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Archivo de la categoría: Fiestas y Tradiciones

Tiempo de trucos y calabazas

Se acaba octubre y, como cada año, llega el momento de preparar la fiesta de Samhain. Es cierto que en estas tierras nuestras del norte, podemos encontrar algunas reminiscencias de, lo que podrían haber sido, costumbres populares heredadas de nuestros ancestros celtas, sin embargo, cada vez van ocupando más espacio los colores negro y naranja de una festividad importada como es Halloween, demostrando así que, poco a poco, hemos ido adoptándola ya como nuestra y disfrutándola con toda normalidad. Así pues, por todas partes encontraremos hermosas calabazas de color naranja, dispuestas a cumplir la misión que tienen encomendada cada noche del treinta y uno de octubre.

Jack O´Lantern – Autor: Huk Flickr

Según cuentan, antiguamente los pueblos de origen celta, tenían la costumbre, durante la celebración de Samhain, de colocar nabos o remolachas a los que ponían una luz en su interior, tras haberlos vaciado previamente, para que guiaran el camino de regreso al mundo de los vivos, de los espíritus de los seres queridos que habían fallecido. Cuando llegaron a América los emigrantes irlandeses, llevaron consigo sus costumbres y entre ellas estaba la de hacer faroles en los huecos vacíos de los nabos, pero allí se encontraron un exceso en las cosechas de calabazas y descubrieron que, además de ser más fáciles de vaciar, quedaban más bonitas. Así, pronto se extenderá esta nueva moda hasta el día de hoy.

Rebuscando entre los orígenes de tan curiosa tradición, nos encontramos una vieja leyenda de origen celta que nos cuenta la historia de un granjero irlandés llamado Jack, famoso entre sus vecinos por sinvergüenza, mentiroso, estafador y borrachín. Una noche de Samhain, el Diablo, tras enterarse de la existencia de aquel malvado y despreciable ser, decidió acercarse a conocerlo ocultando su identidad. Entrada ya la noche y con Jack bastante borracho, el Diablo se presentó diciéndole que venía a buscar su alma. Jack le contestó que de acuerdo, pero que antes lo invitara a tomar un último trago. A la hora de pagar, ninguno tenía dinero y Jack retó al Diablo a demostrar sus poderes, convirtiéndose en una moneda con la que pagar al cantinero. El maligno aceptó y, una vez convertido en moneda, Jack lo guardó en su bolso donde tenía un crucifijo de plata. Al ver que no podría salir de allí, el Diablo pidió al granjero que lo sacara y Jack le dijo que solo lo sacaría si prometía no ir a buscarlo en los próximos diez años. Satanás no tuvo más remedio que aceptar y marcharse sin conseguir su objetivo. Una vez pasados los diez años volvió en busca de Jack, a quien encontró paseando por el campo. El granjero estuvo vivo y, señalándole unas manzanas de un árbol, le dijo que estaba dispuesto a irse con él, pero que antes de ir a penar para siempre al infierno, quería que le alcanzara una de aquellas manzanas y le permitiera comerla, como un último deseo. Una vez más, el Diablo cayó en la trampa y, cuando trepó al árbol, Jack grabó con su cuchillo en el tronco una cruz que impedía al Demonio bajar, por lo que nuevamente tuvo que suplicar ayuda al granjero, que se la prestó a cambio de que renunciara a su alma para siempre.
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Pasaron los años y a Jack, como a todo el mundo, le llegó su hora. Una vez muerto se presentó ante las puertas del Cielo, de donde lo echaron rápidamente por la mala vida que había llevado. Se dirigió entonces al Infierno, pero allí el Diablo le dijo que no lo podía aceptar, porque debía cumplir la palabra que le había dado unos años atrás. Jack no tuvo más remedio que retomar el oscuro camino de vuelta. El Diablo le lanzó entonces una piedra de carbón ardiendo para que se alumbrara en las tinieblas y él, para que no se le apagara con el viento, la guardó en el interior de un nabo que iba comiendo en aquel momento. Desde aquel día, Jack quedará condenado a vagar entre las tinieblas por toda la eternidad, siendo conocido por todos como Jack of the Lantern (Jack el del Farol), que derivaría en el Jack O´Lantern por el que se le conoce actualmente y que se aplicará también a las calabazas decoradas.
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Otra vieja tradición del día de Halloween, muy arraigada en algunos países, especialmente en Estados Unidos, es el famoso Trick or Treat (Truco o Trato), en el que los niños recorren las casas, disfrazados de figuras terroríficas, exigiendo a cada vecino el famoso Truco o Trato. Debe aceptarse el Trato, dándoles caramelos, pasteles o alguna propina. Quien no lo haga, se arriesga a padecer algún tipo de broma, más o menos pesada, como que le arrojen huevos o cualquier otra cosa a las ventanas, eso es el Truco. Parece ser, que esta costumbre, podría haber derivado también de una lejana tradición celta, que consistía en dejar comida fuera de las casas para los espíritus que llegaran durante la noche de Samhain. En aquella época, los disfraces y las máscaras eran utilizados para alejar a los malos espíritus. Sin embargo, otra versión sobre sus orígenes nos sitúa de nuevo al viejo Jack O´Lantern detrás de esta otra práctica. Según se cuenta, la noche del 31 de octubre, junto a los espíritus familiares, podían aparecer otros malignos. Uno de ellos era el del ya conocido Jack O´Lantern, que recorría los caminos, de casa en casa, para ofrecer a sus habitantes el Truco o Trato. Quien no aceptase el Trato, debería de sufrir el Truco, que normalmente consistía en alguna maldición a los habitantes de la casa, a sus cosechas o al ganado. Dicen que un día, a un aldeano se le ocurrió poner a la entrada de la casa una calabaza decorada con aspecto horrible y que aquello asustó y ahuyentó al malvado Jack. Desde entonces, la costumbre se extendió por todas partes llegando hasta nuestros días.
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Como quiera que sea, Samhain o Halloween, lo importante es disfrutar de ese día y divertirnos, y si es manteniendo nuestras viejas tradiciones, para que perduren así muchos años más, mucho mejor.

