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Archivos Mensuales: octubre 2012

Tiempo de trucos y calabazas

Se acaba octubre y, como cada año, llega el momento de preparar la fiesta de Samhain. Es cierto que en estas tierras nuestras del norte, podemos encontrar algunas reminiscencias de, lo que podrían haber sido, costumbres populares heredadas de nuestros ancestros celtas, sin embargo, cada vez van ocupando más espacio los colores negro y naranja de una festividad importada como es Halloween, demostrando así que, poco a poco, hemos ido adoptándola ya como nuestra y disfrutándola con toda normalidad. Así pues, por todas partes encontraremos hermosas calabazas de color naranja, dispuestas a cumplir la misión que tienen encomendada cada noche del treinta y uno de octubre.

Jack O´Lantern – Autor: Huk Flickr

Según cuentan, antiguamente los pueblos de origen celta, tenían la costumbre, durante la celebración de Samhain, de colocar nabos o remolachas a los que ponían una luz en su interior, tras haberlos vaciado previamente, para que guiaran el camino de regreso al mundo de los vivos, de los espíritus de los seres queridos que habían fallecido. Cuando llegaron a América los emigrantes irlandeses, llevaron consigo sus costumbres y entre ellas estaba la de hacer faroles en los huecos vacíos de los nabos, pero allí se encontraron un exceso en las cosechas de calabazas y descubrieron que, además de ser más fáciles de vaciar, quedaban más bonitas. Así, pronto se extenderá esta nueva moda hasta el día de hoy.

Rebuscando entre los orígenes de tan curiosa tradición, nos encontramos una vieja leyenda de origen celta que nos cuenta la historia de un granjero irlandés llamado Jack, famoso entre sus vecinos por sinvergüenza, mentiroso, estafador y borrachín. Una noche de Samhain, el Diablo, tras enterarse de la existencia de aquel malvado y despreciable ser, decidió acercarse a conocerlo ocultando su identidad. Entrada ya la noche y con Jack bastante borracho, el Diablo se presentó diciéndole que venía a buscar su alma. Jack le contestó que de acuerdo, pero que antes lo invitara a tomar un último trago. A la hora de pagar, ninguno tenía dinero y Jack retó al Diablo a demostrar sus poderes, convirtiéndose en una moneda con la que pagar al cantinero. El maligno aceptó y, una vez convertido en moneda, Jack lo guardó en su bolso donde tenía un crucifijo de plata. Al ver que no podría salir de allí, el Diablo pidió al granjero que lo sacara y Jack le dijo que solo lo sacaría si prometía no ir a buscarlo en los próximos diez años. Satanás no tuvo más remedio que aceptar y marcharse sin conseguir su objetivo. Una vez pasados los diez años volvió en busca de Jack, a quien encontró paseando por el campo. El granjero estuvo vivo y, señalándole unas manzanas de un árbol, le dijo que estaba dispuesto a irse con él, pero que antes de ir a penar para siempre al infierno, quería que le alcanzara una de aquellas manzanas y le permitiera comerla, como un último deseo. Una vez más, el Diablo cayó en la trampa y, cuando trepó al árbol, Jack grabó con su cuchillo en el tronco una cruz que impedía al Demonio bajar, por lo que nuevamente tuvo que suplicar ayuda al granjero, que se la prestó a cambio de que renunciara a su alma para siempre.
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Pasaron los años y a Jack, como a todo el mundo, le llegó su hora. Una vez muerto se presentó ante las puertas del Cielo, de donde lo echaron rápidamente por la mala vida que había llevado. Se dirigió entonces al Infierno, pero allí el Diablo le dijo que no lo podía aceptar, porque debía cumplir la palabra que le había dado unos años atrás. Jack no tuvo más remedio que retomar el oscuro camino de vuelta. El Diablo le lanzó entonces una piedra de carbón ardiendo para que se alumbrara en las tinieblas y él, para que no se le apagara con el viento, la guardó en el interior de un nabo que iba comiendo en aquel momento. Desde aquel día, Jack quedará condenado a vagar entre las tinieblas por toda la eternidad, siendo conocido por todos como Jack of the Lantern (Jack el del Farol), que derivaría en el Jack O´Lantern por el que se le conoce actualmente y que se aplicará también a las calabazas decoradas.
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Otra vieja tradición del día de Halloween, muy arraigada en algunos países, especialmente en Estados Unidos, es el famoso Trick or Treat (Truco o Trato), en el que los niños recorren las casas, disfrazados de figuras terroríficas, exigiendo a cada vecino el famoso Truco o Trato. Debe aceptarse el Trato, dándoles caramelos, pasteles o alguna propina. Quien no lo haga, se arriesga a padecer algún tipo de broma, más o menos pesada, como que le arrojen huevos o cualquier otra cosa a las ventanas, eso es el Truco. Parece ser, que esta costumbre, podría haber derivado también de una lejana tradición celta, que consistía en dejar comida fuera de las casas para los espíritus que llegaran durante la noche de Samhain. En aquella época, los disfraces y las máscaras eran utilizados para alejar a los malos espíritus. Sin embargo, otra versión sobre sus orígenes nos sitúa de nuevo al viejo Jack O´Lantern detrás de esta otra práctica. Según se cuenta, la noche del 31 de octubre, junto a los espíritus familiares, podían aparecer otros malignos. Uno de ellos era el del ya conocido Jack O´Lantern, que recorría los caminos, de casa en casa, para ofrecer a sus habitantes el Truco o Trato. Quien no aceptase el Trato, debería de sufrir el Truco, que normalmente consistía en alguna maldición a los habitantes de la casa, a sus cosechas o al ganado. Dicen que un día, a un aldeano se le ocurrió poner a la entrada de la casa una calabaza decorada con aspecto horrible y que aquello asustó y ahuyentó al malvado Jack. Desde entonces, la costumbre se extendió por todas partes llegando hasta nuestros días.
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Como quiera que sea, Samhain o Halloween, lo importante es disfrutar de ese día y divertirnos, y si es manteniendo nuestras viejas tradiciones, para que perduren así muchos años más, mucho mejor.

