RSS

Archivo de la categoría: Gente de Ciencia

A propósito de Einstein

Einstein - Viena 1921 - Por Ferdinand Schmutzer

Corría el mes de septiembre de 2011, cuando un equipo de científicos del proyecto OPERA, encargado de estudiar el fenómeno de la oscilación de neutrinos, anunciaba un descubrimiento que rápidamente saltaba a todos los medios de comunicación: habían detectado un haz de neutrinos que podía viajar a mayor velocidad que la de la luz. La mayoría de los seres humanos no tenemos muy claro qué son los neutrinos, ni para qué sirven, pero desde niños sabíamos que no había nada más rápido que la luz, por eso, que de repente nos desmonten esa “certeza”, nos deja, cuando menos, sorprendidos.

Aquel descubrimiento tenía, además, otra consecuencia, quizás no tan “trascendental” pero sí muy importante: desmontaba algunos de los postulados de la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein. Algunos de los mejores científicos del mundo, equipados con infinidad de “aparatos carísimos”, habían echado por tierra lo que un gran genio, ganador de un premio Nobel, había conseguido calcular utilizando “un lápiz y un papel”. 

Así es, un lápiz y un papel era todo el bagaje del que disponía este hombre, paciente, metódico y pacifista convencido, cuando, de una manera discreta, sin meter ruido, entró a formar parte de la comunidad científica. Había nacido el 14 de marzo de 1879, en la localidad alemana de Ulm, en el seno de una humilde familia de origen judío que un año después se trasladaría a Munich. Allí pasó Albert sus primeros años, enredando en el pequeño taller en el que su padre y su tío construían novedosos aparatos tecnológicos que no tenían mucha salida. Fue su tío, precisamente, quien contagió al pequeño su afición por los libros de ciencia que despertarían las inquietudes científicas del muchacho. Cuando el taller quebró, la familia se trasladó a Milán, mientras que Albert se quedaba en Munich para terminar sus estudios, pero poco después los abandonaría para reunirse con los suyos. Al no haber completado el bachiller, tuvo que hacer un examen de ingreso para entrar en el Instituto Federal Suizo de Tecnología de Zurich, donde pretendía cursar estudios superiores, pero suspendió al fallar en una asignatura de letras, a pesar de que en ciencias era un estudiante excepcional.  Decidió entonces terminar el bachiller y en 1896, el mismo año en que para evitar cumplir con el servicio militar renunciaba a la ciudadanía alemana y se convertía en apátrida, obtenía el título y podía al fin cursar sus estudios graduándose en 1900 como profesor de matemáticas y física. Poco después empezó a enviar artículos a la revista alemana de física “Annalen der Physik”. En 1901 le concedían la ciudadanía suiza y en 1902, como no encontraba trabajo, entró en la Oficina Federal de la Propiedad Intelectual de Suiza, donde desempeñó, durante siete años, una labor burocrática que le permitía seguir ocupando su mente en aquello que más le apasionaba, la física. Continuó, por tanto, enviando artículos a “Annalen der Physik” y así es como en 1905, un sencillo burócrata suizo, que no tenía ninguna relación con un laboratorio ni una universidad, enviaba a la revista alemana cinco artículos, de los que tres formarían parte hoy en día de cualquier lista que recogiera los textos más importantes de la historia de la física. 

      Aquellos artículos supusieron para Einstein el reconocimiento de la comunidad científica y le procuraron, al fin, un empleo como profesor universitario. Uno de ellos le daría en 1921 el premio Nobel de Física; otro, el que planteaba la Teoría Especial de la Relatividad, cambiaría radicalmente la manera de entender el Universo y nos ayudaría a conocerlo mejor.

Así, con un lápiz y un papel, como aquellas palabras que, según se cuenta, pronunció la propia esposa de Einstein, el día que un grupo de científicos estadounidenses les enseñaban unas impresionantes instalaciones tecnológicas y ella les preguntaba “si todos aquellos aparatos carísimos les servían a ellos para estudiar lo mismo que su marido con un lápiz y un papel”. Se le olvidó mencionar la inteligencia, porque así es, mientras unos científicos trabajan con grandes equipos, Einstein tan sólo utilizaba su cerebro. El planteaba teorías que eran fruto de sus razonamientos y conclusiones, especulaciones matemáticas que salían de su cabeza con naturalidad. En fin, un genio.

