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La legión perdida

La legión perdidaTras reducir a los galos, Julio César dirigió su mirada hacia Britania, haciendo una primera incursión en las islas en el año 55 a. C. El resultado fue el sometimiento de un gran número de tribus británicas, a las que impuso el pago de fuertes tributos. Sin embargo, no sería hasta el año 43 de nuestra era, cuando el emperador Claudio planificara y dispusiera la verdadera invasión, tras un amago de Calígula tres años antes. Así, cuatro legiones al mando del general Aulo Placio, compuestas por 20.000 soldados a los que habría que sumar otros tantos auxiliares, se dispusieron para la ocupación de las islas. Una de aquellas legiones era la Legio IX Hispana.
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La Hispana, había sido formada en el año 60 a. C., por hombres reclutados principalmente en Hispania, para participar en la pacificación de la Galia junto a Julio César. Más tarde, en el año 13 d. C., fue trasladada a los Balcanes, hasta que fue elegida por Claudio para formar parte del ejército que envió a Britania, donde se tuvieron que enfrentar a la valiente resistencia de las tribus autóctonas. La Legio IX se instaló en Lincoln en el año 60 d. C., desde donde participó en la lucha contra la célebre Boudicca, líder de los icenos. En el año 70 fue enviada a Eboracum (York), donde colaboró en la construcción de una calzada que comunicaba con Londinium (Londres) y más tarde luchó contra las tribus de Caledonia (Escocia), participando victoriosamente en la batalla de Mons Graupius en el año 83, para después regresar de nuevo a Eboracum.
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Roma conseguirá conquistar la mayor parte del territorio britano, salvo una pequeña zona de Gales y las tierras del norte, donde la situación resulta más complicada. Allí se tienen que enfrentar a tribus salvajes que conocen bien el terreno. Caledonios y pictos, con los cuerpos tatuados de azul, ofrecen una brutal resistencia y Roma sufre numerosas bajas. En el año 115, la Legio IX Hispana es destinada a esas tierras, interviniendo activamente en la sangrienta lucha contra aquellas tribus del norte, que no conocían el significado de las palabras indulgencia y rendición. Así, según parece, en algún momento entre los años 115 y 117, la Hispana se adentra en los territorios que habitan sus más terribles enemigos, desapareciendo en sus montañas para siempre.
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En el año 122, el emperador Adriano ordena la construcción de una muralla que va de costa a costa a lo largo de 117 kilómetros, cuya función sería la de proteger los territorios conquistados de los ataques de aquellos pueblos rebeldes. Aquella muralla, que marcaría la frontera norte del Imperio Romano y de la que aún hoy se conservan algunos restos, es conocida como el Muro de Adriano.
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De la Legio IX nunca se supo nada más,  a pesar de que se enviaron varias expediciones en su búsqueda. La teoría más probable es que fueran aniquilados por los pictos, pero lo extraño es que una legión con unos 5000 soldados desaparezca sin dejar rastro, ni cadáveres, ni ropa, ni armas tiradas en algún sitio, nada. Existe alguna teoría que dice que fue enviada a tierras de lo que hoy es Holanda, hasta que en el año 131 partió hacia Oriente donde fue totalmente aniquilada. Sin embargo, no hay nada claro sobre esto. La documentación conservada de aquella época, permite recomponer con bastante exactitud la historia de las diferentes legiones romanas, su recorrido y, por supuesto, su final, pero hay que tener en cuenta que había la costumbre de prohibir el recuerdo de aquellas que habían sido aniquiladas o deshonradas por huir del campo de batalla.
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Como quiera que sea, la Legio IX Hispana desapareció para siempre entre la niebla de una fría mañana, adentrándose así en la eternidad que confieren los mitos.
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La imagen del estandarte procede de la web: www.imperium-romanum.info

Los Cuadernos de Urogallo
 
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Publicado por en 30 noviembre, 2012 en Artículos

 

Una mente fantástica

La conquista del espacio por parte del ser humano, es algo que hoy en día vivimos con bastante naturalidad. Ya estamos acostumbrados a ver transbordadores o estaciones espaciales que dan vueltas sobre nuestras cabezas, con astronautas de diferentes nacionalidades que conviven en ellas durante largos periodos de tiempo y, pronto, el turismo espacial va a dejar de ser privilegio de unos pocos, para pasar a estar un poco más “al alcance” de todos.