Feliz Samhain.

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Carnaval

Le Petit Journal Illustré en 1920 - Armand Rapeño

El Miércoles de Ceniza se inicia para los cristianos la Cuaresma, un periodo de penitencia y reflexión que sirve como preparación de la Pascua.

      En los primeros tiempos de la cristiandad, la Cuaresma no tenía una duración exacta. Fue a partir del siglo IV cuando se fijó en seis semanas, a imagen de aquellos cuarenta días que Jesús pasó de ayuno y meditación en el desierto justo antes de su muerte y resurrección. El ayuno fue, por tanto, una práctica habitual entre la comunidad cristiana durante ese periodo, sin embargo, a lo largo de aquellas seis semanas, no se podían cumplir cuarenta días efectivos de abstinencia, porque los domingos, al ser el Día del Señor, no se ayunaba. Se decidió entonces añadir cuatro días más antes del primer domingo, que permitían así celebrar cuarenta jornadas de ayuno desde el Miércoles de Ceniza al Domingo de Pascua, siendo éste el posterior a la primera luna llena de la primavera.

      La llegada de este periodo de recogimiento, está marcada, sin embargo, por unas jornadas de un carácter mucho más festivo, los Carnavales, que tienen lugar los tres días anteriores a la Cuaresma, aunque en muchos lugares sus celebraciones se extienden a lo largo de dos semanas o incluso más. Hay quien considera que carnavalesco es todo el tiempo que transcurre desde la Navidad hasta la Cuaresma, por las características especiales de las fiestas que se suceden a lo largo de esa época. Algunos historiadores, creen que sus orígenes se podrían encontrar hace unos cinco mil años, en las reuniones que los campesinos sumerios celebraban disfrazados y enmascarados alrededor de las hogueras, con las que festejaban la fertilidad de la tierra y alejaban los malos espíritus de las cosechas. Desde luego, lo que sí parece claro, es la relación que los Carnavales podrían tener con muchas de las fiestas paganas que se celebraban en la antigua Roma, como las “kalendae lanuariae”, en las que comparsas de hombres disfrazados se burlaban de toda clase de personajes célebres e instituciones; las “saturnales”, durante las cuales se realizaban diferentes ritos de inversión jerárquica; las “lupercales”, en los que, tras el sacrificio de unas cabras, los jóvenes se untaban el cuerpo con la sangre de los animales muertos y corrían, cubiertos tan sólo por unas pieles, azotando con varas a la gente, especialmente a las mujeres; o las “matronalia”, en las que los hombres hacían regalos a sus esposas y se ensalzaba a las mujeres durante toda la jornada que duraba el festejo. 