Hace unos días nos llegaban noticias de que la velocidad de los neutrinos podría haber estado mal calculada, debido a un error producido por una mala conexión de un cable de fibra óptica con el GPS que hacía las mediciones. La mayoría de los seres humanos seguimos sin tener muy claro qué son los neutrinos, ni para qué sirven, pero al menos estamos tranquilos porque la luz sigue siendo lo más rápido que existe, tal y como sabemos desde niños y Einstein vuelve a ocupar el lugar que en justicia le corresponde: el más importante de los físicos del siglo XX.

La próxima vez hay que tener en cuenta que cuando algo falla, lo primero que hay que hacer es revisar los cables.

Los Cuadernos de Urogallo


Anuncios
 
Deja un comentario

Publicado por en 27 febrero, 2012 en Gente de Ciencia

 

La gran aventura de Jeanne Baret

Jeanne Baret

El 15 de diciembre de 1766, la fragata Boudeuse partía del puerto francés de Brest. A ella se uniría, el 13 de junio de 1767 en Río de Janeiro, el buque de carga l´Etoile para poner rumbo juntos a una aventura de tres años, en la que sería la primera expedición francesa alrededor del mundo. El viaje, que buscaba dar prestigio a Francia, estaba organizado por el militar, explorador y navegante francés  Louis Antoine de Bougainville, quien debía cumplir, en primer lugar, la orden del rey francés Louis XV de entregar las islas Malvinas a los españoles y continuar después su periplo alrededor del mundo, explorando el Pacífico en busca de tierras que se pudieran colonizar y realizando diversos estudios científicos. Para ello, Bougainville, se hizo acompañar por el cartógrafo Charles Routier de Romainville, el astrónomo Pierre-Antoine Véron y el botánico y naturalista Philibert Royale Commerson, quien había contratado, por referencias, a un joven para que lo ayudara en los diversos trabajos de campo que tendría que realizar. Hasta ahí todo normal, si no fuera porque aquel joven no era “un joven”, sino una mujer.

Jeanne Baret, que así se llamaba, había nacido en 1740 y creció en un ambiente dominado por la pobreza y el hambre, teniendo que trabajar muy duro para superar un sinfín de dificultades. Así, cuando en 1760 llegó para hacerse cargo de la casa de Commerson, tras la muerte de su esposa, no podía ni siquiera imaginarse la aventura que la vida le reservaba pocos años después. Aquella relación, que había empezado siendo laboral, terminaría convirtiéndose con el tiempo en una relación sentimental de la que incluso, según parece, nació un niño que fue entregado en adopción. Cuando Commerson fue contratado por Bougainville para aquel largo viaje alrededor del mundo, él y Jeanne decidieron realizarlo juntos, pero no iba a resultarles fácil, pues ni las ordenanzas reales permitían que las mujeres se enrolaran en los barcos de la Corona, ni lo permitirían los tripulantes de las naves, temerosos de las supersticiones populares, que aseguraban que las mujeres a bordo traían mala suerte. Urdieron entonces un arriesgado plan: Commerson pidió poder contratar como ayudante a un joven del que tenía muy buenas referencias y así, Jeanne viajó por separado en la nave l´Etoile, disfrazada de hombre y simulando no conocer a quien la había contratado, hasta que se presentó ante él con el nombre de Jean Barré.

Fragata La Boudeuse

Jeanne se tomó su trabajo muy en serio y no sólo acompañó a Commerson en sus expediciones para recoger muestras por pantanos, selvas y bosques de Brasil, el Estrecho de Magallanes, Tahití o Madagascar, sino que, incluso, durante una época en la que el científico cayó enfermo, ella sola se encargó de realizar todo el trabajo de recolección, clasificación y conservación de los ejemplares recogidos, convirtiéndose en una experta botánica. Un trabajo excepcional para una mujer, en un tiempo en el que el género femenino no tenía acceso a la investigación científica y teniendo además que mantener continuamente oculta su identidad, en un ambiente de hombres donde no tardaron en aparecer comentarios jocosos sobre su cara imberbe, sus gestos afeminados y su forma de vestir o las sospechas que levantaba el que siempre buscara un lugar apartado para hacer sus necesidades. Sin embargo, su secreto se mantuvo hasta que llegaron a Tahití, donde los indígenas tahitianos descubrieron que era una mujer nada más verla. No tuvo más remedio entonces que confesar la verdad y Bougainville, para evitar los problemas que aquel suceso les podría acarrear a su regreso a Francia, hizo que Commerson y ella desembarcaran el 8 de noviembre de 1768 en Mauricio, con toda su colección de historia natural, no sin antes reconocerle el excelente trabajo que había realizado y el ejemplar comportamiento que había tenido durante su estancia en el barco.