Sin embargo, hace relativamente poco tiempo que todo esto sucede. Apenas tenía yo cinco años cuando el hombre pisaba la Luna por primera vez y algunos años antes nadie sabía cómo hacer que eso fuera posible. ¿Nadie? ¡¡No!! Alguien, con una mente fantástica, fue capaz de imaginar ese viaje 104 años antes de que ocurriera. Su nombre era Jules Gabriel Verne, más conocido por nosotros como Julio Verne.

Portada de Viajes Extraordinarios

Julio Verne nacía en la localidad francesa de Nantes, un 8 de febrero del año 1828, siendo el mayor de cinco hermanos, hijos de un abogado que gozaba de una buena posición económica. Desde muy niño demostró tener un gran talento y ser un buen estudiante, destacando en muchas asignaturas, especialmente en geografía. Además, sentía una gran curiosidad por la ciencia, que le llevaría a devorar y coleccionar artículos científicos durante toda su vida. Las historias que una maestra le contaba, sobre las aventuras de su marido marinero, despertarán su imaginación y su afición por escribir. Afición que empezó a desarrollar a los once años, cuando su padre, tras hacerlo bajar de un barco en el que intentaba escapar a la India, a buscarle un collar de perlas a su prima Caroline, de quién estaba profundamente enamorado, lo castigó severamente y le hizo prometer que nunca más iba a viajar a ningún sitio y, si quería viajar, solo podría hacerlo con la imaginación. Aquello motivaría que aquel muchacho empezara a escribir. Pequeñas historias y poemas, al principio, y algunas piezas de teatro, más tarde.

En 1848, cuando tenía veinte años, viaja a Parí para estudiar derecho, tras ser rechazado por su prima, que acabaría casándose con otro, lo que, probablemente, fuera el origen de un fuerte sentimiento misógino que le acompañó durante toda su vida. En la capital francesa, malvive con una pequeña asignación que su padre le envía y que apenas le llega para vivir, mucho menos cuando la mayoría del dinero se lo gastaba en libros. Allí, asiste a todas las tertulias literarias que puede y un buen día conoce al gran Alejandro Dumas, con quien, tras un mal tropiezo en la calle, entabla una profunda amistad. Dumas será un importante apoyo para él y le ayudará a estrenar su primera obra, la cual no será precisamente un éxito. A pesar de ello, Verne solo pensaba en escribir, por lo que decide abandonar los estudios y, un tiempo después, tras casarse con una hermosa viuda llamada Honorine, empieza a trabajar como agente de bolsa. Gracias a ello, cuando tenía treinta y un años, sin tener en cuenta ya la promesa que le había hecho a su padre, realiza su primer viaje, para el que elige como destino las míticas tierras de Escocia.

Sin embargo, también dejará el trabajo en la bolsa, a pesar de que sus obras no son muy buenas y, por tanto, no le proporcionan suficientes ingresos para vivir. Todo cambiará cuando conoce a Pierre-Jules Hetzel que, además de ayudarle a mejorar su estilo y su manera de escribir, se convierte en su editor, publicándole, en varias entregas en un magazín que él editaba, su primera novela de aventuras en 1863. Se trataba de Cinco semanas en globo y fue un rotundo éxito, por lo que Hetzel le ofreció un contrato de veinte años de duración, por 20.000 francos anuales, a cambio de que escribiera entre dos y tres novelas cada año. Así, empezarán a llegar grandes obras como Viaje al centro de la Tierra, en 1864 o De la Tierra a la Luna, en 1865, que animarán a Hetzel a aumentarle considerablemente el salario acordado, lo que permitió a Verne comprarse un barco a vapor, con el que se dedicará a viajar con su hermano Paul. Fruto de aquellos viajes, llegarán poco después tres obras inolvidables: Los hijos del capitán Grant, en 1867;20.000 Leguas de viaje submarino, en 1869 y La isla misteriosa, en 1874.

