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Archivo de la categoría: Historia de las Cosas

Los Belos y el Fin de Año

Hubo un tiempo, hace ya más de dos mil años, en el que los Belos ocupaban una pequeña parte de la Península Ibérica, más concretamente algunas tierras que, en la actualidad, pertenecen a Aragón y a Castilla y León. Los Belos eran un pueblo celtíbero, que vivía de la agricultura y de la ganadería, además de tener una importante industria textil y de fabricar armas que alcanzaron un gran prestigio en aquella época. La ciudad más importante de los Belos era Segeda, emplazada en una colina  reforzada defensivamente (lo que los romanos conocían como oppidum), que se encontraba en la actual comarca de Calatayud, entre Mara y Belmonte de Gracián.

La ciudad de Segeda había llegado a un acuerdo con los romanos en el año 179 a. C., por el cual Roma se comprometía a mantener la paz con los Belos y a permitirles acuñar moneda propia, a cambio de una cantidad de impuestos que los celtíberos debían de pagar cada año y de comprometerse a no ampliar sus ciudades. Sin embargo, veinticinco años después, en el 154 a. C., los Belos decidieron ampliar sus murallas para que alcanzaran un perímetro de ocho kilómetros. Roma interpretó aquella acción como una ruptura del tratado y decidió iniciar inmediatamente los preparativos para la guerra.

Para dirigir la operación se decidió nombrar a un cónsul, en vez de a un pretor, como hubiera sido lo normal. Aquello suponía un gran problema, ya que designar a los cónsules era algo que se hacía el primer día del año político-administrativo de Roma, es decir el 15 de marzo. Pero, si se esperaba hasta esa fecha, la maquinaria de guerra romana no estaría en marcha hasta el otoño y aquello significaba afrontar las hostilidades con una complicada situación climatológica. Tal debía de ser la importancia que Segeda tenía para Roma, que fue preciso adelantar las fechas, aunque aquello supusiera cambiar totalmente el calendario. Y así fue, el 1 de enero se nombraron a los cónsules y, a partir de entonces, esa sería la nueva fecha que marcaría el inicio del año hasta nuestros días.

Así es como un pequeño territorio aragonés, influyó hace dos milenios en los acontecimientos del mundo, hasta el punto de cambiar el calendario que actualmente marca nuestras vidas.

Roma consiguió preparar todo para iniciar la campaña a principios del verano, enviando un poderoso ejército de 30.000 hombres. Los Belos, por su parte, se aliaron con los arévacos, otro importante pueblo peninsular que habitaba un territorio cuya capital era la ciudad de Numancia, donde buscaron refugio los habitantes de Segeda, dejando vacía una ciudad que fue arrasada por las tropas romanas al mando de Quinto Fulvio Nobilior. Sin embargo, los celtíberos, mandados por Caro de Segeda, prepararon poco después una emboscada en la que causaron más de 6.000 muertes entre las legiones romanas. La guerra fue larga y dura y el invierno siguiente llegó sin que se hubiera resuelto el conflicto, provocando otro gran número de bajas entre los romanos. Al año siguiente, Roma trató de solucionar aquel problema nombrando un nuevo cónsul, Claudio Marcelo, que buscó algún acercamiento más diplomático y a punto estuvo de conseguirlo, pero no tardaron en surgir de nuevo las hostilidades, que acabarían desembocando, con el paso del tiempo, en la célebre guerra contra Numancia, de triste recuerdo por su trágico, aunque heroico final. Pero esa es ya otra historia, de la que, posiblemente, nos ocuparemos en otra ocasión.

Feliz Año Nuevo.

 

Foto: As de Segeda.

Documento procedente del archivo del arqueólogo e historiador Francisco Burillo Mozota. 