Allí, en Mauricio, muere en 1773 Philibert Commerson y Jeanne queda en una situación bastante precaria. Para subsistir, abrió un cabaret en la capital de la isla, Port Louis, pero pronto tuvo problemas con la comunidad de la colonia por servir alcohol los domingos. Conoció entonces a un militar con el que se casó y así pudo obtener la autorización para volver a Francia, a donde llegó en 1776 con todas las cajas que contenían la colección de plantas recogidas durante su viaje. En 1785 le fue reconocida oficialmente su labor en la expedición de Bougainville y el rey le concedió una pensión. Jeanne Baret, se había convertido en la primera mujer que dio la vuelta al mundo, realizando, además, una gran parte de la labor científica de la expedición, durante la que se recogieron unos 6000 ejemplares de plantas. Entre ellas había una de bonitas y coloridas flores que fue llamada “buganvilla”, en honor a Louis Antoine de Bougainville, comandante de la expedición. Unas 70 especies fueron bautizadas posteriormente con el nombre “commersonii” en honor a Philibert Commerson. Nunca, ninguna de ellas, llevó el nombre de nuestra protagonista, hasta que su historia llegó a oídos del botánico de la Universidad de Utah, Eric J. Tepe, quien escuchó en la radio una entrevista que le hicieron a la profesora de la Universidad de Louisville, Glynis Ridley, autora de un hermoso libro sobre la vida de Baret titulado “The Discovery of Jeanne Baret“. Tepe decidió entonces poner fin a aquella injusticia, dedicándole a Jeanne una especie descubierta por él mismo, una planta trepadora que se encuentra en el sur de Ecuador y en el norte de Perú, a la que llamó “Solanum baretiae” en honor de aquella mujer a la que no dudó en calificar de “…gran botánica y exploradora por derecho propio”.

Los Cuadernos de Urogallo
 
 

Nicolás Copérnico

Nicolás Copérnico

En el año 2005 se descubría una tumba bajo un tilo en la Catedral de Frombork, en Polonia. Tras someter los restos encontrados a un examen de ADN y compararlos con el de un pelo hallado en un libro perteneciente a Nicolás Copérnico, se llegó a la conclusión de que, efectivamente, aquellos restos correspondían al célebre científico polaco fallecido el 24 de mayo de 1543 .

Nicolás Copérnico nacía en Polonia, en la localidad de Torun, un 19 de febrero de 1473, en el seno de una acomodada familia de comerciantes. Tras quedar huérfano a los diez años, se hizo cargo de su educación un tío materno, canónigo de la catedral de Frauenburg. Así, comenzó su formación en la Universidad de Cracovia y más tarde viajó a Italia para estudiar medicina y derecho canónico en la Universidad de Bolonia, donde recibió la influencia del humanismo italiano y se instruyó en los clásicos. De regreso a su país ocupó un cargo como consejero de su tío, que por entonces ya era obispo. A la muerte de éste, se encargó de la administración de los bienes del cabildo, oficio que desempeñó durante el resto de su vida.

Copérnico fue uno de los principales impulsores de lo que más tarde se conoció como Revolución Científica, un periodo de la historia entre los siglos XVI y XVIII, durante el cual surgirán nuevas ideas en los diferentes campos de la ciencia, que desplazarán los viejos conceptos medievales vigentes durante siglos y servirán como fundamento de la ciencia moderna.