      Existen varias propuestas a la hora de buscar la procedencia de la palabra Carnaval, que venimos empleando en España desde el siglo XVII. Parece que su origen está en el vocablo “carnevale“, muy utilizado en la Italia medieval y que provenía, a su vez, de “carnelevare“, que significa “quitar la carne”, en una clara referencia al periodo de ayuno que viene a continuación. Sin embargo, a lo largo de los tiempos, se han utilizado otras expresiones muy diferentes, como “carnestolendas“, que tiene el mismo significado que la anterior y en la que podemos identificar el “carnestoltes” utilizado actualmente en Cataluña. Otra curiosa expresión es “antruejo“, que proviene del latín “introitus” y significa “entrada”, una clara alusión de cómo estas fiestas sirven de paso hacia la Cuaresma. Aquí podemos encontrar el origen de palabras como las que se utilizan para los Carnavales en Asturias, “antroxu” y en Galicia, “antroido” o “entroido“, como también los llaman por tierras del Bierzo. Además, otro término muy utilizado en España entre los siglos XIV y XVI es “carnal” que, evidentemente, quiere decir “de la carne”.

       Desde la Edad Media, las fiestas de Carnaval han sido muy populares a lo largo de toda Europa, desde el pueblo llano hasta las más altas clases sociales, donde alcanza determinados niveles de refinamiento y elegancia que, aún hoy, podemos encontrar en un Carnaval de reputado nombre como es el de Venecia. Además, como otras muchas costumbres, no tardarán en pasar desde el viejo continente hasta América, donde arraigan con mucho éxito, como bien lo demuestran los célebres Carnavales de Barranquilla, en Colombia; Veracruz, en México o, cómo no, el de Río de Janeiro, sin duda el más famoso y espectacular del mundo.

      Fue, precisamente en el medievo, cuando el Carnaval adquiere el aspecto con el que lo conocemos actualmente, una celebración con un cierto carácter transgresor, que nos permitirá durante unos días romper con determinadas normas sociales, invirtiendo nuestra personalidad a través de los disfraces; parodiando y criticando a instituciones o a célebres personajes de la política y la sociedad; comiendo y bebiendo copiosamente aquellos alimentos que, como la carne, pasarían a estar más restringidos durante la Cuaresma; o comportándonos de una forma más desinhibida, más espontánea, bailando, saltando, o fustigando y arrojando cosas a los demás, en una cierta locura “controlada” que forma parte de estas fiestas. Todo esto llevará, ya en el Renacimiento, a que haya diferentes intentos de controlar o, incluso, prohibir estas fiestas o algunas de sus prácticas en muchos lugares, como sucedió aquí en España durante la última dictadura, época en la que no se permitían estas celebraciones, limitándose el Carnaval a una fiesta de carácter infantil. Hoy en día, por suerte, podemos disfrutar con libertad de los festejos que Don Carnal lleva por todos los pueblos, en sus diferentes variedades, antes de dar paso a Doña Cuaresma, que un año más llegará recordándonos que polvo somos y en polvo nos convertiremos.

      Así que ¡Viva don Carnal!.

Los Cuadernos de Urogallo


 
 

Los Reyes Magos

Los Reyes Magos - Mosaico anónimo Basílica di Sant'Apollinare Nuovo

Los primeros días del año, están siempre marcados por la proximidad del día de Reyes. Por la calle, los representantes reales, vestidos con llamativas túnicas y turbantes, recogen las cartas de los más pequeños, que tratan de convencer a sus majestades de que se han portado bien y merecen un buen regalo y no carbón. Cada 6 de enero, los Reyes Magos llegan para poner punto final a las fiestas navideñas cargados de regalos, igual que hace ya más de dos mil años llegaron para ofrecer sus presentes al recién nacido Jesús. Es cierto que últimamente Papá Noel está adquiriendo más protagonismo, pero también la población aumentó mucho en estos últimos años y a ellos no les viene nada mal que alguien les eche una mano.

Esta entrañable fiesta de marcado carácter infantil, que recibe el nombre de Epifanía del Señor, conmemora aquel momento en que tuvo lugar la manifestación, es decir, la presentación de Jesús a los Magos que llegaron de Oriente para conocerle y que, de alguna manera, viene a simbolizar la presentación del Hijo de Dios ante el mundo.

Este acontecimiento empezó a celebrarse en el siglo II, cuando la Iglesia de Oriente cristianizó los ritos paganos con que festejaban en Egipto y Arabia el nacimiento de sus dioses solares durante la noche del 5 al 6 de enero, coincidiendo con el aumento de luz que tenía lugar a partir del decimotercero día después del solsticio de invierno. Desde el siglo IV, occidente también celebrará la visita de aquellos Magos llegados de oriente, cuya historia permanece desde entonces envuelta en un manto de misterio que, probablemente, nunca lleguemos a despejar del todo.