Feliz Samhain.

Los Cuadernos de Urogallo
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La Cocina de Urogallo
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Más de un siglo de Cine

No sé yo, si aquel lejano 25 de diciembre de 1895, cuando los hermanos Lumière hicieron la primera exhibición pública de sus películas, eran conscientes de lo lejos que iba a llegar aquella nueva industria que se acababa de poner en marcha. Seguramente no mucho, pues llegaron a afirmar en repetidas ocasiones que el cine es una invención sin ningún futuro, a pesar de que a ellos les aportó cuantiosos beneficios durante los pocos años que se dedicaron a filmar pequeños documentales con escenas de la vida cotidiana.
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Viaje a la Luna – Georges Méliès

Sin embargo, por suerte, no todo el mundo pensaba igual y hubo quienes supieron ver las muchas posibilidades que el cine podía ofrecer, de manera que no tardaron en surgir empresas que se dedicaron a la producción cinematográfica, como la Gaumont (Gaumont Film Company), que fue fundada en Francia en 1895 y que no sólo es la más antigua productora de cine que existe, sino también la primera que tuvo una mujer como directora; la Pathé (Société Pathé Frères), fundada también en Francia en 1896 por los hermanos Pathé y que se convirtió, en los primeros años del siglo XX, en la mayor productora de cine del mundo en aquel momento; o la empresa italiana Rossi & C. de Turín, que a partir de 1908 adoptaría el nombre de Itala Films por el que es más conocida actualmente. Empresas que empezaron produciendo películas sencillas, no muy largas, con medios muy limitados y rudimentarios en cuanto a vestuarios y decorados y, claro, sin sonido. Un cine mudo que se exhibía en las salas acompañado del sonido de un piano o una pequeña orquesta y un relator, una persona que iba narrando los hechos que acontecían en la película. No obstante, pronto empezarán a surgir nuevas ideas y aparecerán los efectos especiales de la mano, principalmente, del cineasta francés Georges Méliès, que nos dejará un importante legado de películas, entre las que destacan las de ciencia ficción, algunas de ellas inspiradas en la obra de Julio Verne como su célebre Viaje a la Luna, realizada nada menos que en el año 1902.

