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Archivos Mensuales: enero 2012

Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe

Durante sesenta años, cada 19 de enero, un enigmático personaje ha depositado tres rosas y una botella mediada de coñac junto a una tumba del cementerio de la iglesia de Westminster, en Baltimore, concretamente junto a la tumba del que fue, sin duda alguna, el gran maestro de los relatos de misterio y de terror: Edgar Allan Poe.

Este insigne personaje de la literatura universal, nacía en Boston una fría noche de invierno de 1809. Sus padres, David y Elizabeth, formaban parte como actores de una compañía de teatro itinerante. Elizabeth, había seguido trabajando durante su embarazo y así, tras una función, en la madrugada del 19 de enero, daba a luz a un niño al que pusieron de nombre Edgar, como uno de los personajes de la obra “El rey Lear” que representaban por entonces. Edgar Poe Arnold fue el segundo de los tres hijos que tuvo aquella pareja de humildes actores, cuyas vidas, marcadas por el alcohol y la tuberculosis, pronto se truncaron, dejándolo huérfano con apenas tres años. Los Allan, una adinerada familia de comerciantes de origen escocés que vivía en Richmond, se hicieron cargo de él. Le dieron su apellido, lo criaron y lo quisieron como a un hijo, pese a que nunca lo adoptaron formalmente. Con ellos se trasladó a Gran Bretaña cuando tenía seis años. Allí, le causó una gran impresión el lúgubre aspecto de las casas de aquella época, haciéndole sentir en persona la sensación de inquietud y miedo que, hasta entonces, sólo conocía por los relatos góticos que acostumbraba a leer en las revistas inglesas de su padre. Así, empezaría a nacer en él una gran atracción hacia todo lo relacionado con el terror, que más tarde formará parte importante de su obra.
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Edgar fue un chico inteligente y un buen estudiante al que se le daban bien las matemáticas y la historia, además de ser un gran aficionado a los deportes. A su regreso a Estados Unidos, pocos años después, se enamoró por primera vez. Lo hizo de una viuda, madre de un amigo suyo, pero murió poco tiempo después, dejándolo sumido en una profunda melancolía y una depresión que, sin duda, a sus catorce años, ayudó a forjar su extraño carácter, pacífico, pero poco sociable. De esa época son sus primeros versos, inspirados en la obra de Lord Byron. Byron y Walter Scott fueron dos autores de importante referencia para Poe, de los que heredará el lirismo del primero y el estilo narrativo y argumental del segundo.
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A los dieciséis años se enamoró nuevamente. Lo hizo, en esa ocasión, de Sarah Elmira Royster,  una joven que vivía cerca de su casa. Sin embargo, su paso por la Universidad de Virginia le obligaba a separarse temporalmente de ella. Durante el breve periodo de tiempo que estuvo allí, apenas un año, tuvo su primer contacto con el alcohol. Con tan sólo diecisiete años, la bebida había empezado a ser una constante en su vida. Las continuas juergas y el juego le originaron grandes deudas, que le ocasionaron un serio enfrentamiento con su padre, con quien rompió toda relación. Dejó entonces la Universidad y, tras enterarse que Sarah se había casado con otro hombre, decidió marcharse a Boston donde malvivió como un vagabundo, trabajando ocasionalmente como dependiente y periodista, hasta que, incapaz de mantenerse por su cuenta, se alistó en el ejército con un nombre falso. Ese mismo año, 1827, con dieciocho años y ayudado por su madre, publicaba su primera obra, un libro de poemas que apenas se vendió. En 1829, tras dos años de vida militar, intentaba dejar el ejército, cuando recibió la noticia de la muerte de su madre, a la que siempre estuvo muy unido. Aquello fue otro gran golpe para él y su padre, apiadado por la situación, decidió ayudarle a licenciarse a cambio de que entrara en West Point, adonde llega en 1830. Un año después, no aguanta más allí y fuerza su expulsión, dejando atrás definitivamente su vida militar, de la que sólo conservará su grueso capote de cadete, que lo acompañará el resto de su vida. Desde entonces, intenta vivir de la escritura y va tirando como puede, hasta que en 1833 gana el primer premio en un concurso literario, por su relato “Manuscrito hallado en una botella“. Aquello suponía el impulso que necesitaba para seguir escribiendo y le abre las puertas para trabajar como periodista, con notable éxito además, pues sus relatos gustaban a la gente y el periódico en el que trabajaba pronto multiplicó su tirada gracias a él. En 1835 se casó en secreto con su prima Virginia Clemm, de tan sólo trece años. Son, probablemente, los mejores años de la vida de Poe, hasta que, de nuevo, la desgracia se ceba con él en 1842, cuando a su esposa le diagnostican tuberculosis. Aquella noticia lo hunde y, desesperado, busca refugio en la bebida durante unos años tormentosos, pese a lo cual sigue escribiendo y crea la que, seguramente, fue la obra cumbre de su vida: “El Cuervo“.
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Virginia muere en 1847 y él se entrega de manera definitiva al alcohol, por lo que lo despiden de los periódicos en los que trabaja y termina nuevamente arruinado. En esa época, vuelve a aparecer en su vida Sarah Elmira Royster, con la que retoma la antigua relación de su adolescencia. Ilusionado, Poe decide cambiar su vida y acuerda casarse con Sarah, pero, poco antes de la boda desaparece, hasta que, unos días después, lo encuentran borracho en un inmundo callejón de Baltimore, vestido con unas ropas que no eran suyas y desvariando por culpa del delírium trémens. Moría en el hospital cuatro días más tarde, el 7 de octubre de 1849, sin llegar a recobrar la lucidez y acertando tan sólo a decir una sencilla frase poco antes de expirar: “¡Que Dios ayude a mi pobre alma!”.
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Tumba de Edgar Allan Poe