Mapa Mundi a partir de la Geographia de Ptolomeo

Durante su estancia en Italia, Copérnico tomó contacto con el mundo de la astronomía que, en aquella época, se regía por las viejas teorías geocéntricas surgidas en la antigua Grecia allá por el siglo VI a. de C. y planteadas por hombres como Tales, Anaxímenes o Anaximandro, que habían buscado en la propia naturaleza, y no recurriendo a los dioses como se había hecho hasta entonces, una explicación al origen de aquellos fenómenos que formaban parte de la vida cotidiana. Así, el geocentrismo defendía, básicamente, que la Tierra se encontraba en el centro del Universo, cubierta por una cúpula donde estaban las estrellas y con la Luna, el Sol y los planetas girando a su alrededor, idea que fue respaldada por Aristóteles en el siglo IV a. de C. No obstante, en esa misma época, Heráclides Póntico marcó una nota discrepante cuando trató de explicar el movimiento de las estrellas diciendo que era la Tierra la que giraba. Un siglo después, Aristarco de Samos fue más allá afirmando que la Tierra, no sólo giraba sobre sí misma, sino que, además, lo hacía alrededor del Sol. Sin embargo, estas hipótesis no conseguirían desplazar la doctrina geocentrista, que había echado sólidas raíces y más aún, cuando hacia el año 125 d. de C. el geógrafo y astrónomo Claudio Ptolomeo escribió su obra titulada Almagesto, un tratado astronómico según el cual la Tierra permanecía inmóvil en el centro del Universo, mientras los astros giraban a su alrededor, teoría que ya se mantendrá inamovible hasta el siglo XVI.

Sería Copérnico quien rescatara la vieja teoría heliocentrista de Aristarco de Samos y, tras veinticinco años dedicado a su estudio, recogió todas sus conclusiones en una obra titulada “De revolutionibus coelestium” (Sobre las revoluciones de las esferas terrestres) que fue publicada, tras su muerte, en 1543. En ella, Copérnico insistía en la idea de un Sol como centro del Universo, mientras que la Tierra y los demás planetas conocidos giraban alrededor de él.

De nuevo aquella idea chocaría con las doctrinas establecidas y especialmente con la Iglesia, que actuaba como guía espiritual y defendía sólidamente el geocentrismo. Sin embargo, en esa ocasión recibiría el apoyo de otros astrónomos, como Johannes Kepler o Galileo Galilei, que, a pesar de todas las presiones y dificultades propiciadas por el permanente conflicto establecido entre la ciencia y la fe, conseguirían mantener el camino abierto por Copérnico. Un camino que conduciría definitivamente al fin del geocentrismo. El hombre dejaba así de ser centro del Universo y pasaba a ocupar un lugar más acorde con la realidad. Pasaba a ser, apenas, una pequeñísima e insignificante parte de él.

Los Cuadernos de Urogallo


 
 

Galileo Galilei

Galileo por Ottavio Leoni en 1624

El 31 de octubre de 1992, el Papa Juan Pablo II reconocía públicamente la injusticia que la Iglesia había cometido con Galileo y pedía disculpas por ello.

La repercusión que la vida y los estudios de Galileo Galilei han tenido para la humanidad fueron tan importantes, que en la actualidad nadie duda en considerarlo, no sólo el padre de la astronomía y la física modernas, sino uno de los padres de la Ciencia. Este peculiar personaje nació en Pisa (Italia) el 15 de febrero de 1564. Su padre, Vincenzo Galilei, era un hombre culto procedente de una familia noble y a quien las circunstancias de la Italia de aquella época, inmersa en multitud de conflictos y guerras, habían llevado a una decadencia económica que le obligó a desplazarse de Florencia a Pisa y aceptar un matrimonio de conveniencia con Giulia Ammannati di Pesci, cuya familia, de origen burgués, facilitó a Vincenzo la posibilidad de ganarse la vida dedicándose al comercio. De aquel matrimonio, que según parece nunca llegó a llevarse bien, nacieron siete hijos, el mayor de los cuales fue nuestro protagonista.

Galileo recibió una buena educación. Durante una parte de su infancia estudió en un monasterio y, más tarde, medicina en la Universidad de Pisa. Su padre deseaba a toda costa que fuera médico, un oficio que no sólo estaba muy bien considerado en aquella época, sino además muy bien remunerado. Galileo, que tenía una mente abierta a todo, era un claro ejemplo de hombre renacentista y destacó como dibujante, músico y poeta. Pero en cambio, le faltaba vocación para la medicina y terminó por dejar su carrera. Sin embargo, de la mano de un amigo de la familia, el profesor Ostilio Ricci, le llegaron las primeras nociones de algo que sí despertaría en él un verdadero interés: las matemáticas. Atraído por el pensamiento de hombres como EuclidesPitágoras o Arquímedes, se dedicó en profundidad a su estudio y llegó a ejercer de catedrático en la misma Universidad que años antes abandonara, la de Pisa.