Extraído de: http://catedu.es/aragonromano/segeda.htm

 

Los Cuadernos de Urogallo

La Cocina de Urogallo

 
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Publicado por en 30 diciembre, 2012 en Historia de las Cosas

 

Más de un siglo de Cine

No sé yo, si aquel lejano 25 de diciembre de 1895, cuando los hermanos Lumière hicieron la primera exhibición pública de sus películas, eran conscientes de lo lejos que iba a llegar aquella nueva industria que se acababa de poner en marcha. Seguramente no mucho, pues llegaron a afirmar en repetidas ocasiones que el cine es una invención sin ningún futuro, a pesar de que a ellos les aportó cuantiosos beneficios durante los pocos años que se dedicaron a filmar pequeños documentales con escenas de la vida cotidiana.
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Viaje a la Luna – Georges Méliès

Sin embargo, por suerte, no todo el mundo pensaba igual y hubo quienes supieron ver las muchas posibilidades que el cine podía ofrecer, de manera que no tardaron en surgir empresas que se dedicaron a la producción cinematográfica, como la Gaumont (Gaumont Film Company), que fue fundada en Francia en 1895 y que no sólo es la más antigua productora de cine que existe, sino también la primera que tuvo una mujer como directora; la Pathé (Société Pathé Frères), fundada también en Francia en 1896 por los hermanos Pathé y que se convirtió, en los primeros años del siglo XX, en la mayor productora de cine del mundo en aquel momento; o la empresa italiana Rossi & C. de Turín, que a partir de 1908 adoptaría el nombre de Itala Films por el que es más conocida actualmente. Empresas que empezaron produciendo películas sencillas, no muy largas, con medios muy limitados y rudimentarios en cuanto a vestuarios y decorados y, claro, sin sonido. Un cine mudo que se exhibía en las salas acompañado del sonido de un piano o una pequeña orquesta y un relator, una persona que iba narrando los hechos que acontecían en la película. No obstante, pronto empezarán a surgir nuevas ideas y aparecerán los efectos especiales de la mano, principalmente, del cineasta francés Georges Méliès, que nos dejará un importante legado de películas, entre las que destacan las de ciencia ficción, algunas de ellas inspiradas en la obra de Julio Verne como su célebre Viaje a la Luna, realizada nada menos que en el año 1902.

Auditorium Theatre – Toronto 1910 (William James)

En aquellos primeros tiempos, el cine europeo dominó el mercado internacional hasta la Primera Guerra Mundial, momento a partir del cual sería reemplazado por las producciones realizadas en Estados Unidos, donde el cine mudo había triunfado entre una población llena de inmigrantes de multitud de nacionalidades, muchos de los cuales no sabían hablar bien el inglés y, por tanto, no podían disfrutar de otros espectáculos, como el teatro. El cine mudo, en cambio, conseguía llegar más fácilmente a todos y supuso una vía de entretenimiento a la que supieron sacar partido los empresarios de las salas de teatro, que empezaron usándolo como complemento de su actividad. Aquel negocio, sin embargo, empezó a crecer de manera vertiginosa. Junto a las empresas productoras aparecieron las de distribución, completando así una cadena comercial que culminaba en las salas que ofrecían el nuevo espectáculo y que cada vez eran más numerosas. Salas que fueron conocidas con el nombre de Nickelodeon, desde que en 1905 Harry Davis y John P. Harris abrieron en Pittsburgh el primer teatro del mundo dedicado exclusivamente a la exhibición de espectáculos de imágenes en movimiento, en el que proyectaban películas en sesión continua por 5 centavos. Decidieron por ello llamarlo Nickelodeon, uniendo a la palabra nickel (por la que se conocía popularmente a la moneda de 5 centavos) la palabra odeon que, procedente del griego, significa teatro cubierto. Pronto, por todo el país, surgió un gran número de salas que no tardaron en copiar, tanto aquel novedoso sistema de sesión continua, como el nombre.

