares del Mundo

 

Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe

Durante sesenta años, cada 19 de enero, un enigmático personaje ha depositado tres rosas y una botella mediada de coñac junto a una tumba del cementerio de la iglesia de Westminster, en Baltimore, concretamente junto a la tumba del que fue, sin duda alguna, el gran maestro de los relatos de misterio y de terror: Edgar Allan Poe.

Este insigne personaje de la literatura universal, nacía en Boston una fría noche de invierno de 1809. Sus padres, David y Elizabeth, formaban parte como actores de una compañía de teatro itinerante. Elizabeth, había seguido trabajando durante su embarazo y así, tras una función, en la madrugada del 19 de enero, daba a luz a un niño al que pusieron de nombre Edgar, como uno de los personajes de la obra «El rey Lear» que representaban por entonces. Edgar Poe Arnold fue el segundo de los tres hijos que tuvo aquella pareja de humildes actores, cuyas vidas, marcadas por el alcohol y la tuberculosis, pronto se truncaron, dejándolo huérfano con apenas tres años. Los Allan, una adinerada familia de comerciantes de origen escocés que vivía en Richmond, se hicieron cargo de él. Le dieron su apellido, lo criaron y lo quisieron como a un hijo, pese a que nunca lo adoptaron formalmente. Con ellos se trasladó a Gran Bretaña cuando tenía seis años. Allí, le causó una gran impresión el lúgubre aspecto de las casas de aquella época, haciéndole sentir en persona la sensación de inquietud y miedo que, hasta entonces, sólo conocía por los relatos góticos que acostumbraba a leer en las revistas inglesas de su padre. Así, empezaría a nacer en él una gran atracción hacia todo lo relacionado con el terror, que más tarde formará parte importante de su obra.
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Edgar fue un chico inteligente y un buen estudiante al que se le daban bien las matemáticas y la historia, además de ser un gran aficionado a los deportes. A su regreso a Estados Unidos, pocos años después, se enamoró por primera vez. Lo hizo de una viuda, madre de un amigo suyo, pero murió poco tiempo después, dejándolo sumido en una profunda melancolía y una depresión que, sin duda, a sus catorce años, ayudó a forjar su extraño carácter, pacífico, pero poco sociable. De esa época son sus primeros versos, inspirados en la obra de Lord Byron. Byron y Walter Scott fueron dos autores de importante referencia para Poe, de los que heredará el lirismo del primero y el estilo narrativo y argumental del segundo.
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A los dieciséis años se enamoró nuevamente. Lo hizo, en esa ocasión, de Sarah Elmira Royster,  una joven que vivía cerca de su casa. Sin embargo, su paso por la Universidad de Virginia le obligaba a separarse temporalmente de ella. Durante el breve periodo de tiempo que estuvo allí, apenas un año, tuvo su primer contacto con el alcohol. Con tan sólo diecisiete años, la bebida había empezado a ser una constante en su vida. Las continuas juergas y el juego le originaron grandes deudas, que le ocasionaron un serio enfrentamiento con su padre, con quien rompió toda relación. Dejó entonces la Universidad y, tras enterarse que Sarah se había casado con otro hombre, decidió marcharse a Boston donde malvivió como un vagabundo, trabajando ocasionalmente como dependiente y periodista, hasta que, incapaz de mantenerse por su cuenta, se alistó en el ejército con un nombre falso. Ese mismo año, 1827, con dieciocho años y ayudado por su madre, publicaba su primera obra, un libro de poemas que apenas se vendió. En 1829, tras dos años de vida militar, intentaba dejar el ejército, cuando recibió la noticia de la muerte de su madre, a la que siempre estuvo muy unido. Aquello fue otro gran golpe para él y su padre, apiadado por la situación, decidió ayudarle a licenciarse a cambio de que entrara en West Point, adonde llega en 1830. Un año después, no aguanta más allí y fuerza su expulsión, dejando atrás definitivamente su vida militar, de la que sólo conservará su grueso capote de cadete, que lo acompañará el resto de su vida. Desde entonces, intenta vivir de la escritura y va tirando como puede, hasta que en 1833 gana el primer premio en un concurso literario, por su relato «Manuscrito hallado en una botella«. Aquello suponía el impulso que necesitaba para seguir escribiendo y le abre las puertas para trabajar como periodista, con notable éxito además, pues sus relatos gustaban a la gente y el periódico en el que trabajaba pronto multiplicó su tirada gracias a él. En 1835 se casó en secreto con su prima Virginia Clemm, de tan sólo trece años. Son, probablemente, los mejores años de la vida de Poe, hasta que, de nuevo, la desgracia se ceba con él en 1842, cuando a su esposa le diagnostican tuberculosis. Aquella noticia lo hunde y, desesperado, busca refugio en la bebida durante unos años tormentosos, pese a lo cual sigue escribiendo y crea la que, seguramente, fue la obra cumbre de su vida: «El Cuervo«.
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Virginia muere en 1847 y él se entrega de manera definitiva al alcohol, por lo que lo despiden de los periódicos en los que trabaja y termina nuevamente arruinado. En esa época, vuelve a aparecer en su vida Sarah Elmira Royster, con la que retoma la antigua relación de su adolescencia. Ilusionado, Poe decide cambiar su vida y acuerda casarse con Sarah, pero, poco antes de la boda desaparece, hasta que, unos días después, lo encuentran borracho en un inmundo callejón de Baltimore, vestido con unas ropas que no eran suyas y desvariando por culpa del delírium trémens. Moría en el hospital cuatro días más tarde, el 7 de octubre de 1849, sin llegar a recobrar la lucidez y acertando tan sólo a decir una sencilla frase poco antes de expirar: «¡Que Dios ayude a mi pobre alma!».
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Tumba de Edgar Allan Poe