Tras la muerte de su padre en 1591, tuvo que hacerse cargo de la familia. Aceptó la cátedra de matemáticas en la Universidad de Padua y se dedicó, además, a impartir clases particulares para afrontar la delicada situación económica en la que se encontró. Más aún con la llegada al mundo de sus tres hijos, nacidos de la relación que mantuvo con Marina Gamba.

Galileo fue un estudioso incansable, que no se conformaba con la teoría sino que tenía que llevar a la práctica y experimentar todos sus proyectos e ideas. Inventó un gran número de artilugios; elaboró estudios sobre física, que pondrían en entredicho las teorías de Aristóteles sobre la caída de los cuerpos; desarrolló las leyes del movimiento pendular, según se cuenta, cuando descubrió el parpadeo de la llama de una lámpara en la catedral y pasó horas observándola; realizó infinidad de trabajos sobre topografíaarquitecturamecánica y, por supuesto, astronomía.

Telescopio de Galileo - Museo de la Ciencia de Florencia

Durante un viaje a Venecia en 1609, tuvo ocasión de conocer un aparato óptico que recientemente se había fabricado en Holanda. Se trataba de un catalejo que apenas tenía tres aumentos, pero al que él encontró manera de perfeccionar sus lentes para llegar a construir así un  telescopio más potente.

Aquello daría un importante giro a su vida, no sólo por los ingresos que le supondría, que resolverían sus problemas económicos, sino porque, además, aquel instrumento le permitirá observar un cielo en el que descubrirá las irregularidades y los cráteres de la Luna; nuevas estrellas invisibles hasta entonces; los anillos de Saturno; los satélites de Júpiter o las manchas solares.

Todos esos descubrimientos permitían una nueva visión del Universo, más de acuerdo con las teorías heliocéntricas de Copérnico que con las viejas teorías geocéntricas de Ptolomeo y Aristóteles. Es decir, confirmaban que no éramos el ombligo del Universo, que no todo giraba alrededor de la Tierra, sino que eran la Tierra y los demás planetas quienes giraban alrededor del Sol. Pero esa postura chocaba frontalmente con las doctrinas establecidas por la Iglesia y le supondrían a Galileo ser procesado por la Inquisición. Tras ese proceso, el día 22 de julio de 1633 fue obligado a retractarse de sus teorías y jurar de rodillas que nunca más volvería a decir que la Tierra se movía alrededor del Sol. Tras lo cual, se cuenta que añadió la célebre frase: eppur si muove (sin embargo se mueve).

Aquella renuncia le permitió salvar la vida, pero fue condenado a prisión perpetua, pena que le fue permitido cumplir en su casa, donde enfermo y ciego moriría el 8 de enero de 1642, precisamente el mismo año en que iba a nacer otro genio, Isaac Newton, quien años después declararía que todo aquello que logró, lo hizo gracias al trabajo de grandes hombres que le habían precedido, como Galileo Galilei, a quien el propio Einstein denominó “Padre de la Ciencia Moderna“.

Los Cuadernos de Urogallo
 
Deja un comentario

Publicado por en 28 noviembre, 2011 en Gente de Ciencia

 

Marie Curie

Marie y Pierre Curie hacia 1906

Marja Salomea Sklodowska, nacía en Varsovia el 7 de noviembre de 1867 en el seno de una humilde familia.

Su padre, profesor de Física y Matemáticas, y su madre, maestra, trataron siempre de ofrecer a sus cinco hijos una buena educación y estudios, a pesar de las dificultades económicas y los problemas que existían en la Polonia de aquel tiempo, ocupada por la Rusia zarista que vetaba el acceso de las mujeres a la educación.

Desde muy niña destacó por su inteligencia. A los cuatro años leía perfectamente y fue la primera de su clase en el instituto. Trabajó como institutriz para ayudar a costear los estudios de su hermana Bronia, que más tarde la ayudará a ella. Así, decide irse a estudiar a París, donde malvive en una pequeña pensión con el poco dinero que su hermana le iba enviando y algo que ella tenía ahorrado. Fue una época especialmente dura, de frío y hambre, sin apenas dinero para comprar carbón y alimentándose a base de pan, mantequilla y té.

Pero aquella muchacha tímida y obstinada, que siempre vestía de forma austera, vería recompensado tanto sacrificio cuando en 1893 recibía la licenciatura de Física con el primer puesto de su promoción y en 1894 la de Matemáticas con el número dos.

