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Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe

Durante sesenta años, cada 19 de enero, un enigmático personaje ha depositado tres rosas y una botella mediada de coñac junto a una tumba del cementerio de la iglesia de Westminster, en Baltimore, concretamente junto a la tumba del que fue, sin duda alguna, el gran maestro de los relatos de misterio y de terror: Edgar Allan Poe.

Este insigne personaje de la literatura universal, nacía en Boston una fría noche de invierno de 1809. Sus padres, David y Elizabeth, formaban parte como actores de una compañía de teatro itinerante. Elizabeth, había seguido trabajando durante su embarazo y así, tras una función, en la madrugada del 19 de enero, daba a luz a un niño al que pusieron de nombre Edgar, como uno de los personajes de la obra “El rey Lear” que representaban por entonces. Edgar Poe Arnold fue el segundo de los tres hijos que tuvo aquella pareja de humildes actores, cuyas vidas, marcadas por el alcohol y la tuberculosis, pronto se truncaron, dejándolo huérfano con apenas tres años. Los Allan, una adinerada familia de comerciantes de origen escocés que vivía en Richmond, se hicieron cargo de él. Le dieron su apellido, lo criaron y lo quisieron como a un hijo, pese a que nunca lo adoptaron formalmente. Con ellos se trasladó a Gran Bretaña cuando tenía seis años. Allí, le causó una gran impresión el lúgubre aspecto de las casas de aquella época, haciéndole sentir en persona la sensación de inquietud y miedo que, hasta entonces, sólo conocía por los relatos góticos que acostumbraba a leer en las revistas inglesas de su padre. Así, empezaría a nacer en él una gran atracción hacia todo lo relacionado con el terror, que más tarde formará parte importante de su obra.
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Edgar fue un chico inteligente y un buen estudiante al que se le daban bien las matemáticas y la historia, además de ser un gran aficionado a los deportes. A su regreso a Estados Unidos, pocos años después, se enamoró por primera vez. Lo hizo de una viuda, madre de un amigo suyo, pero murió poco tiempo después, dejándolo sumido en una profunda melancolía y una depresión que, sin duda, a sus catorce años, ayudó a forjar su extraño carácter, pacífico, pero poco sociable. De esa época son sus primeros versos, inspirados en la obra de Lord Byron. Byron y Walter Scott fueron dos autores de importante referencia para Poe, de los que heredará el lirismo del primero y el estilo narrativo y argumental del segundo.
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A los dieciséis años se enamoró nuevamente. Lo hizo, en esa ocasión, de Sarah Elmira Royster,  una joven que vivía cerca de su casa. Sin embargo, su paso por la Universidad de Virginia le obligaba a separarse temporalmente de ella. Durante el breve periodo de tiempo que estuvo allí, apenas un año, tuvo su primer contacto con el alcohol. Con tan sólo diecisiete años, la bebida había empezado a ser una constante en su vida. Las continuas juergas y el juego le originaron grandes deudas, que le ocasionaron un serio enfrentamiento con su padre, con quien rompió toda relación. Dejó entonces la Universidad y, tras enterarse que Sarah se había casado con otro hombre, decidió marcharse a Boston donde malvivió como un vagabundo, trabajando ocasionalmente como dependiente y periodista, hasta que, incapaz de mantenerse por su cuenta, se alistó en el ejército con un nombre falso. Ese mismo año, 1827, con dieciocho años y ayudado por su madre, publicaba su primera obra, un libro de poemas que apenas se vendió. En 1829, tras dos años de vida militar, intentaba dejar el ejército, cuando recibió la noticia de la muerte de su madre, a la que siempre estuvo muy unido. Aquello fue otro gran golpe para él y su padre, apiadado por la situación, decidió ayudarle a licenciarse a cambio de que entrara en West Point, adonde llega en 1830. Un año después, no aguanta más allí y fuerza su expulsión, dejando atrás definitivamente su vida militar, de la que sólo conservará su grueso capote de cadete, que lo acompañará el resto de su vida. Desde entonces, intenta vivir de la escritura y va tirando como puede, hasta que en 1833 gana el primer premio en un concurso literario, por su relato “Manuscrito hallado en una botella“. Aquello suponía el impulso que necesitaba para seguir escribiendo y le abre las puertas para trabajar como periodista, con notable éxito además, pues sus relatos gustaban a la gente y el periódico en el que trabajaba pronto multiplicó su tirada gracias a él. En 1835 se casó en secreto con su prima Virginia Clemm, de tan sólo trece años. Son, probablemente, los mejores años de la vida de Poe, hasta que, de nuevo, la desgracia se ceba con él en 1842, cuando a su esposa le diagnostican tuberculosis. Aquella noticia lo hunde y, desesperado, busca refugio en la bebida durante unos años tormentosos, pese a lo cual sigue escribiendo y crea la que, seguramente, fue la obra cumbre de su vida: “El Cuervo“.
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Virginia muere en 1847 y él se entrega de manera definitiva al alcohol, por lo que lo despiden de los periódicos en los que trabaja y termina nuevamente arruinado. En esa época, vuelve a aparecer en su vida Sarah Elmira Royster, con la que retoma la antigua relación de su adolescencia. Ilusionado, Poe decide cambiar su vida y acuerda casarse con Sarah, pero, poco antes de la boda desaparece, hasta que, unos días después, lo encuentran borracho en un inmundo callejón de Baltimore, vestido con unas ropas que no eran suyas y desvariando por culpa del delírium trémens. Moría en el hospital cuatro días más tarde, el 7 de octubre de 1849, sin llegar a recobrar la lucidez y acertando tan sólo a decir una sencilla frase poco antes de expirar: “¡Que Dios ayude a mi pobre alma!”.
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Tumba de Edgar Allan Poe