Mateo es el único que nos habla en su Evangelio de unos Magos que llegaron desde oriente, guiados por una estrella, para conocer al hijo de Dios, al que entregaron los ya famosos regalos de oro, incienso y mirra, tras lo cual cada uno de ellos regresó de nuevo a su tierra. Básicamente, eso es todo lo que se cuenta en los evangelios canónicos, es decir, los que fueron aceptados por la Iglesia y forman parte del Nuevo Testamento. A partir de ahí, son muchas las dudas que aparecen sobre estos célebres personajes, ya que no se especifica cuántos son, ni tampoco se dice en ningún lugar que fueran reyes, sino magos. Los magos, en aquella época, solían ser personas de clase alta, sabios que poseían conocimientos ocultos para la mayoría de los seres humanos. Hay quien piensa, por tanto, que nuestros protagonistas podrían ser miembros de una casta sacerdotal proveniente de Persia.

Para encontrar algo más de información habría que ir a los evangelios apócrifos, antiguos escritos en torno a la figura de Jesús que no fueron aceptados por las Iglesias cristianas, donde podemos encontrar referencias más claras a los Magos de Oriente. Concretamente, el Evangelio Armenio de la Infancia nos cuenta que aquellos Magos que habían llegado a Belén, tras nueve meses de viaje, eran tres: Melkon, rey de los persas; Gaspar, rey de los indios y Baltasar, rey de los árabes. Pero no sólo eso, sino que nos detalla con más precisión cuáles eran los presentes que llevaron al recién nacido Jesús:
Gaspar le entregó nardo, cinamomo, canela e incienso.
Baltasar le llevaba oro, plata, piedras preciosas, perlas finas y zafiros.
Melkon, por su parte, le hizo entrega de mirra, áloe, muselina, púrpura y cintas de lino, pero, además, llevaba algo mucho más importante, que sólo entregó cuando estuvieron seguros de estar ante el Hijo de Dios: el libro del Testamento, escrito por Dios y que éste había entregado a Adán, él a su hijo Seth y así sucesivamente hasta que llegara el momento de ser entregado nuevamente al mismo Dios convertido en hombre, es decir, a Jesús. Sin duda, una historia muy interesante, que planteará un sinfín de nuevas hipótesis más o menos acertadas y que deja abierta la puerta a la posibilidad que plantean algunos expertos en la materia: ¿contendría aquel libro secretos que revelarían a Jesús algún tipo de verdades ocultas sobre las que se basarían las doctrinas que, más tarde, él mismo iba a predicar?. Seguramente nunca lo sabremos.

En cualquier caso, el misterio sobre la vida de los Magos estaba presente y era necesario tratar de aclarar dudas. Así, poco a poco, se fue forjando la leyenda en torno a sus vidas:
En el siglo VI, basándose en los regalos que nos cuenta Mateo, la Iglesia establece que fueron tres.
Algún tiempo después, dejó claro que eran reyes y nos reveló sus nombres y lugares de procedencia.
Un monje benedictino que vivió entre los siglos VII y VIII, llamado Beda el Venerable, nos proporcionaría la primera descripción física de los Magos en la que nos dice que Melchor era un anciano de larga cabellera cana; Gaspar era joven, imberbe, de tez blanca y rosada y Baltasar era un hombre de tez morena. Sin embargo, este último pasó a ser de raza negra en el siglo XVI, cuando la Iglesia decidió que era conveniente identificar a los tres Reyes con los tres hijos de Noé y las tres razas que poblaron el mundo en Europa, Asia y África.

A finales de la Edad Media, se determinó que sus edades eran 60, 40 y 20 años respectivamente.
El resto de sus vidas, tras la visita a Belén, es igual de enigmático y confuso. Se dice que el apóstol Tomás los bautizó y los nombró obispos y que murieron tras ser martirizados. En el siglo IV, Santa Elena, madre del emperador Constantino I, encontró en Tierra Santa los cuerpos incorruptos de tres hombres, por cuya apariencia y ropajes se llegó a la conclusión de que se trataba de los Reyes Magos. Tras llevarlos a Constantinopla y de allí a Milán, en el año 1164 fueron trasladados a la ciudad alemana de Colonia, donde reposan desde entonces en la Catedral que se construyó en su honor. Durante la II Guerra Mundial, la ciudad entera fue arrasada por los bombardeos continuos que la azotaron y sólo la catedral se mantuvo milagrosamente en pie, sin apenas recibir ni un rasguño, lo que cerraría aún más el círculo de misterio en torno a la vida de nuestros protagonistas. Sin embargo, que nadie se inquiete por saber que sus cuerpos yacen sin vida en aquella catedral, porque cada 6 de enero seguirán apareciendo para llevar a los niños sus regalos.
Cómo no, son Magos.