Así le llegó la muerte, envuelta en misterio. Como si de uno de sus relatos se tratara, nadie supo nunca qué había sucedido en esos últimos días de su vida, que fueron y seguirán siendo una incógnita, probablemente, para siempre. De la misma manera, que lo es la identidad de la persona que depositó rosas y coñac junto a su tumba durante sesenta años. Un encargado de la casa-museo de Poe en Baltimore, declaró que él había tenido ocasión desde 1978 de ver cómo, cada 19 de enero, llegaba de madrugada un hombre con abrigo negro, bufanda blanca y sombrero de ala ancha. Un ritual que comenzó en el primer aniversario de su muerte y duró hasta el año 2009, en que aparecieron las rosas y el coñac por última vez. Tal vez, aquel misterioso personaje, no se encuentre en condiciones de seguir realizando su habitual ofrenda o, tal vez, la vida le diera ya la oportunidad de reunirse a compartir una botella con aquel al que honró año tras año.

Si es así, es posible que, al afrontar tan importante y duro momento, tuviera en cuenta las palabras de su homenajeado. Poe siempre decía que «A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa».

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Publicado por en 30 enero, 2012 en La Literatura

 

La gran aventura de Jeanne Baret

Jeanne Baret

El 15 de diciembre de 1766, la fragata Boudeuse partía del puerto francés de Brest. A ella se uniría, el 13 de junio de 1767 en Río de Janeiro, el buque de carga l´Etoile para poner rumbo juntos a una aventura de tres años, en la que sería la primera expedición francesa alrededor del mundo. El viaje, que buscaba dar prestigio a Francia, estaba organizado por el militar, explorador y navegante francés  Louis Antoine de Bougainville, quien debía cumplir, en primer lugar, la orden del rey francés Louis XV de entregar las islas Malvinas a los españoles y continuar después su periplo alrededor del mundo, explorando el Pacífico en busca de tierras que se pudieran colonizar y realizando diversos estudios científicos. Para ello, Bougainville, se hizo acompañar por el cartógrafo Charles Routier de Romainville, el astrónomo Pierre-Antoine Véron y el botánico y naturalista Philibert Royale Commerson, quien había contratado, por referencias, a un joven para que lo ayudara en los diversos trabajos de campo que tendría que realizar. Hasta ahí todo normal, si no fuera porque aquel joven no era «un joven», sino una mujer.