Auditorium Theatre – Toronto 1910 (William James)

En aquellos primeros tiempos, el cine europeo dominó el mercado internacional hasta la Primera Guerra Mundial, momento a partir del cual sería reemplazado por las producciones realizadas en Estados Unidos, donde el cine mudo había triunfado entre una población llena de inmigrantes de multitud de nacionalidades, muchos de los cuales no sabían hablar bien el inglés y, por tanto, no podían disfrutar de otros espectáculos, como el teatro. El cine mudo, en cambio, conseguía llegar más fácilmente a todos y supuso una vía de entretenimiento a la que supieron sacar partido los empresarios de las salas de teatro, que empezaron usándolo como complemento de su actividad. Aquel negocio, sin embargo, empezó a crecer de manera vertiginosa. Junto a las empresas productoras aparecieron las de distribución, completando así una cadena comercial que culminaba en las salas que ofrecían el nuevo espectáculo y que cada vez eran más numerosas. Salas que fueron conocidas con el nombre de Nickelodeon, desde que en 1905 Harry Davis y John P. Harris abrieron en Pittsburgh el primer teatro del mundo dedicado exclusivamente a la exhibición de espectáculos de imágenes en movimiento, en el que proyectaban películas en sesión continua por 5 centavos. Decidieron por ello llamarlo Nickelodeon, uniendo a la palabra nickel (por la que se conocía popularmente a la moneda de 5 centavos) la palabra odeon que, procedente del griego, significa teatro cubierto. Pronto, por todo el país, surgió un gran número de salas que no tardaron en copiar, tanto aquel novedoso sistema de sesión continua, como el nombre.

Thomas Alva Edison intentó tomar el control de aquel flamante negocio, basándose en los derechos de explotación de sus patentes. Para ello creó una compañía, asociándose a otras importantes empresas del sector, que durante algún tiempo dominó el mercado de la industria del cine, exigiendo el pago de derechos tanto a productores como a exhibidores. Sin embargo, el conflicto no tardaría en surgir, cuando algunos productores, denominados independientes, empezaron a hacer frente al oligopolio ejercido por Edison. Tratando de huir de su control, en los primeros años del siglo XX, el productor de origen alemán Carl Laemmle viajó hacia el oeste, a Los Ángeles, donde los largos días soleados facilitaban los rodajes con luz natural y, sobre todo, quedaba fuera del alcance de los inspectores de la compañía de Edison. Allí, en un pequeño pueblo llamado Hollywood, compró un antiguo rancho situado en el centro de la nada, 430 Km² de pastos, donde erigió una auténtica ciudad que albergaría al personal que iba a trabajar en sus películas. En ella establecía su empresa, que a partir de 1912 comenzó a llamarse Universal Studios.
No tardarían en seguir sus pasos muchos otros de los creadores de grandes estudios de cine como: Samuel Goldfish, que fundó en 1916, junto a los hermanos Selwyn, la compañía precursora de la actual Metro-Goldwyn-Mayer; los hermanos Warner, que se establecieron en 1918 y fueron los creadores de Warner Bros Entertainment; los hermanos Cohn, que creaban en 1919 la empresa predecesora de la actual Columbia PicturesAdolph Zukor, que había fundado en 1908 la Paramount PicturesWilliam Fox, que en 1915 creaba el embrión de la que hoy es Twentieth Century Fox; y, como no, los hermanos Walter y Roy Disney, que en 1923 fundaban The Walt Disney Company.
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Todos ellos y muchos otros convertirían a Hollywood en la Meca de una industria que, hoy en día, ya nadie duda en considerar un arte, el Séptimo Arte.
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Una historia de Cine

El físico y matemático Alhacén, nacido en la localidad iraquí de Basora en el año 965, fue el primero en describirnos, en su libro Tratado Óptico, el funcionamiento de lo que hoy conocemos como Cámara Oscura, instrumento que sería el precursor de las actuales cámaras fotográficas.

Boulevard du Temple – Louis Daguerre – 1838

En 1839, el francés Louis Daguerre, presentaba oficialmente la primera técnica fotográfica, un procedimiento en cuyo desarrollo llevaba trabajando varios años y al que denominó Daguerrotipo. El propio Daguerre tomó en 1838 la que está considerada como la primera fotografía de la historia en la que aparece una persona viva. Se trata de una imagen del Boulevard du Temple, en París, en la que, debido al largo tiempo de exposición necesario, unos diez minutos, no aparecen las personas que circulaban por la calle en aquel momento, tan sólo quedaron registradas las imágenes de algunos que permanecieron más tiempo en el mismo lugar, un hombre al que un limpiabotas le lustraba los zapatos y otro que estaba sentado leyendo un periódico.