Así le llegó la muerte, envuelta en misterio. Como si de uno de sus relatos se tratara, nadie supo nunca qué había sucedido en esos últimos días de su vida, que fueron y seguirán siendo una incógnita, probablemente, para siempre. De la misma manera, que lo es la identidad de la persona que depositó rosas y coñac junto a su tumba durante sesenta años. Un encargado de la casa-museo de Poe en Baltimore, declaró que él había tenido ocasión desde 1978 de ver cómo, cada 19 de enero, llegaba de madrugada un hombre con abrigo negro, bufanda blanca y sombrero de ala ancha. Un ritual que comenzó en el primer aniversario de su muerte y duró hasta el año 2009, en que aparecieron las rosas y el coñac por última vez. Tal vez, aquel misterioso personaje, no se encuentre en condiciones de seguir realizando su habitual ofrenda o, tal vez, la vida le diera ya la oportunidad de reunirse a compartir una botella con aquel al que honró año tras año.

Si es así, es posible que, al afrontar tan importante y duro momento, tuviera en cuenta las palabras de su homenajeado. Poe siempre decía que “A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”.

Los Cuadernos de Urogallo



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Publicado por en 30 enero, 2012 en La Literatura

 

Alejandro Dumas

Alejandro Dumas por Étienne Carjat

A lo largo de los años, han sido muchos los personajes célebres que nos han dejado un 5 de diciembre como hoy: el pintor francés Claude Monet; el gran genio de la música Mozart o el escritor Alejandro Dumas. A él vamos a dedicar nuestro artículo de hoy, porque, si bien es cierto que las pinturas de Monet o la música de Mozart han despertado infinidad de veces nuestros sentidos, las novelas de Dumas han despertado nuestras fantasías, nuestra imaginación. ¿Quién, en su niñez, no se batió alguna vez, emulando a D´Artagnan, contra todo un ejército del cardenal Richelieu? o ¿Quién no recuerda cómo el conde de Montecristo se hacía pasar por muerto, para que lo tiraran al mar y poder huir de la prisión en la que había sido injustamente encarcelado?.

El responsable de alimentar nuestra mente con esos recuerdos ha sido un francés que nació el 24 de julio de 1802 en Villers-Cotterêts, localidad a la que había sido destinado su padre, el general Thomas-Alexandre Davy de la Pailleterie, que usaba el apellido de soltera de su madre: Dumas. Allí conoció a la hija de un posadero con la que se casó y que trajo al mundo a un pequeño al que llamaron Alexandre.