Thomas Alva Edison intentó tomar el control de aquel flamante negocio, basándose en los derechos de explotación de sus patentes. Para ello creó una compañía, asociándose a otras importantes empresas del sector, que durante algún tiempo dominó el mercado de la industria del cine, exigiendo el pago de derechos tanto a productores como a exhibidores. Sin embargo, el conflicto no tardaría en surgir, cuando algunos productores, denominados independientes, empezaron a hacer frente al oligopolio ejercido por Edison. Tratando de huir de su control, en los primeros años del siglo XX, el productor de origen alemán Carl Laemmle viajó hacia el oeste, a Los Ángeles, donde los largos días soleados facilitaban los rodajes con luz natural y, sobre todo, quedaba fuera del alcance de los inspectores de la compañía de Edison. Allí, en un pequeño pueblo llamado Hollywood, compró un antiguo rancho situado en el centro de la nada, 430 Km² de pastos, donde erigió una auténtica ciudad que albergaría al personal que iba a trabajar en sus películas. En ella establecía su empresa, que a partir de 1912 comenzó a llamarse Universal Studios.
No tardarían en seguir sus pasos muchos otros de los creadores de grandes estudios de cine como: Samuel Goldfish, que fundó en 1916, junto a los hermanos Selwyn, la compañía precursora de la actual Metro-Goldwyn-Mayer; los hermanos Warner, que se establecieron en 1918 y fueron los creadores de Warner Bros Entertainment; los hermanos Cohn, que creaban en 1919 la empresa predecesora de la actual Columbia PicturesAdolph Zukor, que había fundado en 1908 la Paramount PicturesWilliam Fox, que en 1915 creaba el embrión de la que hoy es Twentieth Century Fox; y, como no, los hermanos Walter y Roy Disney, que en 1923 fundaban The Walt Disney Company.
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Todos ellos y muchos otros convertirían a Hollywood en la Meca de una industria que, hoy en día, ya nadie duda en considerar un arte, el Séptimo Arte.
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La Infantería de Marina

La Infantería de Marina

Cuando oímos hablar de Infantería de Marina, a muchos nos viene a la cabeza la imagen de esos Marines norteamericanos que el cine se ha encargado de darnos a conocer, soldados que desembarcan de sus lanchas anfibias en aquellas playas de Normandía durante el “Día más largo”, aquel 6 de junio de 1944 en el que miles de hombres perdían la vida, muchos de ellos sin apenas salir del agua. No cabe duda de que, posiblemente, sean los estadounidenses quienes más y mejor han sabido promocionar a ese cuerpo, pero no fueron ellos quienes lo crearon, sino los españoles, nada menos que en el año 1537.

En 1534, Carlos I, basándose en las coronelías creadas anteriormente por el Gran Capitán, decide organizar las tropas asentadas en las posesiones españolas de Italia en tres Tercios, el de Sicilia, el de Lombardía y el de Nápoles, a los que se une en 1536 el Tercio de Cerdeña, todos ellos conocidos más tarde como Tercios Viejos. En aquella época, como había sucedido durante muchos años, los soldados de infantería iban embarcados en los navíos para entrar en acción con sus armas tras el choque entre barcos rivales, convirtiendo las batallas navales en lo que sería una prolongación de la lucha en tierra firme. Era por tanto fundamental disponer de tropas habituadas a la vida en el mar, soldados que no le tuvieran miedo y que no se mareasen en los periodos de navegación, además de estar bien preparados en el uso de armas de fuego y en la lucha cuerpo a cuerpo, por lo que se creó en 1537 el Tercio Nuevo de la Mar de Nápoles, con fuerzas de infantería permanente y especialmente entrenadas para el combate en galeras. Fue la primera Infantería de Marina de la historia y el origen de la que existe actualmente. Más tarde, se establecería un número de 125 hombres de guarnición por cada buque, que incluía un capitán, un alférez, un sargento, un pífano (flautín) y un tambor, además, Felipe II se ocuparía de conferir un mayor poder naval sobre la costa, mediante tropas que eran capaces de asaltarla partiendo de naves, sin deterioro de su capacidad de combate, dando lugar al actual concepto de fuerza de desembarco.