Así le llegó la muerte, envuelta en misterio. Como si de uno de sus relatos se tratara, nadie supo nunca qué había sucedido en esos últimos días de su vida, que fueron y seguirán siendo una incógnita, probablemente, para siempre. De la misma manera, que lo es la identidad de la persona que depositó rosas y coñac junto a su tumba durante sesenta años. Un encargado de la casa-museo de Poe en Baltimore, declaró que él había tenido ocasión desde 1978 de ver cómo, cada 19 de enero, llegaba de madrugada un hombre con abrigo negro, bufanda blanca y sombrero de ala ancha. Un ritual que comenzó en el primer aniversario de su muerte y duró hasta el año 2009, en que aparecieron las rosas y el coñac por última vez. Tal vez, aquel misterioso personaje, no se encuentre en condiciones de seguir realizando su habitual ofrenda o, tal vez, la vida le diera ya la oportunidad de reunirse a compartir una botella con aquel al que honró año tras año.

Si es así, es posible que, al afrontar tan importante y duro momento, tuviera en cuenta las palabras de su homenajeado. Poe siempre decía que “A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”.

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Publicado por en 30 enero, 2012 en La Literatura

 

La gran aventura de Jeanne Baret

Jeanne Baret

El 15 de diciembre de 1766, la fragata Boudeuse partía del puerto francés de Brest. A ella se uniría, el 13 de junio de 1767 en Río de Janeiro, el buque de carga l´Etoile para poner rumbo juntos a una aventura de tres años, en la que sería la primera expedición francesa alrededor del mundo. El viaje, que buscaba dar prestigio a Francia, estaba organizado por el militar, explorador y navegante francés  Louis Antoine de Bougainville, quien debía cumplir, en primer lugar, la orden del rey francés Louis XV de entregar las islas Malvinas a los españoles y continuar después su periplo alrededor del mundo, explorando el Pacífico en busca de tierras que se pudieran colonizar y realizando diversos estudios científicos. Para ello, Bougainville, se hizo acompañar por el cartógrafo Charles Routier de Romainville, el astrónomo Pierre-Antoine Véron y el botánico y naturalista Philibert Royale Commerson, quien había contratado, por referencias, a un joven para que lo ayudara en los diversos trabajos de campo que tendría que realizar. Hasta ahí todo normal, si no fuera porque aquel joven no era “un joven”, sino una mujer.

Jeanne Baret, que así se llamaba, había nacido en 1740 y creció en un ambiente dominado por la pobreza y el hambre, teniendo que trabajar muy duro para superar un sinfín de dificultades. Así, cuando en 1760 llegó para hacerse cargo de la casa de Commerson, tras la muerte de su esposa, no podía ni siquiera imaginarse la aventura que la vida le reservaba pocos años después. Aquella relación, que había empezado siendo laboral, terminaría convirtiéndose con el tiempo en una relación sentimental de la que incluso, según parece, nació un niño que fue entregado en adopción. Cuando Commerson fue contratado por Bougainville para aquel largo viaje alrededor del mundo, él y Jeanne decidieron realizarlo juntos, pero no iba a resultarles fácil, pues ni las ordenanzas reales permitían que las mujeres se enrolaran en los barcos de la Corona, ni lo permitirían los tripulantes de las naves, temerosos de las supersticiones populares, que aseguraban que las mujeres a bordo traían mala suerte. Urdieron entonces un arriesgado plan: Commerson pidió poder contratar como ayudante a un joven del que tenía muy buenas referencias y así, Jeanne viajó por separado en la nave l´Etoile, disfrazada de hombre y simulando no conocer a quien la había contratado, hasta que se presentó ante él con el nombre de Jean Barré.

