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Archivos Mensuales: marzo 2012

Anonymous

Máscara de Guy Fawkes

Desde hace unos años, existe un movimiento que desarrolla diferentes acciones pacíficas de protesta a favor de la libertad de expresión. Defensores de la libertad para unos, piratas informáticos para otros, se trata de un movimiento sin líderes conocidos y sin una organización definida, formado por grupos o individuos no identificados que, aprovechándose de la rapidez a la que puede viajar la información a través de la red, actúan de forma anónima, utilizando Internet para organizarse a través de diversas webs, chats y redes sociales, en lo que se ha denominado ciberactivismo. Sus acciones suelen ir dirigidas a gobiernos y organizaciones privadas o estatales, amparándose siempre tras el lema de que “el conocimiento es libre” y proclamando abiertamente la libertad de información, con la intención de conseguir que Internet esté libre de todo tipo de control que pueda ejercer cualquier gobierno, empresa o corporación. 

Actúan bajo el seudónimo de Anonymous, un término que tiene su origen en el anonimato que protege a los usuarios que publican imágenes o comentarios en los foros y tablones de imágenes de Internet. Su ámbito de actuación no se limita sólo a la red, sino que también llevan sus protestas a la calle, participando activamente de manera pacífica en manifestaciones, a las que acuden ocultando sus rostros tras una característica máscara que, sin duda, se ha convertido en símbolo de este movimiento, a la vez que mantiene el anonimato de sus portadores. Una máscara que tiene una interesante historia, que se remonta nada menos que a principios del siglo XVII.

En aquellos tiempos, el catolicismo sufría una continua persecución por parte de las autoridades británicas, desde la instauración de la Iglesia Anglicana tras la reforma protestante. Muchos eran los ciudadanos que rechazaban enérgicamente aquella situación. Uno de ellos fue Guy Fawkes, un católico nacido en York en 1570, que había pasado diez años luchando del lado de las tropas españolas en los Países Bajos y que, harto de la represión a la que los partidarios de su fe estaban siendo sometidos, decidió participar de una manera más activa contra aquella opresión.

Así, entró a formar parte del grupo de trece personas que desarrolló un complot que pasaría a la historia con el nombre de “Conspiración de la Pólvora“, cuyo objetivo consistía en asesinar al rey Jacobo I de Inglaterra, a sus familiares y a todos los miembros de la Cámara de los Lores, colocando una enorme cantidad de pólvora bajo el suelo del Parlamento británico, para hacerlo volar por los aires el 5 de noviembre de 1605, durante su apertura. Para ello alquilaron un local bajo el edificio, en el que fueron amontonando hasta un total de treinta y seis barriles de pólvora. Sin embargo, una carta dirigida a un miembro católico del Parlamento, advirtiéndole de que no acudiera al día siguiente, alertó a las autoridades que procedieron a registrar exhaustivamente las inmediaciones del edificio la noche anterior al acto, localizando a Fawkes cuando se encontraba en el local ultimando los preparativos del golpe. Tras ser arrestado y torturado, fue juzgado y condenado a la horca, en la que fue ejecutado en Londres el 31 de enero de 1606. Su cuerpo, descuartizado, se repartió por las cuatro esquinas del reino como advertencia a otros conspiradores.

Durante años, el Reino Unido celebró cada 5 de noviembre el fracaso de aquel atentado, en la que se conocía como Guy Fawkes Night o Bonfire Night, una noche durante la cual el cielo se llenaba de fuegos artificiales y las calles de hogueras donde se quemaban los “Guys“, unos muñecos con la imagen de Guy Fawkes. Aquella imagen cobrará notoriedad cuatro siglos después de su muerte, a raíz de la publicación del cómic futurista “V de Vendetta”, de Alan Moore y David Lloyd, en el que el protagonista se esconde tras una máscara con la cara de Fawkes. Cómic que más tarde sería llevado a la gran pantalla en una estupenda película del mismo título dirigida por James Mcteigue.

Cuatro siglos atrás, Guy Fawkes fue la cara conocida de una revuelta que en todo momento trató de permanecer en la sombra. Ahora, como entonces, su imagen vuelve una vez más a ser la cara visible de un movimiento que trata, sobre todo, de mantenerse en el anonimato.