Aquello no hacía más que comenzar, la posibilidad de capturar la imagen de un lugar o de una persona, poder guardarla y quedarnos para siempre con aquel recuerdo, era algo que tendría un éxito inmediato en todo el mundo y pronto se empezarían a desarrollar todo tipo de técnicas y materiales que ayudarían a modernizar aquel interesante descubrimiento, desde la aparición de los negativos fotográficos hasta la fotografía digital de hoy en día.

En 1872 surgiría un curioso debate entre los aficionados a las carreras de caballos en California. Algunos defendían la teoría de que, en plena carrera, los caballos llegaban a tener durante un instante los cuatro cascos en el aire, sin apoyar ninguno de ellos en el suelo, mientras que otros defendían todo lo contrario. Como a simple vista era algo imposible de demostrar, se le encargó al fotógrafo británico Eadweard Muybridge que tratara de captar con su cámara la imagen que pudiera probar aquella teoría. Fue una tarea complicada. Después de algunos fracasos y varios años de trabajo, Muybridge  conseguiría demostrar que, efectivamente, los caballos mantenían por un instante las cuatro patas en el aire. Durante aquel tiempo, desarrolló una técnica consistente en colocar hasta 50 cámaras fotográficas distribuidas a lo largo de la pista en diferentes ángulos, con las que captó una serie de imágenes del animal en pleno movimiento. Estamos, sin duda, en los inicios de lo que hoy conocemos como Cine.

A partir de aquella experiencia, Muybridge creó en 1879 el Zoopraxiscopio, un artefacto que proyectaba imágenes situadas en discos de cristal giratorios en una rápida sucesión, que conseguían transmitir la sensación de movimiento. Aquellas ideas le servirían de inspiración a Thomas Alva Edison para un invento cuya patente registró con el nombre de Quinetoscopio, una máquina desarrollada en sus talleres por William Kennedy Laurie Dickson, con la que pretendían hacer para los ojos aquello que el fonógrafo hace para los oídos. Aquel artefacto fue el precursor de los modernos proyectores cinematográficos y con él se registró en 1894 en el primer estudio cinematográfico que hubo, al que llamaron Black María, una de las primeras imágenes que se conservan de la historia del cine: el estornudo de Fred Ott, un mecánico del equipo de Edison al que le habían dado un pañuelo impregnado en rapé para provocarle el estornudo y grabar así una escena de cuatro segundos que lo iba a convertir en la primera celebridad cinematográfica de la historia, aunque no fue esta la película más antigua de la que se tiene noticia, ese honor lo ostenta una escena de apenas dos segundos de duración, conocida como la escena de El jardín de Roundhay, filmada en 1888 por el inventor francés Louis Le Prince.

   

Edison desempeñó, además, un importante papel en el desarrollo del celuloide, la película de nitrato de celulosa sobre la que se impresionaban las imágenes, que comercializó a partir de 1889 en un formato de 35 mm, pero que no pudo patentar porque ya lo había hecho por entonces George Eastman, creador de Kodak.

Sin embargo, la historia del cine se fundamentará sobre otro ilustre apellido, en este caso de origen francés: Lumière. Al tiempo que Edison desarrollaba sus ideas en Estados Unidos, en Francia, los hermanos Auguste y Louis Lumière creaban un aparato, capaz de filmar y proyectar imágenes en movimiento, con el que en 1894 grabaron sus primeras películas y que patentaron ese mismo año con el nombre de Cinematógrafo. El 28 de diciembre de 1895, tras varias presentaciones en diversas sociedades científicas, los hermanos Lumière celebraron la primera exhibición comercial y pública de su invento. Un acontecimiento que tuvo lugar en el Salon indien du Gran Café en el Boulevard des Capucines de París, al que asistieron 35 espectadores que pagaron un franco cada uno, para ver la proyección durante unos veinte minutos de diez pequeños cortometrajes grabados por ambos hermanos, entre los que destaca La salida de los obreros de la fábrica Lumière.

Aquel sería el primer paso de una industria que en su primer acto comercial recaudó 35 francos, pero que hoy en día mueve ingentes cantidades de dinero en todo el mundo. Una industria, con una historia también muy interesante, que merece que pronto le dediquemos otro artículo.

Los Cuadernos de Urogallo
 
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Publicado por en 10 octubre, 2012 en Artículos