Jeanne Baret, que así se llamaba, había nacido en 1740 y creció en un ambiente dominado por la pobreza y el hambre, teniendo que trabajar muy duro para superar un sinfín de dificultades. Así, cuando en 1760 llegó para hacerse cargo de la casa de Commerson, tras la muerte de su esposa, no podía ni siquiera imaginarse la aventura que la vida le reservaba pocos años después. Aquella relación, que había empezado siendo laboral, terminaría convirtiéndose con el tiempo en una relación sentimental de la que incluso, según parece, nació un niño que fue entregado en adopción. Cuando Commerson fue contratado por Bougainville para aquel largo viaje alrededor del mundo, él y Jeanne decidieron realizarlo juntos, pero no iba a resultarles fácil, pues ni las ordenanzas reales permitían que las mujeres se enrolaran en los barcos de la Corona, ni lo permitirían los tripulantes de las naves, temerosos de las supersticiones populares, que aseguraban que las mujeres a bordo traían mala suerte. Urdieron entonces un arriesgado plan: Commerson pidió poder contratar como ayudante a un joven del que tenía muy buenas referencias y así, Jeanne viajó por separado en la nave l´Etoile, disfrazada de hombre y simulando no conocer a quien la había contratado, hasta que se presentó ante él con el nombre de Jean Barré.

Fragata La Boudeuse

Jeanne se tomó su trabajo muy en serio y no sólo acompañó a Commerson en sus expediciones para recoger muestras por pantanos, selvas y bosques de Brasil, el Estrecho de Magallanes, Tahití o Madagascar, sino que, incluso, durante una época en la que el científico cayó enfermo, ella sola se encargó de realizar todo el trabajo de recolección, clasificación y conservación de los ejemplares recogidos, convirtiéndose en una experta botánica. Un trabajo excepcional para una mujer, en un tiempo en el que el género femenino no tenía acceso a la investigación científica y teniendo además que mantener continuamente oculta su identidad, en un ambiente de hombres donde no tardaron en aparecer comentarios jocosos sobre su cara imberbe, sus gestos afeminados y su forma de vestir o las sospechas que levantaba el que siempre buscara un lugar apartado para hacer sus necesidades. Sin embargo, su secreto se mantuvo hasta que llegaron a Tahití, donde los indígenas tahitianos descubrieron que era una mujer nada más verla. No tuvo más remedio entonces que confesar la verdad y Bougainville, para evitar los problemas que aquel suceso les podría acarrear a su regreso a Francia, hizo que Commerson y ella desembarcaran el 8 de noviembre de 1768 en Mauricio, con toda su colección de historia natural, no sin antes reconocerle el excelente trabajo que había realizado y el ejemplar comportamiento que había tenido durante su estancia en el barco.

Allí, en Mauricio, muere en 1773 Philibert Commerson y Jeanne queda en una situación bastante precaria. Para subsistir, abrió un cabaret en la capital de la isla, Port Louis, pero pronto tuvo problemas con la comunidad de la colonia por servir alcohol los domingos. Conoció entonces a un militar con el que se casó y así pudo obtener la autorización para volver a Francia, a donde llegó en 1776 con todas las cajas que contenían la colección de plantas recogidas durante su viaje. En 1785 le fue reconocida oficialmente su labor en la expedición de Bougainville y el rey le concedió una pensión. Jeanne Baret, se había convertido en la primera mujer que dio la vuelta al mundo, realizando, además, una gran parte de la labor científica de la expedición, durante la que se recogieron unos 6000 ejemplares de plantas. Entre ellas había una de bonitas y coloridas flores que fue llamada «buganvilla», en honor a Louis Antoine de Bougainville, comandante de la expedición. Unas 70 especies fueron bautizadas posteriormente con el nombre «commersonii» en honor a Philibert Commerson. Nunca, ninguna de ellas, llevó el nombre de nuestra protagonista, hasta que su historia llegó a oídos del botánico de la Universidad de Utah, Eric J. Tepe, quien escuchó en la radio una entrevista que le hicieron a la profesora de la Universidad de Louisville, Glynis Ridley, autora de un hermoso libro sobre la vida de Baret titulado «The Discovery of Jeanne Baret«. Tepe decidió entonces poner fin a aquella injusticia, dedicándole a Jeanne una especie descubierta por él mismo, una planta trepadora que se encuentra en el sur de Ecuador y en el norte de Perú, a la que llamó «Solanum baretiae» en honor de aquella mujer a la que no dudó en calificar de «…gran botánica y exploradora por derecho propio».

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