Los Cuadernos de Urogallo
 
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Publicado por en 26 marzo, 2012 en Artículos

 

El Día de la Pepa

En octubre de 1807, con el pretexto de invadir Portugal y el beneplácito de la corona española, las tropas francesas de Napoleón entran en España. Sin embargo, sus intenciones van más allá y pronto comienza la ocupación, una a una, de las principales ciudades españolas y la designación de José Bonaparte, hermano del emperador francés, como rey de España. La resistencia del pueblo español no se hizo esperar y muchas fueron las ciudades que con arrojo y decisión plantaron cara al invasor, protagonizando sangrientas batallas, trágicos episodios de una Guerra de Independencia que iba a durar hasta 1814.
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Ante el avance napoleónico, en 1810 se celebra la primera sesión de las Cortes Extraordinarias y Constituyentes en la que, por entonces, se denominaba Isla de León, actualmente San Fernando, aunque posteriormente se trasladarían a Cádiz. Allí, se reunieron los diputados electos, tanto de la península como de los territorios de ultramar, así como los que habían sido elegidos para representar a aquellas provincias ocupadas por las tropas invasoras. Todos ellos, algo más de trescientos, de los que casi sesenta eran americanos, comenzaron a sentar las bases de la que sería la primera Constitución de la historia de España.
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Así, la ciudad más antigua de España, mientras resistía el asedio de los franceses que durante treinta meses la sitiaron inútilmente, gracias a la valiente defensa que hicieron los gaditanos, asistía a la gestación y nacimiento de una Constitución que sería promulgada en Cádiz el día 19 de marzo de 1812, día de San José que aportaría a tan importante documento el sobrenombre de “la Pepa“, por el que fue conocida popularmente. Una Carta Magna que asentaba los tres pilares fundamentales de la nueva monarquía constitucional: la división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial); la garantía jurídica de los derechos y libertades de los ciudadanos y el imperio de la ley, con la consiguiente sumisión al principio de legalidad.
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Tras la derrota y expulsión definitiva de los franceses en 1814, Fernando VII, a su vuelta a España, derogó esta Constitución, que se volvería a aplicar entre 1820 y 1823 y, un breve espacio de tiempo, entre 1836 y 1837. Una corta vida para un documento que trajo importantes logros, como la independencia de la justicia, la libertad de prensa o la supresión absoluta de la Inquisición. Un documento en el que quedaron consagrados algunos de los principios y derechos fundamentales que rigen hoy en día la vida de los españoles.
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La esperanza que aquella Constitución transmitía sobre un nuevo tiempo de libertad y la euforia por la retirada de los franceses, tras el drama al que habían estado sometidos los ciudadanos de Cádiz durante aquel trágico asedio, en el que incluso muchos de aquellos diputados habían perecido víctimas de los ataques y de la fiebre amarilla que asoló la ciudad, llevó a los gaditanos a salir a las calles a celebrar la ansiada liberación de la ciudad con un grito que resonó de manera casi unísona: ¡Viva la Pepa!.
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Publicado por en 19 marzo, 2012 en Artículos

 