Alejandro, nombre por el que lo conocemos nosotros, quedó huérfano de padre a la temprana edad de cuatro años y, debido a la precaria situación económica en la que quedó su madre, no pudo recibir la educación adecuada, teniendo que ponerse a trabajar desde muy joven. Hizo de mensajero, de vendedor de tabaco y gracias a los ingresos que le proporcionaba la caza, afición heredada de su padre, pudo ahorrar dinero para viajar por primera vez a París, ciudad de la que se quedará prendado y a la que volverá en 1823 para instalarse. Allí, gracias a alguna recomendación y a que poseía una hermosa caligrafía, comenzó a trabajar como escribiente del Duque de Orleans, dedicándose, además, a completar su formación por sus propios medios, mientras despuntaba con sus primeros trabajos literarios.

Pronto le llegó el éxito con sus obras teatrales y, sobre todo, con sus novelas, de ágiles y divertidos argumentos, donde combinaba perfectamente las aventuras con el romanticismo y con heroicos duelos a espada para mayor deleite de los lectores. Pero su producción literaria no sólo se compuso de novelas y obras de teatro, hubo también artículos, cuentos, libros de viaje y hasta un libro de cocina. Así hasta un total de unas cuatrocientas obras que lo convertían en uno de los autores más prolíficos de Francia. Sin embargo, es difícil imaginar que una sola persona fuera capaz de producir tanta literatura y mucho más en el caso de nuestro protagonista, ya que era un gran vividor, amigo de las fiestas, del buen comer y un mujeriego empedernido, que presumía de haber engendrado quinientos hijos. Fuera eso verdad o no, lo cierto es que con tanto trajín difícilmente se puede entender que además tuviera tiempo para escribir. Sin embargo, consiguió alcanzar tal volumen de títulos publicados, porque siempre se mantuvo rodeado de un gran número de colaboradores que escribieron para él una gran parte de sus trabajos. Se cuenta que popularmente en los ambientes literarios se le conocía con el apodo de “Alejandro Dumas y compañía“. Se calcula que hasta setenta y tres personas llegaron a colaborar en sus trabajos, limitándose él a perfilar el argumento, proporcionar la documentación histórica y escribir de su puño y letra las escenas de espada, que eran las que más le gustaban. Así, fácilmente se puede entender una anécdota que se le atribuye cuando un día, al encontrarse con su hijo, llamado Alejandro Dumas como él y también escritor, le preguntó al joven si había leído su última novela, a lo que el hijo le contestó: Yo no ¿y tú?.

Dumas disfrutaba acudiendo a todo tipo de reuniones literarias y gastronómicas. Era miembro de la masonería y su afición al esoterismo le permitía estar muy relacionado con los ocultistas más conocidos de la época, gracias a lo cual conoció a un joven escritor de nombre Julio Verne, al que ayudó en sus primeros pasos en el mundo de la literatura. Con él compartió filiación en la misteriosa “Sociedad de la Niebla”, de la que Dumas fue un destacado miembro.

Llevó una vida llena de lujo, excesos y derroche, manteniendo a varios hijos, a sus madres y a un gran número de amantes, por lo que, a pesar de haber ganado ingentes cantidades de dinero, vivía endeudado permanentemente. Todo esto, unido a una serie de inversiones fallidas, le llevó a la bancarrota y así, totalmente arruinado, se encontraba cuando estalló la guerra entre Francia y Prusia, que lo sorprendió fuera de Paris. No pudiendo regresar a la capital, se refugió en casa de su hijo en Puys, donde murió el 5 de diciembre de 1870, el mismo día en que los prusianos entraban en el pueblo.

D´Artagnan y los tres mosqueteros - Maurice Leloir 1894

En el año 2002 sus restos fueron trasladados al Panteón de París, en un féretro escoltado por mosqueteros y cubierto por un paño de terciopelo azul, en el que se podía leer, bordado en hilo de plata, el lema de los Tres Mosqueteros: “Todos para uno y uno para todos“. Allí reposan ocupando su lugar entre otros ilustres personajes de Francia, tras recibir el cariñoso homenaje de la nación francesa por boca del expresidente Jacques Chirac, a cuyas palabras nos sumamos con gratitud:
… con usted, nosotros fuimos D´Artagnan, Montecristo o Bálsamo; recorrimos las calles de Francia; participamos en batallas; visitamos palacios y castillos. Con usted, soñamos…“.

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Los Cuadernos de Urogallo


 
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Publicado por en 5 diciembre, 2011 en La Literatura