Los Cuadernos de Urogallo


 

Los Santos Inocentes

Que el tiempo pasa irremediablemente, es una de las verdades más irrefutables que existen. Así, cada año volvemos a encontrarnos con las mismas celebraciones, las mismas fiestas, las mismas efemérides que el anterior. Uno de esos días que, para disfrute de muchos y desesperación de otros, llega inevitablemente cada año, es el 28 de diciembre: día de los Santos Inocentes.

Ese día, los aficionados a las bromas están en su salsa, ya que, tradicionalmente, es costumbre gastar algún tipo de inocentada. Desde la más típica y sencilla de pegar un monigote de papel a la espalda, hasta otras más enrevesadas y, a veces, desagradables. Las nuevas tecnologías permiten que las bromas se vayan sofisticando y los mensajes MSN o las cámaras ocultas van sustituyendo a otros métodos más “artesanos”. Ni siquiera de los medios de comunicación te puedes fiar un día así. Raro es el periódico, la radio o la televisión que no te intente colar de rondón alguna noticia falsa, entre todos esos sucesos absurdos o increíbles que suelen aparecer habitualmente.

Fiesta del Obispillo

Esta práctica de las bromas o inocentadas, tiene su origen en el Centro de Europa durante la Edad Media, cuando cada 6 de diciembre, día de San Nicolás de Bari, en las escolanías de algunas catedrales se celebraba la buena relación que este santo tenía con los niños, cediéndoles a estos el protagonismo durante unos días. Así, existía la tradición de invertir los papeles de gobierno con un niño al que se elegía entre los del coro. El obispo dimitía simbólicamente de su cargo y el muchacho, vestido con sus ropas, era proclamado “obispillo” y ejercía la máxima autoridad asistido por sus compañeros vestidos de sacerdotes, desempeñando su mandato hasta el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. Esta costumbre, posiblemente heredera de las saturnales romanas en las que de manera irreverente y burlesca se invertían las jerarquías, fue extendiéndose a otros muchos lugares y adquiriendo una gran popularidad entre la gente, por las travesuras y bromas que los chavales hacían mientras recorrían las calles durante su transformación, algo muy propio de su edad, como bien se puede entender. Aquello, sin embargo, acababa casi siempre derivando en una fiesta grotesca en la que, habitualmente, el clero aparecía ridiculizado, por lo que, poco a poco, se fue vetando en varios sitios hasta que, durante el Concilio de Trento, la Iglesia acordó su total prohibición. En la actualidad, existen algunos lugares en los que se ha ido recuperando de nuevo, a modo de representación popular, aquella vieja “Fiesta del Obispillo” de la que llegaron, hasta nuestros días, las travesuras y las bromas convertidas en las inocentadas que hoy muchos sufrimos o practicamos durante el día de los Santos Inocentes. Un día, que aparece en el santoral por un motivo menos lúdico y, sin duda, mucho más trágico.

La Masacre de los Santos Inocentes - Daniele da Volterra

La celebración del día de los Santos Inocentes tiene su origen en una matanza que sucedió, tal y como nos cuenta el Evangelio de Mateo, en la época en la que tuvo lugar el nacimiento de Jesús. Según Mateo, los Reyes Magos llegaron a Jerusalén preguntando dónde era el lugar en el que había nacido el futuro rey de los judíos. Al enterarse Herodes “el Grande”, que reinaba en aquel momento, temió que se cumplieran las profecías y que realmente llegara un Mesías que pusiera en peligro su poder. Engañó entonces a los Reyes Magos, pidiéndoles que, cuando se enterasen del lugar donde estaba el recién nacido, se lo comunicaran para él mismo ir a adorarlo. Pero Dios avisó a los Reyes que, tras entregar sus regalos, regresaron a sus tierras por otros caminos sin pasar por Jerusalén y avisó también a José, que huyó a Egipto con su familia, salvando así al pequeño Jesús. Esto no lo sabía Herodes que, tras enterarse por los sacerdotes del Templo de Jerusalén de que el lugar donde había nacido aquel niño era Belén, ordenó a sus soldados entrar en la ciudad y matar a todos los niños menores de dos años. La orden fue escrupulosamente acatada y aquella noche morían treinta niños degollados por los soldados del bárbaro rey. En el siglo IV d. de C. la Iglesia decidió dedicar cada 28 de diciembre a la memoria de aquellos pequeños vilmente asesinados, aquellos Santos Inocentes.

