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Rossini: la vida entre dos pasiones

El año bisiesto, es algo que ocurre para mantener sincronizado nuestro calendario con el año astronómico y estacional y consiste en sumar un día cada cuatro años, día que correspondería al 29 de febrero. Sucede entonces algo muy curioso, que todos los que nacen ese día sólo pueden celebrar su cumpleaños una vez cada cuatro años. Desgraciadamente para ellos, no quiere decir eso que el tiempo les pase de una manera diferente, no. Los años les van a ir pesando como a los demás. Son las celebraciones las que se distancian y, claro, se pierden las fiestas correspondientes, los regalos y todo lo demás. Para algunas personas, poco amigas de las celebraciones, no será un problema, sino todo lo contrario. En cambio, a una gran mayoría no les hace mucha gracia. Por eso, algunos que disfrutan a lo grande celebrando su cumpleaños, cuando sólo lo pueden hacer en tan pocas ocasiones, lo hacen por todo lo alto, como era el caso de nuestro protagonista de hoy: Gioacchino Rossini.
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Pues sí, un 29 de febrero del año 1792 venía al mundo, en la ciudad italiana de Pésaro, este célebre compositor al que pusieron de nombre Giovacchino Antonio Rossini. Hijo de una cantante y un cornista, estuvo, lógicamente, muy influenciado por la música desde que nació y no tardó mucho en demostrar su talento para este bello arte. A los dieciséis años ganaba un premio por una cantata que había compuesto y a los dieciocho estrenaba en Venecia su primera ópera, lo que no debería de extrañar, pues ya había escrito una con tan sólo catorce años. Así, pronto sus obras empezaron a tener éxito, destacando especialmente en la ópera buffa, subgénero operístico caracterizado por su temática cómica. “El Barbero de Sevilla” no sólo es su obra más célebre, sino que también es una gran obra maestra, considerada por muchos como la más importante ópera buffa que ha sido compuesta hasta ahora, a pesar de que en sus primeras representaciones cosechó un sonoro fracaso. Rossini fue un compositor muy prolífico, con un gran número de óperas compuestas, no sólo buffas sino también óperas serias. Gozaba de un particular dominio de la estructura vocal y sus obras tenían las notas exactas para las voces que las iban a interpretar, no faltaba ninguna, ni tampoco sobraba, eran, sencillamente, perfectas. Sin embargo, tras terminar la composición de “Guillermo Tell“, por la que recibió una pensión vitalicia del gobierno francés y, cuando tan sólo contaba con treinta y ocho años, decidió misteriosamente dejar de escribir óperas y no volvió a crear ninguna más en las casi cuatro décadas que aún vivió.

Sin problemas económicos, ya que los ingresos que tenía por derechos de autor lo convertían en uno de los hombres más ricos de su época, el resto de sus días los dedicó a disfrutar de la vida cuanto pudo. Rossini era un personaje simpático y divertido, que además de la música tenía otra gran pasión: la cocina. Le encantaba comer, le encantaba cocinar y hacía muy bien ambas cosas. Así pues, durante esos años, la gastronomía ocupó un importante lugar en su vida. Fueron famosas las cenas que celebraba los sábados en su casa. A ellas asistían las más importantes figuras de la música y la literatura del París del momento, a los que recibía siempre vestido con una especie de sotana y haciendo gala siempre de su buen humor y su agudeza de ingenio. De la misma manera, eran también conocidas en toda Europa sus excursiones gastronómicas, hasta el punto de que, en uno de sus viajes a Madrid, se organizó un concurso que duró diez días para ver quién daba mejor de comer a Rossini.

Durante esa última etapa de su vida, que estuvo marcada por numerosas enfermedades, algunas de las cuales eran más producto de su naturaleza hipocondríaca que reales, siguió manteniendo el contacto con la música, por supuesto, y, aunque no volvió a componer más óperas, siguió creando pequeñas piezas musicales, muchas de ellas religiosas. Murió en Passy, cerca de París, el 13 de noviembre de 1868, después de haber disfrutado de una vida feliz, dejando una cuantiosa herencia económica, parte de la cual había destinado a la creación de un asilo para músicos retirados. Sin embargo, aunque no tan material, nos dejó otro magnífico legado del que puede disfrutar todo el mundo: de su talento, nos quedó su amplia obra musical; de su afición por la gastronomía, el Tournedos y los Canelones Rossini, ambos platos son dos delicatessen que deben estar elaborados siempre con trufas y un buen foie, los dos productos que más entusiasmaban a este genio de la música y los fogones, que no dudaba en reconocer: “que le hubiera encantado ser charcutero, pero estuvo mal dirigido”.

La historia de estas dos recetas nos servirá para inaugurar nuestro Blog de cocina.
Si desea conocerla, puede visitarnos en blogspot o en wordpress:
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Los Cuadernos de Urogallo
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Publicado por en 12 marzo, 2012 en La Música