 Desde entonces, la historia de este glorioso cuerpo, acostumbrado a actuar como punta de lanza en arriesgadas operaciones de ocupación de playas y tramos de costa, donde no hay más retaguardia que el mar, está unida a un sinfín de contiendas, como los ya lejanos enfrentamientos con los turcos en Argel en el siglo XVI; la célebre batalla de Lepanto, donde fueron los Infantes de Marina de la galera “Real” los primeros en abordar la galera “Sultana” en la que viajaba Ali Pasha, comandante en jefe de la flota otomana, para proporcionar a la Liga Santa una victoria memorable “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”; en 1762 combatieron en La Habana, defendiendo heroicamente el Castillo del Morro frente a los ingleses, lo que les valió la consideración de Cuerpo Real, como así lo demuestran las dos franjas rojas de su pantalón azul (distintivo exclusivo de la Infantería de Marina y la Guardia Real); en 1814 los Batallones de Marina Ferrolanos, que perseguían a las tropas napoleónicas que huían de España, ocuparon la localidad francesa de Toulouse; a principios del siglo XX tomaron parte en las contiendas de África, con el desembarco de Larache en 1911, Alhucemas en 1925 y la defensa de Ifni en 1957; en fin un gran número de intervenciones de las que aquí sólo podemos mencionar unas pocas, pero que se podrían completar con campañas más recientes como Bosnia, Haití, Océano Índico, Líbano o Afganistán.

Sin duda, un encomiable historial para un cuerpo del que formaron parte personajes tan ilustres como Miguel de Cervantes o Calderón de la Barca y que acogió en 1793 a la primera mujer Infante de Marina de la historia, Ana María de Soto, que se incorporó al cuerpo haciéndose pasar por un hombre llamado Antonio de Soto y participó en un gran número de combates durante los cinco años que duró su valiente aventura, hasta que un rutinario reconocimiento médico desveló su secreto. Se le ordenó entonces desembarcar, en medio del asombro y la admiración de todos sus compañeros y superiores, que no dudaron en proponer su distinción, por lo que le fue concedida una pensión vitalicia por su heroicidad y su conducta intachable. Una mujer que defendió con orgullo el lema de esta Infantería de Marina que cumplió 475 años el 27 de febrero de 2012:

Ser valiente por tierra y por mar“.

 

Esos genios desconocidos

Manuel Jalón

A mediados de diciembre de 2011, nos llegaba por un pequeño titular de prensa, que fácilmente podría pasar desapercibido, la noticia de la muerte de Manuel Jalón. Así, de mano, a la mayoría no nos dice nada ese nombre, pero la cosa cambia cuando seguimos leyendo y descubrimos que Manuel Jalón forma parte de la historia por ser el inventor de un artículo que, sin duda, nos ha facilitado mucho la vida: la fregona.