Esta historia sólo aparece en el Evangelio de Mateo y ningún historiador de la época se refiere a ella, por lo que son muchos los expertos que piensan que no ocurrió de verdad y que Mateo tergiverso los sucesos confundiéndolos con lo que, en su momento, le sucedió a Moisés.

Nosotros, por nuestra parte, preferiríamos creer que realmente nunca se produjo un suceso así.

Los Cuadernos de Urogallo


 
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Publicado por en 26 diciembre, 2011 en Fiestas y Tradiciones

 

Navidad

Natividad Jean-Baptiste Marie Pierre - s.XVIII

No hay más que dar un paseo por cualquiera de nuestras ciudades, para sentir, desde hace ya unos días, la proximidad de la Navidad. Las avenidas se llenan de luz y adornos navideños. Pronto, el sonido de los villancicos nos seguirá por las calles más comerciales de nuestra localidad y a medida que avance la tarde, las tiendas se llenarán de gente deseosa de encontrar el regalo adecuado, el adorno ideal o los productos necesarios para preparar una deliciosa cena de Nochebuena. La vorágine en la que vivimos actualmente, plenamente sumergidos en nuestra sociedad de consumo, hace que se difumine en parte la realidad y, a veces, perdamos un poco de vista el verdadero significado de tan señaladas fechas.

Originalmente, durante el periodo de Adviento, que ocupa los cuatro domingos anteriores a la Navidad, los cristianos practicaban el ayuno, reuniéndose en Nochebuena para celebrar con una cena el nacimiento de Jesús. Esa costumbre sigue manteniéndose en la actualidad y así, cada año, las familias aún se reúnen en torno a una mesa, durante una cena de Nochebuena que supone el inicio de la Navidad, la fiesta cristiana en la que se conmemora la Natividad, es decir, el nacimiento de Jesucristo, el hijo de Dios, y que tradicionalmente tiene lugar el día 25 de diciembre. Sin embargo, no siempre fue así.

No existen referencias de esta celebración durante los primeros tiempos de la cristiandad y, por tanto, parece ser que no había establecida ninguna fecha que indicara qué día había nacido Jesucristo. Será en Alejandría, cuando en el año 200, surja entre algunos teólogos egipcios la preocupación por señalar tan destacado acontecimiento y acaban fijando el 20 de mayo como posible día del nacimiento. Años más tarde, en el 221, el historiador Sexto Julio Africano realiza el primer intento cristiano de escribir una Historia Universal, titulada Chronographiai, en la aparece indicado por primera vez el 25 de diciembre. Sin embargo, no será hasta el año 350 cuando el Papa Julio I, tratando de adaptar al cristianismo las costumbres paganas que prevalecían en aquella época, pedía que el 25 de diciembre se estableciera como fiesta religiosa en la que se celebrara la llegada al mundo de Jesús, coincidiendo así con las fechas próximas al solsticio de invierno, en que muchos pueblos del hemisferio norte celebraban ancestralmente el nacimiento de sus dioses solares y en el Imperio Romano se organizaban los festejos dedicados al dios Saturno, que precisamente culminaban ese día 25 diciembre. Esta fecha será decretada, ya de manera definitiva, por el Papa Liberio en el año 354, a pesar de que nunca se pudo establecer con exactitud cuál había sido el día en que se produjo el nacimiento, debido a que no existen fuentes históricas que lo certifiquen y las únicas referencias, bastante confusas, vienen dadas por los evangelios. Si bien, ateniéndonos a ellos, casi con seguridad que no pudo suceder en diciembre, ya que hablan de cómo en aquella época algunos pastores dormían al raso con sus rebaños, lo que nos situaría entre los meses de marzo y octubre, que era cuando esto ocurría, mientras que durante el invierno el ganado permanecía estabulado. De la misma manera, que las menciones que se hacen de Herodes el Grande, rey de Judea, nos confirman que Jesús tuvo que nacer seis o siete años antes de lo que pensamos, ya que Herodes murió en el año 4 a. de C.