Ese mismo año aparece en su vida Pierre Curie, un profesor de Física con el que se casará al año siguiente. Tras una sencilla ceremonia, se gastaron el poco dinero que recaudaron en la boda en un par de bicicletas y se fueron con ellas a recorrer la campiña francesa.

La adaptación de su nombre al francés y el apellido de su esposo la convertirían en Marie Curie, nombre por el cual pasaría a la posteridad.

En esa época tuvieron lugar dos importantes acontecimientos para la historia de nuestra protagonista: en 1895, el físico alemán Wilhelm C. Röntgen descubre los Rayos X y en 1896, el físico francés Henri Becquerel descubre la Radiactividad NaturalMarie, a propuesta de su esposo, dedica su tesis doctoral al estudio de este último descubrimiento y obtiene el doctorado recibiendo una mención cum laude.

Fueron años de vida humilde y austera, trabajando juntos en un pequeño cobertizo transformado en laboratorio. Pierre, avezado inventor, construía con la ayuda de su hermano los instrumentos que Marie necesitaba para sus pruebas. Ella compaginaba su profesión con el cuidado de las dos hijas nacidas del matrimonio. El resultado fue el descubrimiento de dos nuevos elementos químicos: el Polonio, al que dio el nombre de su país natal y el Radio, llamado así por su alto grado de radiación.

Pierre y Marie renunciaron a la riqueza que les habría proporcionado patentar sus descubrimientos y los cedieron libremente a la comunidad científica internacional. En 1903 Marie Curie era la primera mujer en recoger un Premio Nobel, el de Física, junto a su marido, Pierre Curie, y a Henri Becquerel en reconocimiento de los extraordinarios servicios rendidos en sus investigaciones conjuntas sobre los fenómenos de la radiación descubierta por Henri Becquerel“. A partir de entonces llegará la fama y el reconocimiento de los máximos estamentos científicos mundiales. Una fama que no cambiará la humilde y sencilla forma de vida de la pareja, que destinaron los 15.000 dólares que recibieron del premio a comprar regalos a su familia y tan sólo se dedicaron a ellos mismos una pequeña parte, la suficiente para comprarse una bañera para su hogar.

Sin embargo, la tragedia llegará en 1906 cuando Pierre es atropellado por un coche de caballos que le provoca la muerte y sume a Marie en una profunda tristeza. El gobierno francés le ofrece entonces una pensión vitalicia que ella rechaza. Pero sí acepta, en cambio, la propuesta que le hace la Universidad de París de ocupar la plaza de catedrático de Física de la que su marido era titular. Así es como el 15 de noviembre de 1906, una mujer dará clase por primera vez en la Universidad de La Sorbonne, 650 años después de su fundación. Un acontecimiento al que acudió una gran cantidad de expectante público, ante el que Marie se presentó vestida de negro y con la modestia y humildad que siempre se caracterizó, retomó las últimas frases del discurso que pronunció su marido cuando asumió la cátedra. Y tras ese pequeño homenaje al que había sido su inseparable compañero, comenzó la clase.

En 1911 llegará el segundo Premio Nobel, en esta ocasión de Química, que la convertirá en la primera persona de la historia en recibir dos veces tan importante galardón.

Durante la Primera Guerra Mundial, Marie instaló un aparato de Rayos X en un camión que fue apodado “Petit Curie” y que ella misma se ocupó de conducir, para tratar a los heridos en el frente. Pronto se instalaron en más camiones y ella adiestró al personal necesario para su manejo. Personal entre el que se encontraba su propia hija Irène, que más tarde también se haría merecedora de un Nobel en Química.

Marie Curie continuó incansable su trabajo hasta que, probablemente debido a la exposición a radiaciones durante tantos años, una terrible enfermedad, que la dejó ciega, le provocó la muerte el 4 de Julio de 1934. Fue enterrada junto a su esposo Pierre Curie, tras un sobrio funeral al que tan sólo acudieron familiares, amigos y colegas más cercanos. Años más tarde, en 1995, los restos de ambos fueron trasladados, con todos los honores, al Panteón de París, donde también se convertiría en la primera mujer enterrada allí.

Los Cuadernos de Urogallo

 

 
Deja un comentario

Publicado por en 7 noviembre, 2011 en Gente de Ciencia