En sus novelas aparecían máquinas impensables en aquellos tiempos: el fax, helicópteros, naves espaciales, casi iguales a las que cien años después llegarían a la Luna, armas de destrucción masiva y buques sumergibles como el Nautilus, a imagen de los submarinos nucleares que surcarían los mares muchos años más tarde. Describió casi con precisión cómo sería el viaje a la Luna; nos habló de la exploración submarina; de la conquista de los polos y predijo que Francia y Reino Unido perderían la hegemonía mundial, que ejercían en aquel momento, para ser sustituidas por Rusia y Estados Unidos. Por todo esto, hay quien dice que fue un visionario, otros que fue un profeta. Él siempre negó todo esto y decía que se había limitado a documentarse muy bien y a saber cómo eran y cómo pensaban los hombres de su época. Se decía también que perteneció a la masonería, en la que se inició gracias a su gran amigo Dumas, y a un misterioso club, denominado Sociedad de la Niebla, de donde podría haber recibido mucha información privilegiada que acabaría utilizando en sus novelas. Él, en cambio, nunca se cansó de repetir que todo lo que él era capaz de imaginar, otros serían capaces de realizarlo

Tumba de Julio Verne por J. Sauval

Julio Verne se sentía el más desconocido de los hombres y detrás de él permanecerá para siempre un velo de misterio, que no hizo más que incrementar el hecho de que, unos años antes de su muerte, quemara una gran parte de sus archivos sin ninguna explicación. Llegó a vivir en aquel siglo XX, que vería hacerse realidad todo cuanto había contado en sus relatos, pero sintió tristeza al comprobar que el hombre utilizaría aquellas tecnologías para matar y no como él pensaba. El 24 de marzo de 1905 moría, víctima de la diabetes, en la localidad francesa de Amiens, tras despedirse de los familiares que le rodeaban con dos sencillas palabras: sed buenos. Sobre su tumba, en el cementerio de La Madeleine, reposa la enigmática escultura que el escritor encargó antes de morir, en la que aparece emergiendo de la sepultura con el brazo derecho en alto y la mirada clavada en el cielo.

Allí, descansa el hombre que quiso ser creador de la Literatura de la Ciencia y que, desde luego, con sesenta y cuatro novelas traducidas a 112 idiomas, fue el más importante autor de literatura juvenil que ha existido jamás. Porque no nos cabe la menor duda de que, si Dumas nos hizo soñar, Verne nos dio la fantasía. 

Foto de la tumba de Julio Verne realizada por J. Sauval y extraída de una web estupenda y muy recomendable sobre la vida del escritor:
http://www.jverne.net/

Los Cuadernos de Urogallo

 

 
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Publicado por en 10 noviembre, 2012 en Artículos

 

Una historia de Cine

El físico y matemático Alhacén, nacido en la localidad iraquí de Basora en el año 965, fue el primero en describirnos, en su libro Tratado Óptico, el funcionamiento de lo que hoy conocemos como Cámara Oscura, instrumento que sería el precursor de las actuales cámaras fotográficas.

Boulevard du Temple – Louis Daguerre – 1838

En 1839, el francés Louis Daguerre, presentaba oficialmente la primera técnica fotográfica, un procedimiento en cuyo desarrollo llevaba trabajando varios años y al que denominó Daguerrotipo. El propio Daguerre tomó en 1838 la que está considerada como la primera fotografía de la historia en la que aparece una persona viva. Se trata de una imagen del Boulevard du Temple, en París, en la que, debido al largo tiempo de exposición necesario, unos diez minutos, no aparecen las personas que circulaban por la calle en aquel momento, tan sólo quedaron registradas las imágenes de algunos que permanecieron más tiempo en el mismo lugar, un hombre al que un limpiabotas le lustraba los zapatos y otro que estaba sentado leyendo un periódico.