Rossini: la vida entre dos pasiones

El año bisiesto, es algo que ocurre para mantener sincronizado nuestro calendario con el año astronómico y estacional y consiste en sumar un día cada cuatro años, día que correspondería al 29 de febrero. Sucede entonces algo muy curioso, que todos los que nacen ese día sólo pueden celebrar su cumpleaños una vez cada cuatro años. Desgraciadamente para ellos, no quiere decir eso que el tiempo les pase de una manera diferente, no. Los años les van a ir pesando como a los demás. Son las celebraciones las que se distancian y, claro, se pierden las fiestas correspondientes, los regalos y todo lo demás. Para algunas personas, poco amigas de las celebraciones, no será un problema, sino todo lo contrario. En cambio, a una gran mayoría no les hace mucha gracia. Por eso, algunos que disfrutan a lo grande celebrando su cumpleaños, cuando sólo lo pueden hacer en tan pocas ocasiones, lo hacen por todo lo alto, como era el caso de nuestro protagonista de hoy: Gioacchino Rossini.
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Pues sí, un 29 de febrero del año 1792 venía al mundo, en la ciudad italiana de Pésaro, este célebre compositor al que pusieron de nombre Giovacchino Antonio Rossini. Hijo de una cantante y un cornista, estuvo, lógicamente, muy influenciado por la música desde que nació y no tardó mucho en demostrar su talento para este bello arte. A los dieciséis años ganaba un premio por una cantata que había compuesto y a los dieciocho estrenaba en Venecia su primera ópera, lo que no debería de extrañar, pues ya había escrito una con tan sólo catorce años. Así, pronto sus obras empezaron a tener éxito, destacando especialmente en la ópera buffa, subgénero operístico caracterizado por su temática cómica. “El Barbero de Sevilla” no sólo es su obra más célebre, sino que también es una gran obra maestra, considerada por muchos como la más importante ópera buffa que ha sido compuesta hasta ahora, a pesar de que en sus primeras representaciones cosechó un sonoro fracaso. Rossini fue un compositor muy prolífico, con un gran número de óperas compuestas, no sólo buffas sino también óperas serias. Gozaba de un particular dominio de la estructura vocal y sus obras tenían las notas exactas para las voces que las iban a interpretar, no faltaba ninguna, ni tampoco sobraba, eran, sencillamente, perfectas. Sin embargo, tras terminar la composición de “Guillermo Tell“, por la que recibió una pensión vitalicia del gobierno francés y, cuando tan sólo contaba con treinta y ocho años, decidió misteriosamente dejar de escribir óperas y no volvió a crear ninguna más en las casi cuatro décadas que aún vivió.

Sin problemas económicos, ya que los ingresos que tenía por derechos de autor lo convertían en uno de los hombres más ricos de su época, el resto de sus días los dedicó a disfrutar de la vida cuanto pudo. Rossini era un personaje simpático y divertido, que además de la música tenía otra gran pasión: la cocina. Le encantaba comer, le encantaba cocinar y hacía muy bien ambas cosas. Así pues, durante esos años, la gastronomía ocupó un importante lugar en su vida. Fueron famosas las cenas que celebraba los sábados en su casa. A ellas asistían las más importantes figuras de la música y la literatura del París del momento, a los que recibía siempre vestido con una especie de sotana y haciendo gala siempre de su buen humor y su agudeza de ingenio. De la misma manera, eran también conocidas en toda Europa sus excursiones gastronómicas, hasta el punto de que, en uno de sus viajes a Madrid, se organizó un concurso que duró diez días para ver quién daba mejor de comer a Rossini.

Durante esa última etapa de su vida, que estuvo marcada por numerosas enfermedades, algunas de las cuales eran más producto de su naturaleza hipocondríaca que reales, siguió manteniendo el contacto con la música, por supuesto, y, aunque no volvió a componer más óperas, siguió creando pequeñas piezas musicales, muchas de ellas religiosas. Murió en Passy, cerca de París, el 13 de noviembre de 1868, después de haber disfrutado de una vida feliz, dejando una cuantiosa herencia económica, parte de la cual había destinado a la creación de un asilo para músicos retirados. Sin embargo, aunque no tan material, nos dejó otro magnífico legado del que puede disfrutar todo el mundo: de su talento, nos quedó su amplia obra musical; de su afición por la gastronomía, el Tournedos y los Canelones Rossini, ambos platos son dos delicatessen que deben estar elaborados siempre con trufas y un buen foie, los dos productos que más entusiasmaban a este genio de la música y los fogones, que no dudaba en reconocer: “que le hubiera encantado ser charcutero, pero estuvo mal dirigido”.

La historia de estas dos recetas nos servirá para inaugurar nuestro Blog de cocina.
Si desea conocerla, puede visitarnos en blogspot o en wordpress:
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Los Cuadernos de Urogallo
 
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Publicado por en 12 marzo, 2012 en La Música

 

La Infantería de Marina

La Infantería de Marina

Cuando oímos hablar de Infantería de Marina, a muchos nos viene a la cabeza la imagen de esos Marines norteamericanos que el cine se ha encargado de darnos a conocer, soldados que desembarcan de sus lanchas anfibias en aquellas playas de Normandía durante el “Día más largo”, aquel 6 de junio de 1944 en el que miles de hombres perdían la vida, muchos de ellos sin apenas salir del agua. No cabe duda de que, posiblemente, sean los estadounidenses quienes más y mejor han sabido promocionar a ese cuerpo, pero no fueron ellos quienes lo crearon, sino los españoles, nada menos que en el año 1537.