Algunos, tenemos edad suficiente para haber visto a nuestras madres y abuelas machacarse las rodillas y los riñones fregando los suelos de casa, con la única ayuda de una pequeña almohadilla sobre la que arrodillarse y escurriendo a mano, una y otra vez, una bayeta que pronto había cambiado su color original, por un sucio gris que ya nunca más iba a abandonar. Sin embargo, todo empezará a cambiar cuando en 1956, este ingeniero aeronáutico que nació en Logroño en 1925 y que pasó la mayor parte de su vida en Zaragoza, hizo caso de la sugerencia de un amigo que, mientras tomaban algo en un bar y se fijaban en una mujer que fregaba el suelo del establecimiento, le dijo que debería dejar de pensar en componentes aeronáuticos e inventar algo para que las mujeres pudieran fregar de pie. Recordó entonces un artilugio que había visto en Estados Unidos, cuando realizaba un curso de mantenimiento de aviones. Se trataba de un original cubo metálico dotado de dos rodillos de madera, que permitían escurrir las bayetas mojadas con que se limpiaban los hangares. Inspirado en aquello, desarrolló los primeros proyectos de su ingenio. La simple idea de poner un palo de escoba a un manojo de tiras de algodón y escurrirlo en un cubo dotado de unos rodillos accionados por un pedal, iba a cambiar radicalmente los hábitos de limpieza existentes en aquellos días, sobre todo con la llegada del primer modelo de uso doméstico en 1964, que no sólo iba a dignificar, sino también hacer mucho más cómodo el trabajo de millones de mujeres, además de prevenir muchas enfermedades producidas en rodillas y espalda, por la postura, y en las manos, por el contacto continuado con la lejía.
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Sin embargo, en su momento, fue necesaria una gran labor comercial para dar a conocer aquel novedoso artículo, teniendo que recorrer una por una cada tienda para presentarlo y el comerciante, a su vez, hacer demostraciones a cada cliente que pasaba por la tienda para poder venderlo. No obstante, pronto iba a hacerse un sitio en los hogares españoles, viajando además a otros países de la mano de turistas y emigrantes que, cuando se iban de España, llevaban consigo muestras de tan práctico utensilio. Hoy en día es algo de uso común en cualquier casa, millones de personas la utilizan en todo el mundo y ni siquiera puedo pararme a pensar en como haríamos si no existiera este artículo, al que su creador llamó “lavasuelos”, pero su primer vendedor, Enrique Falcón, bautizó como “fregona“, expresión por la que se conocía a la mujer que fregaba los suelos.
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Manuel Jalón, además de la fregona, desarrolló el diseño de una jeringuilla desechable, de la que diariamente se utilizan millones de unidades en todo el mundo. Como él, muchos otros personajes han enriquecido la historia de este país con su creatividad, colaborando con sus inventos y sus ideas a hacernos la vida un poco más fácil. Algunos son bastante conocidos. De otros, en cambio, sus nombres resultan desconocidos para la inmensa mayoría de nosotros.
Así, podemos recordar aquí a algunos de ellos como:
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Talgo 1 de Alejandro Goicoechea

– Alejandro Goicoechea, nacido en Elorrio (Vizcaya) en 1895, que creó un tren articulado muy ligero, indescarrilable y que alcanzaba grandes velocidades sin apenas riesgo, el Talgo.

– Narciso Monturiol, nacido en Figueras (Gerona) en 1819, creador del primer buque sumergible.

– Isaac Peral, nacido en Cartagena (Murcia) en 1851, creador del primer submarino propulsado por energía eléctrica.
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– Juan de la Cierva, nacido en Murcia en 1895, creador del autogiro, precursor del helicóptero moderno.
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– Jerónimo de Ayanz, nacido en Guenduláin (Navarra) en 1553, pionero en el desarrollo y construcción de la máquina de vapor.
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– Enric Bernat, nacido en Barcelona en 1923, que, aunque no fue el creador de los caramelos con palo, pues ya se utilizaban anteriormente, sí tuvo un gran éxito en la comercialización del producto que se le ocurrió fabricar, cuando se fijó en que los niños para hablar y jugar se sacaban los caramelos de la boca: el Chupa Chups, golosina que hoy en día se vende en casi todo el mundo.
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Spanish Aerocar de Torres-Quevedo

– Leonardo Torres-Quevedo, nacido en Santa Cruz de Iguña (Cantabria) en 1851, cuyas ideas contribuyeron a mejorar el funcionamiento de teleféricos y funiculares, ideando y creando algunos tan importantes como el que cruza las cataratas del Niágara. Además, desarrolló un modelo de máquina taquigráficamáquinas de escribircalculadoras, una máquina de juego automático de ajedrez y un curioso ingenio al que llamó telekino, que permitía controlar mediante ondas hertzianas a otro aparato que estuviera situado más lejos, es decir, el origen del mando a distancia.