Aquello no hacía más que comenzar, la posibilidad de capturar la imagen de un lugar o de una persona, poder guardarla y quedarnos para siempre con aquel recuerdo, era algo que tendría un éxito inmediato en todo el mundo y pronto se empezarían a desarrollar todo tipo de técnicas y materiales que ayudarían a modernizar aquel interesante descubrimiento, desde la aparición de los negativos fotográficos hasta la fotografía digital de hoy en día.

En 1872 surgiría un curioso debate entre los aficionados a las carreras de caballos en California. Algunos defendían la teoría de que, en plena carrera, los caballos llegaban a tener durante un instante los cuatro cascos en el aire, sin apoyar ninguno de ellos en el suelo, mientras que otros defendían todo lo contrario. Como a simple vista era algo imposible de demostrar, se le encargó al fotógrafo británico Eadweard Muybridge que tratara de captar con su cámara la imagen que pudiera probar aquella teoría. Fue una tarea complicada. Después de algunos fracasos y varios años de trabajo, Muybridge  conseguiría demostrar que, efectivamente, los caballos mantenían por un instante las cuatro patas en el aire. Durante aquel tiempo, desarrolló una técnica consistente en colocar hasta 50 cámaras fotográficas distribuidas a lo largo de la pista en diferentes ángulos, con las que captó una serie de imágenes del animal en pleno movimiento. Estamos, sin duda, en los inicios de lo que hoy conocemos como Cine.

A partir de aquella experiencia, Muybridge creó en 1879 el Zoopraxiscopio, un artefacto que proyectaba imágenes situadas en discos de cristal giratorios en una rápida sucesión, que conseguían transmitir la sensación de movimiento. Aquellas ideas le servirían de inspiración a Thomas Alva Edison para un invento cuya patente registró con el nombre de Quinetoscopio, una máquina desarrollada en sus talleres por William Kennedy Laurie Dickson, con la que pretendían hacer para los ojos aquello que el fonógrafo hace para los oídos. Aquel artefacto fue el precursor de los modernos proyectores cinematográficos y con él se registró en 1894 en el primer estudio cinematográfico que hubo, al que llamaron Black María, una de las primeras imágenes que se conservan de la historia del cine: el estornudo de Fred Ott, un mecánico del equipo de Edison al que le habían dado un pañuelo impregnado en rapé para provocarle el estornudo y grabar así una escena de cuatro segundos que lo iba a convertir en la primera celebridad cinematográfica de la historia, aunque no fue esta la película más antigua de la que se tiene noticia, ese honor lo ostenta una escena de apenas dos segundos de duración, conocida como la escena de El jardín de Roundhay, filmada en 1888 por el inventor francés Louis Le Prince.

   

Edison desempeñó, además, un importante papel en el desarrollo del celuloide, la película de nitrato de celulosa sobre la que se impresionaban las imágenes, que comercializó a partir de 1889 en un formato de 35 mm, pero que no pudo patentar porque ya lo había hecho por entonces George Eastman, creador de Kodak.

Sin embargo, la historia del cine se fundamentará sobre otro ilustre apellido, en este caso de origen francés: Lumière. Al tiempo que Edison desarrollaba sus ideas en Estados Unidos, en Francia, los hermanos Auguste y Louis Lumière creaban un aparato, capaz de filmar y proyectar imágenes en movimiento, con el que en 1894 grabaron sus primeras películas y que patentaron ese mismo año con el nombre de Cinematógrafo. El 28 de diciembre de 1895, tras varias presentaciones en diversas sociedades científicas, los hermanos Lumière celebraron la primera exhibición comercial y pública de su invento. Un acontecimiento que tuvo lugar en el Salon indien du Gran Café en el Boulevard des Capucines de París, al que asistieron 35 espectadores que pagaron un franco cada uno, para ver la proyección durante unos veinte minutos de diez pequeños cortometrajes grabados por ambos hermanos, entre los que destaca La salida de los obreros de la fábrica Lumière.

Aquel sería el primer paso de una industria que en su primer acto comercial recaudó 35 francos, pero que hoy en día mueve ingentes cantidades de dinero en todo el mundo. Una industria, con una historia también muy interesante, que merece que pronto le dediquemos otro artículo.