En cualquier caso, no tiene demasiada importancia que los hechos sucedieran en uno u otro año, en uno u otro mes. La importancia reside en los hechos en sí y en el significado que tengan para cada uno y para sus creencias. Así, lo realmente importante es que la Navidad continúe cada año reuniendo a las personas, en unos días que deseamos que sean de paz y reflexión.

A todos, Feliz Navidad

Los Cuadernos de Urogallo


 
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Publicado por en 19 diciembre, 2011 en Fiestas y Tradiciones

 

Día de Acción de Gracias

La primer Acción de Gracias - Jean Louis Gerome Ferris

El cuarto jueves de noviembre se celebra en Estados Unidos la fiesta de Acción de Gracias “Thanksgiving Day“, de la que desde esta parte del mundo hemos oído hablar mil veces gracias a la influencia del cine americano.

 Esta fiesta, que para los canadienses es el segundo lunes de octubre, se celebra con una tradicional cena familiar, en la que los comensales acostumbran a comer pavo asado acompañado de salsa de arándanos rojos, verduras, principalmente judías verdes, batata dulce y puré de patata con gravy (una salsa hecha con el jugo del pavo). Para rematar este suculento banquete, no pueden faltar unos apetitosos postres entre los que destacan el pastel de calabaza, el pastel de manzana y el de nuez pacana.

 Al día siguiente, tiene lugar en todo el país la apertura de la temporada de compras navideñas, en el conocido popularmente como “Viernes Negro“, nombre que, según parece, viene dado por el caos de tráfico y gente que se genera en las grandes ciudades. Aunque otras hipótesis aseguran que es debido a que ese día las contabilidades de los comercios pasan de números rojos (déficit) a números negros (superávit), gracias a la cantidad de ventas realizadas en ese breve espacio de tiempo.

Para encontrar el origen de esta fiesta tenemos que remontarnos hasta el año 1620. El 6 de septiembre de aquel año partía la nave Mayflower, desde Plymouth, en el Reino Unido. A bordo de aquel barco viajaban algo más de un centenar de personas, que el 11 de noviembre desembarcaban en la costa este americana, en el territorio de Massachusetts. Eran los primeros colonos británicos en llegar al nuevo continente y, tras asentarse en los restos de un poblado nativo abandonado, fundaron la colonia a la que pusieron el nombre de la ciudad de la que procedían: Plymouth.

Aquel primer invierno resultó excesivamente cruel para aquellos colonos, a los que más tarde se denominó “peregrinos“. El hambre, el frío y las enfermedades les pasaron factura y la mitad de ellos no lograron sobrevivir. El resto, a duras penas conseguía mantenerse con vida, cuando en marzo un grupo de nativos wanpanoag, cuyo líder se llamaba Massasoit, estableció contacto con ellos. Aquellos indios estaban acostumbrados a tratar con los europeos, a los que cambiaban pieles por atractivos utensilios que los extranjeros les ofrecían, pero nunca habían permitido que permanecieran demasiado tiempo en sus tierras, tan sólo el necesario para realizar sus transacciones comerciales. Aquel nuevo grupo parecía tener otras intenciones y, hasta entonces, el contacto de los wanpanoag con los colonos había consistido en pequeñas refriegas, ante las cuales, los británicos optaron por bajar cinco cañones del barco y los emplazaron en el poblado. Sin embargo, en aquella ocasión, Massasoit no pretendía atacar a los colonos, sino pactar con ellos una alianza para hacer frente a sus enemigos los narragansett. Así, a raíz de aquel encuentro, un indio llamado Tisquantum, que hablaba inglés tras haber pasado varios años secuestrado por unos marineros británicos y que pasó a la posteridad con el nombre de Squanto, se instaló en la colonia para ayudar a los peregrinos, que carecían de cualquier experiencia en agricultura y ganadería. Les enseñó a vivir en el bosque, a pescar y secar el pescado, a construir viviendas, a plantar maíz y a fertilizar el terreno enterrando peces junto a las semillas.

Aquel otoño de 1621, los colonos cosecharon maíz más que suficiente para alimentarse durante el invierno y decidieron hacer una comida a la que invitaron, como agradecimiento, a aquellos indios que en los momentos más críticos les prestaron su ayuda. Una comida a la que los británicos aportaron maíz y aves salvajes a las que llamaban “pavos” y los wanpanoag colaboraron con carne de ciervo.

En 1623, el gobernador de la colonia congregó a los peregrinos y sus familias en la casa comunal para escuchar al pastor y dar las gracias a Dios, antes de los festejos por la recolección de la cosecha. Aquello le confería un carácter religioso a una celebración que inicialmente había tenido un origen laico.