En 1534, Carlos I, basándose en las coronelías creadas anteriormente por el Gran Capitán, decide organizar las tropas asentadas en las posesiones españolas de Italia en tres Tercios, el de Sicilia, el de Lombardía y el de Nápoles, a los que se une en 1536 el Tercio de Cerdeña, todos ellos conocidos más tarde como Tercios Viejos. En aquella época, como había sucedido durante muchos años, los soldados de infantería iban embarcados en los navíos para entrar en acción con sus armas tras el choque entre barcos rivales, convirtiendo las batallas navales en lo que sería una prolongación de la lucha en tierra firme. Era por tanto fundamental disponer de tropas habituadas a la vida en el mar, soldados que no le tuvieran miedo y que no se mareasen en los periodos de navegación, además de estar bien preparados en el uso de armas de fuego y en la lucha cuerpo a cuerpo, por lo que se creó en 1537 el Tercio Nuevo de la Mar de Nápoles, con fuerzas de infantería permanente y especialmente entrenadas para el combate en galeras. Fue la primera Infantería de Marina de la historia y el origen de la que existe actualmente. Más tarde, se establecería un número de 125 hombres de guarnición por cada buque, que incluía un capitán, un alférez, un sargento, un pífano (flautín) y un tambor, además, Felipe II se ocuparía de conferir un mayor poder naval sobre la costa, mediante tropas que eran capaces de asaltarla partiendo de naves, sin deterioro de su capacidad de combate, dando lugar al actual concepto de fuerza de desembarco.

 Desde entonces, la historia de este glorioso cuerpo, acostumbrado a actuar como punta de lanza en arriesgadas operaciones de ocupación de playas y tramos de costa, donde no hay más retaguardia que el mar, está unida a un sinfín de contiendas, como los ya lejanos enfrentamientos con los turcos en Argel en el siglo XVI; la célebre batalla de Lepanto, donde fueron los Infantes de Marina de la galera “Real” los primeros en abordar la galera “Sultana” en la que viajaba Ali Pasha, comandante en jefe de la flota otomana, para proporcionar a la Liga Santa una victoria memorable “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”; en 1762 combatieron en La Habana, defendiendo heroicamente el Castillo del Morro frente a los ingleses, lo que les valió la consideración de Cuerpo Real, como así lo demuestran las dos franjas rojas de su pantalón azul (distintivo exclusivo de la Infantería de Marina y la Guardia Real); en 1814 los Batallones de Marina Ferrolanos, que perseguían a las tropas napoleónicas que huían de España, ocuparon la localidad francesa de Toulouse; a principios del siglo XX tomaron parte en las contiendas de África, con el desembarco de Larache en 1911, Alhucemas en 1925 y la defensa de Ifni en 1957; en fin un gran número de intervenciones de las que aquí sólo podemos mencionar unas pocas, pero que se podrían completar con campañas más recientes como Bosnia, Haití, Océano Índico, Líbano o Afganistán.

Sin duda, un encomiable historial para un cuerpo del que formaron parte personajes tan ilustres como Miguel de Cervantes o Calderón de la Barca y que acogió en 1793 a la primera mujer Infante de Marina de la historia, Ana María de Soto, que se incorporó al cuerpo haciéndose pasar por un hombre llamado Antonio de Soto y participó en un gran número de combates durante los cinco años que duró su valiente aventura, hasta que un rutinario reconocimiento médico desveló su secreto. Se le ordenó entonces desembarcar, en medio del asombro y la admiración de todos sus compañeros y superiores, que no dudaron en proponer su distinción, por lo que le fue concedida una pensión vitalicia por su heroicidad y su conducta intachable. Una mujer que defendió con orgullo el lema de esta Infantería de Marina que cumplió 475 años el 27 de febrero de 2012:

Ser valiente por tierra y por mar“.