Los Cuadernos de Urogallo
 
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Publicado por en 10 octubre, 2012 en Artículos

 

Micronaciones

Parece bastante común, cuando pensamos en pequeños países, que nos vengan a la cabeza lugares como Mónaco, el Vaticano o San Marino. Con razón, pues todos ellos pertenecen a un grupo conocido como “microestados“, es decir, estados soberanos que o bien ocupan pequeñas extensiones de territorio o tienen muy poca población, o ambas circunstancias a la vez. Actualmente se encuadra dentro de este grupo a veinticinco países, el mayor de los cuales es un pequeño archipiélago de islas situado en la costa occidental africana, la República Democrática de Santo Tomé y Príncipe, con una superficie de 1001 Kms² y unos 193.000 habitantes. El más pequeño, en cambio, es la Ciudad del Vaticano, con 0,44 Kms² para una población de poco más de novecientos habitantes, seguido de Mónaco con 1,97 Kms² donde viven unas treinta mil personas.
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Sin embargo, existe otro curioso grupo de entidades territoriales, mucho más pequeñas aún, que se autodenominan países y sus habitantes exigen ser reconocidos como estados independientes, aunque no cuentan con el respaldo de otros gobiernos mundiales, ni de ningún organismo internacional, son las denominadas “micronaciones“. No nos referimos a esos “países” virtuales que surgen y existen sólo en Internet, a modo de juego o afición, que los hay, sino a pequeños territorios físicos, a veces creados y mantenidos por una sola persona o familia y, en muchas ocasiones, limitado exclusivamente a una parcela de su propiedad, como es el caso de la República de Molossia, fundada por Kevin Baugh en 1999 en Nevada, Estados Unidos, que abarca las 5,8 hectáreas de su finca privada y tiene doce habitantes.
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Existen diferentes motivos por los que surgen estas “micronaciones“. A veces lo hacen como un simple entretenimiento o ilusión personal; como una protesta o expresión reivindicativa; o como un simple y desmesurado sentimiento nacionalista. En cualquier caso, siempre tratan de aprovecharse de algún fallo en la legalidad vigente o de alguna anomalía histórica, que les permita una cierta base legal a la hora de reivindicar una soberanía que, muchas veces, aparenta ser real con la emisión de sellos y monedas propios, pasaportes, escudos, banderas, fotos oficiales de su jefe de estado y hasta representantes diplomáticos en otros países.
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Podemos contabilizar cerca de ciento treinta de estas “micronaciones” físicas repartidas por todo el mundo, algunas de las cuales datan del siglo XIX, como el Reino de la Araucanía y la Patagonia, fundado en 1860 por el abogado francés Orélie-Antoine de Tounens, en territorios habitados por el pueblo mapuche en Argentina y Chile.
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De entre todas ellas, Sealand es una de las más conocidas y, probablemente, de las más originales, porque no se trata precisamente de una porción de terreno, sino de una plataforma situada en medio del Mar del Norte, una de las muchas que construyeron los británicos durante la Segunda Guerra Mundial, para defenderse de los ataques de la aviación alemana. Tras la guerra, dejaron de cumplir su función original y fueron abandonadas. Años más tarde, algunas de ellas fueron utilizadas para instalar emisoras de radio piratas. Un oficial del ejército británico retirado, Paddy Roy Bates, creó una de esas emisoras “Radio Essex” que, como todas las demás, fue cerrada por los tribunales alegando que estaba situada en aguas jurisdiccionales del Reino Unido. Bates comprobó entonces que una de aquellas torres se encontraba fuera de la competencia británica, en aguas internacionales y, en vez de establecer su emisora, lo que hizo fue instalarse en ella con su familia y fundó el “Principado de Sealand” en 1967.
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Bates pronto se vio enfrentado a las autoridades británicas, que no estaban dispuestas a permitir que perpetuase su estancia en la plataforma. Sin embargo, tras varias disputas en las que llegaron a repeler con disparos a los buques británicos que los hostigaban, aquella familia recibía el respaldo de los tribunales, que consideraban que la plataforma estaba en aguas internacionales y dispensaban así el primer reconocimiento de facto de aquel pequeño Principado.
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Sealand tiene una bandera y un escudo propios; emite sellos de correos; acuña su propia moneda, el dólar de Sealand que equivale al estadounidense; y hace gala de un lema que refleja como nada el espíritu de su existencia: E Mare LibertasUna libertad del mar que tal vez nos lleve muy pronto a ver cómo se hacen realidad increíbles proyectos, como los que en la actualidad está investigando Peter Thiel, cofundador de “Pay Pal”, que busca crear pequeñas naciones soberanas, construidas sobre islas artificiales en aguas internacionales, en medio del mar y libres de las leyes de cualquier otro país.
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Desde luego, no cabe duda de que la imaginación de los seres humanos es tan inagotable como variada es la forma de entender el mundo en el que vivimos o en el que soñamos vivir. Pero a veces, los sueños se hacen realidad.
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Publicado por en 3 abril, 2012 en Artículos