– Manuel Vicente García, nacido en Zafra (Badajoz) en 1805, un cantante de ópera y profesor de canto, tan preocupado porque sus alumnos aprendieran a respirar correctamente, que ideó un artilugio para poder visualizar la laringe y comprender su funcionamiento y que, desde entonces, sería de gran utilidad para la medicina: el laringoscopio.
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– Emilio Herrera, nacido en Granada en 1879, diseñó la escafandra estratonáutica, un traje presurizado que fue el precedente de los trajes espaciales.
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Además, también podríamos hablar aquí de la grapadora diseñada y fabricada por Juan Solozabal y Juan Olave, cuando la fábrica de armas El Casco, que ellos habían fundado en 1920 en Eibar (Guipuzcoa), tuvo  la necesidad de reconvertirse debido a la crisis y buscar nuevas líneas de trabajo. No fue la primera grapadora de la historia, pero sí el modelo de sobremesa más utilizado durante la segunda mitad del siglo XX y aún hoy es el más apreciado. De su fábrica salió, además, un popular  afilalápices mecánico que diseñó Ignacio Urresti en 1945.
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De anónimos creadores, pero de origen español, podemos citar algunos artículos tan populares como: el Botijo, la Bota de Vino típica de Navarra o el Porrón, originario de Cataluña y que debe su nombre a su parecido, en la forma, a una variedad de pato buceador. Además, cómo no, la guitarra; la navaja, que parece ser que apareció en el siglo XVI, cuando Carlos I prohibió por ley llevar espada a quienes no pertenecieran a la nobleza;  o el cigarrillo, originado también en el siglo XVI, cuando los mendigos de Sevilla empezaron a aprovechar los desperdicios de tabaco, liándolos en papel de arroz.
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Máquina de Santi Trias

Unos días antes de la publicación de este artículo, podíamos leer en la prensa que un catalán, Santi Trias Bonet, había inventado una máquina capaz de producir energía a partir de la presión que se genera en una columna de agua, una energía 100% limpia, que no contamina. Desde aquí, queremos desearle tanto éxito como el que Jalón tuvo con su fregona y que, no tardando mucho, haya millones de máquinas repartidas por todo el mundo que nos libren, de una vez por todas, de nuestra dependencia de los combustibles fósiles que tanto ensucian nuestro planeta.

Los Cuadernos de Urogallo


 

De neumáticos y hombres

El 7 de diciembre del año 1888, el escocés John Boyd Dunlop patentaba un objeto que se convertiría en algo tan usual para nosotros, que sería inimaginable un mundo sin él. Nos referimos, como no, al neumático.

Extracción del caucho - J.P.Nap

Desde principios del siglo XIX, se venían buscando en Europa aplicaciones a un material que había llegado de América: el caucho. Ya en 1819, el inventor inglés Thomas Hancock conseguía soluciones de ese material para impermeabilizar zapatos, ropa o proteger cables. En 1839, el estadounidense Charles Goodyear volcó, “accidentalmente” sobre una estufa, un recipiente que contenía una mezcla de caucho y azufre con la que estaba trabajando. El resultado fue un material más duro, resistente e impermeable, pero que mantenía la elasticidad. Goodyear patentó aquel proceso en Estados Unidos en 1843 y lo llamó “vulcanización” en honor al dios Vulcano. Pocos meses después, Hancock patentaba el mismo proceso en Gran Bretaña.

La idea de Dunlop, le había surgido un día cuando trataba de eliminar las vibraciones que sufría su hijo en el triciclo, al recorrer las bacheadas calles de Belfast camino de la escuela. Se le ocurrió entonces inflar con aire unos tubos de goma, los cubrió con una lona y los amarró a las llantas del triciclo, consiguiendo así un desplazamiento mucho más suave del que permitían las llantas de goma maciza que utilizaban los vehículos en aquella época. Cuatro años después, un francés llamado Edouard Michelin ideaba el primer neumático desmontable para bicicletas, que más tarde adaptaría al automóvil.

Es fácil reconocer en esta historia nombres que, rápidamente, asociamos a rótulos comerciales que forman parte de nuestra vida cotidiana. DunlopGoodyearHancockMichelin, son actualmente marcas comerciales reconocidas internacionalmente, detrás de las cuales, como vemos, hubo grandes hombres que con sus acciones o su ingenio colaboraron al desarrollo y al progreso de la humanidad y cuyos nombres son gratamente recordados hoy en día. Sin embargo, como veremos a continuación, esa misma historia tiene otra cara mucho más trágica, de la que forman parte otro tipo de hombres. Algunos, de infame nombre que perdurará en el tiempo por el rastro de dolor y muerte que dejaron tras de sí. Otros, en cambio, de nombre desconocido, que ocupan la parte más triste de este relato.