La alianza entre colonos y wanpanoag duró más de cincuenta años y fue beneficiosa para ambos grupos. Permitió a los indios defenderse de sus enemigos con la ventaja que les daban las armas británicas y éstos lograron sobrevivir en un medio hostil en el que, casi con toda seguridad, hubieran perecido. Pero aquello abrió la puerta de llegada a miles de europeos que se asentarían en aquel territorio durante las siguientes décadas y, en 1675, un hijo de Massasoit, harto de las leyes que les imponían unos colonos más numerosos ya que los indios, desató una guerra de funestas consecuencias para los nativos, ya que significó su casi total exterminio.

Los Cuadernos de Urogallo


 
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Publicado por en 21 noviembre, 2011 en Fiestas y Tradiciones

 

De castañas y magostos

Castañera de Burgos

El otoño llega cada año, aunque a veces se retrase tanto que parezca que no va a ser así, y con él aparecen por las calles de las ciudades los primeros puestos de castañas asadas que tan gratos recuerdos nos traen: el olor que inunda las frías calles por las que pasamos o los cucuruchos de papel de periódico llenos de castañas bien calientes, que aprovechamos para calentar las manos o meterlos en el bolso del abrigo y llevar el calor al cuerpo.

Este pequeño fruto altamente energético y rico en vitaminas y minerales, era ya consumido por los seres humanos en el paleolítico. A la Península Ibérica llegó de mano de los romanos, que utilizaban el pan de harina de castañas para alimentar a sus legiones. Desde entonces, desempeñó un importante papel en la alimentación de mucha gente de diferentes zonas peninsulares, especialmente en el medio rural, hasta el siglo XVI, en que otros productos llegados del Nuevo Mundo, como el maíz o la patata, irrumpieron en las costumbres culinarias de la población, desplazando a nuestra protagonista.

Sin embargo, las castañas siguieron formando parte de las tradiciones de muchos pueblos y, con frecuencia, aparecen en diversos rituales relacionados con los difuntos. En muchas zonas del norte peninsular existe la costumbre de comer castañas asadas el Día de las Ánimas. En Galicia se comían en la víspera de Difuntos bajo la creencia de que por cada castaña comida, se liberaba un alma del purgatorio. Y son muchos los lugares donde se dejaba esa noche un buen puñado de castañas asadas para “los ausentes” que, al terminar la celebración de los vivos, se acercaban a calentarse entre las brasas que aún quedaban en las hogueras.

Así, desde finales de octubre y durante casi todo noviembre, especialmente entre el Día de Difuntos y el de San Martín, se celebran populares fiestas en muchos puntos de la geografía peninsular, cuyas protagonistas son las castañas asadas al fuego, siempre purificador y presente en tantas celebraciones.

En Galicia llaman a estas fiestas Magostos y, en ellas, suelen acompañar a las castañas con vino nuevo de la cosecha, además de bailes y juegos populares, como el de tiznarse la cara unos a otros. En Asturias el Magüestu o Amagüestu, en el que se acompañan de sidra dulce, el zumo de la manzana recién pisada y sin alcohol, para disfrute también de los más pequeños. Los vascos la llaman Gaztañerre y suelen acompañar las castañas de Morokil, una crema hecha de harina de maíz. Para los catalanes son las Castanyadas, de las que también forman parte el moscatel, las frutas confitadas, los boniatos y unos pequeños pasteles que llaman panellets. En Cantabria las llaman Magostas; en Málaga Tostonas; en Extremadura ChiquitíasMagostosCalvochás o Calbotes. Este último nombre se utiliza también en algunas zonas de ZamoraÁvilaSalamanca y Toledo. En Portugal son los Magustos. Y así podríamos seguir enumerando tantos nombres como sitios donde se celebran, casi siempre acompañadas de juegos y música de instrumentos tradicionales.

Hoy en día, muchas son las casas de comidas que están recuperando aquellos ricos potes de castañas, que antaño fueron base de la alimentación de tantos hogares y vemos a las castañas formando parte de sabrosos manjares, como relleno o acompañamiento de carnes, en cremas y purés o en deliciosos postres como el exquisito Marrón Glacé, devolviendo así a la castaña un protagonismo que nunca tendría que haber perdido.

Los Cuadernos de Urogallo


 
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Publicado por en 14 noviembre, 2011 en Fiestas y Tradiciones