 

Anonymous

Máscara de Guy Fawkes

Desde hace unos años, existe un movimiento que desarrolla diferentes acciones pacíficas de protesta a favor de la libertad de expresión. Defensores de la libertad para unos, piratas informáticos para otros, se trata de un movimiento sin líderes conocidos y sin una organización definida, formado por grupos o individuos no identificados que, aprovechándose de la rapidez a la que puede viajar la información a través de la red, actúan de forma anónima, utilizando Internet para organizarse a través de diversas webs, chats y redes sociales, en lo que se ha denominado ciberactivismo. Sus acciones suelen ir dirigidas a gobiernos y organizaciones privadas o estatales, amparándose siempre tras el lema de que “el conocimiento es libre” y proclamando abiertamente la libertad de información, con la intención de conseguir que Internet esté libre de todo tipo de control que pueda ejercer cualquier gobierno, empresa o corporación. 

Actúan bajo el seudónimo de Anonymous, un término que tiene su origen en el anonimato que protege a los usuarios que publican imágenes o comentarios en los foros y tablones de imágenes de Internet. Su ámbito de actuación no se limita sólo a la red, sino que también llevan sus protestas a la calle, participando activamente de manera pacífica en manifestaciones, a las que acuden ocultando sus rostros tras una característica máscara que, sin duda, se ha convertido en símbolo de este movimiento, a la vez que mantiene el anonimato de sus portadores. Una máscara que tiene una interesante historia, que se remonta nada menos que a principios del siglo XVII.

En aquellos tiempos, el catolicismo sufría una continua persecución por parte de las autoridades británicas, desde la instauración de la Iglesia Anglicana tras la reforma protestante. Muchos eran los ciudadanos que rechazaban enérgicamente aquella situación. Uno de ellos fue Guy Fawkes, un católico nacido en York en 1570, que había pasado diez años luchando del lado de las tropas españolas en los Países Bajos y que, harto de la represión a la que los partidarios de su fe estaban siendo sometidos, decidió participar de una manera más activa contra aquella opresión.

Así, entró a formar parte del grupo de trece personas que desarrolló un complot que pasaría a la historia con el nombre de “Conspiración de la Pólvora“, cuyo objetivo consistía en asesinar al rey Jacobo I de Inglaterra, a sus familiares y a todos los miembros de la Cámara de los Lores, colocando una enorme cantidad de pólvora bajo el suelo del Parlamento británico, para hacerlo volar por los aires el 5 de noviembre de 1605, durante su apertura. Para ello alquilaron un local bajo el edificio, en el que fueron amontonando hasta un total de treinta y seis barriles de pólvora. Sin embargo, una carta dirigida a un miembro católico del Parlamento, advirtiéndole de que no acudiera al día siguiente, alertó a las autoridades que procedieron a registrar exhaustivamente las inmediaciones del edificio la noche anterior al acto, localizando a Fawkes cuando se encontraba en el local ultimando los preparativos del golpe. Tras ser arrestado y torturado, fue juzgado y condenado a la horca, en la que fue ejecutado en Londres el 31 de enero de 1606. Su cuerpo, descuartizado, se repartió por las cuatro esquinas del reino como advertencia a otros conspiradores.