En el año 1745, el científico francés Charles Marie de La Condamine, relataba su viaje a la Selva del Amazonas en la Academia de Ciencias de París y presentaba allí una sustancia utilizada, desde mucho tiempo atrás, por los indios omaguas, poderoso y temido pueblo guerrero que habitaba los territorios del Amazonas, en el lugar donde hoy se encuentra la Triple Frontera entre Perú, Brasil y Colombia. Los omaguas extraían aquella sustancia de un árbol al que llamaban “heve“, el cual, tras hacerle una incisión, manaba por su herida una resina lechosa a la que llamaban “cauchu“, que en su lengua significaba “el árbol que llora“. Con ella fabricaban una especie de jeringas que tenían diferentes aplicaciones y unos objetos redondos, del tamaño de una naranja, que rebotaban al lanzarlos contra el suelo y que ya habían llamado la atención de los misioneros católicos que recorrieron aquellas tierras en el siglo XVI. Para aquellos territorios de la Triple Frontera amazónica, el descubrimiento del neumático y su aplicación en la floreciente industria automovilística que acababa de nacer, significó la llegada del progreso y de ingentes cantidades de dinero, a una selva en la que se calcula que podría haber más de treinta millones de árboles del caucho y así, la localidad peruana de Iquitos, pasaría a convertirse en uno de los más importantes centros de negocio del nuevo continente, gracias a la fiebre que desató el ya conocido como “oro blanco“.

Efectivamente, el caucho se iba a convertir en un próspero negocio y pronto surgirían hábiles comerciantes locales que se harían con el control de la explotación. Aquellos empresarios caucheros, trataron al principio de encontrar mano de obra barata entre los indígenas, pero éstos no estaban acostumbrados a un sistema de vida que les ataba rutinariamente a un trabajo y al poco tiempo se marchaban de la cauchería. Decidieron entonces contratar extranjeros y pronto llegó al Amazonas una multitud de emigrantes dispuestos a trabajar. Sin embargo, enseguida fueron diezmados por las enfermedades. Así, optaron por recurrir de nuevo a los indígenas, pero esta vez el acuerdo con ellos se iba a hacer de un modo diferente.
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Indios caucheros

No se podría calcular con exactitud la cantidad de personas que murieron durante aquellos años. Mientras muchos malnacidos y miserables personajes se enriquecían y paseaban sus extravagancias por mansiones y ciudades que construían rebosantes de lujo y caprichos, tribus enteras desaparecían para siempre. Los omaguas fueron prácticamente exterminados y de los cincuenta mil huitotos que había al inicio de aquella locura, murieron unos cuarenta mil.

En 1876, a pesar de que estaba prohibido sacar semillas de caucho de Brasil, dos científicos ingleses consiguieron hacerse, mediante sobornos, con setenta mil semillas procedentes de los árboles del Amazonas. Tras llevarlas a Londres, plantaron los brotes nacidos en terrenos de las Indias Orientales holandesas, Ceilán y Malasia, consiguiendo, tras treinta y nueve años de paciente espera, una cosecha de savia de muy buena calidad. Así, con un sistema de trabajo diferente: explotaciones racionales de los bosques, sin agotarlos y utilizando mano de obra barata, pero sin esclavizar, los ingleses pronto consiguieron una producción rentable de caucho que sumiría a las empresas caucheras americanas en la más profunda decadencia y ruina económica. Lástima que tantas veces el progreso de nuestra especie se haya conseguido
a costa de tantas vidas.
aaaaaaaaaaaaaaa
 
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Publicado por en 12 diciembre, 2011 en Historia de las Cosas