Durante años, el Reino Unido celebró cada 5 de noviembre el fracaso de aquel atentado, en la que se conocía como Guy Fawkes Night o Bonfire Night, una noche durante la cual el cielo se llenaba de fuegos artificiales y las calles de hogueras donde se quemaban los “Guys“, unos muñecos con la imagen de Guy Fawkes. Aquella imagen cobrará notoriedad cuatro siglos después de su muerte, a raíz de la publicación del cómic futurista “V de Vendetta”, de Alan Moore y David Lloyd, en el que el protagonista se esconde tras una máscara con la cara de Fawkes. Cómic que más tarde sería llevado a la gran pantalla en una estupenda película del mismo título dirigida por James Mcteigue.

Cuatro siglos atrás, Guy Fawkes fue la cara conocida de una revuelta que en todo momento trató de permanecer en la sombra. Ahora, como entonces, su imagen vuelve una vez más a ser la cara visible de un movimiento que trata, sobre todo, de mantenerse en el anonimato.

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Publicado por en 26 marzo, 2012 en Artículos

 

El Día de la Pepa

En octubre de 1807, con el pretexto de invadir Portugal y el beneplácito de la corona española, las tropas francesas de Napoleón entran en España. Sin embargo, sus intenciones van más allá y pronto comienza la ocupación, una a una, de las principales ciudades españolas y la designación de José Bonaparte, hermano del emperador francés, como rey de España. La resistencia del pueblo español no se hizo esperar y muchas fueron las ciudades que con arrojo y decisión plantaron cara al invasor, protagonizando sangrientas batallas, trágicos episodios de una Guerra de Independencia que iba a durar hasta 1814.
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Ante el avance napoleónico, en 1810 se celebra la primera sesión de las Cortes Extraordinarias y Constituyentes en la que, por entonces, se denominaba Isla de León, actualmente San Fernando, aunque posteriormente se trasladarían a Cádiz. Allí, se reunieron los diputados electos, tanto de la península como de los territorios de ultramar, así como los que habían sido elegidos para representar a aquellas provincias ocupadas por las tropas invasoras. Todos ellos, algo más de trescientos, de los que casi sesenta eran americanos, comenzaron a sentar las bases de la que sería la primera Constitución de la historia de España.
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Así, la ciudad más antigua de España, mientras resistía el asedio de los franceses que durante treinta meses la sitiaron inútilmente, gracias a la valiente defensa que hicieron los gaditanos, asistía a la gestación y nacimiento de una Constitución que sería promulgada en Cádiz el día 19 de marzo de 1812, día de San José que aportaría a tan importante documento el sobrenombre de “la Pepa“, por el que fue conocida popularmente. Una Carta Magna que asentaba los tres pilares fundamentales de la nueva monarquía constitucional: la división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial); la garantía jurídica de los derechos y libertades de los ciudadanos y el imperio de la ley, con la consiguiente sumisión al principio de legalidad.
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Tras la derrota y expulsión definitiva de los franceses en 1814, Fernando VII, a su vuelta a España, derogó esta Constitución, que se volvería a aplicar entre 1820 y 1823 y, un breve espacio de tiempo, entre 1836 y 1837. Una corta vida para un documento que trajo importantes logros, como la independencia de la justicia, la libertad de prensa o la supresión absoluta de la Inquisición. Un documento en el que quedaron consagrados algunos de los principios y derechos fundamentales que rigen hoy en día la vida de los españoles.
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La esperanza que aquella Constitución transmitía sobre un nuevo tiempo de libertad y la euforia por la retirada de los franceses, tras el drama al que habían estado sometidos los ciudadanos de Cádiz durante aquel trágico asedio, en el que incluso muchos de aquellos diputados habían perecido víctimas de los ataques y de la fiebre amarilla que asoló la ciudad, llevó a los gaditanos a salir a las calles a celebrar la ansiada liberación de la ciudad con un grito que resonó de manera casi unísona: ¡Viva la Pepa!.
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Publicado por en 19 marzo, 2012 en Artículos