Fragata La Boudeuse

Jeanne se tomó su trabajo muy en serio y no sólo acompañó a Commerson en sus expediciones para recoger muestras por pantanos, selvas y bosques de Brasil, el Estrecho de Magallanes, Tahití o Madagascar, sino que, incluso, durante una época en la que el científico cayó enfermo, ella sola se encargó de realizar todo el trabajo de recolección, clasificación y conservación de los ejemplares recogidos, convirtiéndose en una experta botánica. Un trabajo excepcional para una mujer, en un tiempo en el que el género femenino no tenía acceso a la investigación científica y teniendo además que mantener continuamente oculta su identidad, en un ambiente de hombres donde no tardaron en aparecer comentarios jocosos sobre su cara imberbe, sus gestos afeminados y su forma de vestir o las sospechas que levantaba el que siempre buscara un lugar apartado para hacer sus necesidades. Sin embargo, su secreto se mantuvo hasta que llegaron a Tahití, donde los indígenas tahitianos descubrieron que era una mujer nada más verla. No tuvo más remedio entonces que confesar la verdad y Bougainville, para evitar los problemas que aquel suceso les podría acarrear a su regreso a Francia, hizo que Commerson y ella desembarcaran el 8 de noviembre de 1768 en Mauricio, con toda su colección de historia natural, no sin antes reconocerle el excelente trabajo que había realizado y el ejemplar comportamiento que había tenido durante su estancia en el barco.

Allí, en Mauricio, muere en 1773 Philibert Commerson y Jeanne queda en una situación bastante precaria. Para subsistir, abrió un cabaret en la capital de la isla, Port Louis, pero pronto tuvo problemas con la comunidad de la colonia por servir alcohol los domingos. Conoció entonces a un militar con el que se casó y así pudo obtener la autorización para volver a Francia, a donde llegó en 1776 con todas las cajas que contenían la colección de plantas recogidas durante su viaje. En 1785 le fue reconocida oficialmente su labor en la expedición de Bougainville y el rey le concedió una pensión. Jeanne Baret, se había convertido en la primera mujer que dio la vuelta al mundo, realizando, además, una gran parte de la labor científica de la expedición, durante la que se recogieron unos 6000 ejemplares de plantas. Entre ellas había una de bonitas y coloridas flores que fue llamada “buganvilla”, en honor a Louis Antoine de Bougainville, comandante de la expedición. Unas 70 especies fueron bautizadas posteriormente con el nombre “commersonii” en honor a Philibert Commerson. Nunca, ninguna de ellas, llevó el nombre de nuestra protagonista, hasta que su historia llegó a oídos del botánico de la Universidad de Utah, Eric J. Tepe, quien escuchó en la radio una entrevista que le hicieron a la profesora de la Universidad de Louisville, Glynis Ridley, autora de un hermoso libro sobre la vida de Baret titulado “The Discovery of Jeanne Baret“. Tepe decidió entonces poner fin a aquella injusticia, dedicándole a Jeanne una especie descubierta por él mismo, una planta trepadora que se encuentra en el sur de Ecuador y en el norte de Perú, a la que llamó “Solanum baretiae” en honor de aquella mujer a la que no dudó en calificar de “…gran botánica y exploradora por derecho propio”.

Los Cuadernos de Urogallo
 
 

Esos genios desconocidos

Manuel Jalón

A mediados de diciembre de 2011, nos llegaba por un pequeño titular de prensa, que fácilmente podría pasar desapercibido, la noticia de la muerte de Manuel Jalón. Así, de mano, a la mayoría no nos dice nada ese nombre, pero la cosa cambia cuando seguimos leyendo y descubrimos que Manuel Jalón forma parte de la historia por ser el inventor de un artículo que, sin duda, nos ha facilitado mucho la vida: la fregona.

Algunos, tenemos edad suficiente para haber visto a nuestras madres y abuelas machacarse las rodillas y los riñones fregando los suelos de casa, con la única ayuda de una pequeña almohadilla sobre la que arrodillarse y escurriendo a mano, una y otra vez, una bayeta que pronto había cambiado su color original, por un sucio gris que ya nunca más iba a abandonar. Sin embargo, todo empezará a cambiar cuando en 1956, este ingeniero aeronáutico que nació en Logroño en 1925 y que pasó la mayor parte de su vida en Zaragoza, hizo caso de la sugerencia de un amigo que, mientras tomaban algo en un bar y se fijaban en una mujer que fregaba el suelo del establecimiento, le dijo que debería dejar de pensar en componentes aeronáuticos e inventar algo para que las mujeres pudieran fregar de pie. Recordó entonces un artilugio que había visto en Estados Unidos, cuando realizaba un curso de mantenimiento de aviones. Se trataba de un original cubo metálico dotado de dos rodillos de madera, que permitían escurrir las bayetas mojadas con que se limpiaban los hangares. Inspirado en aquello, desarrolló los primeros proyectos de su ingenio. La simple idea de poner un palo de escoba a un manojo de tiras de algodón y escurrirlo en un cubo dotado de unos rodillos accionados por un pedal, iba a cambiar radicalmente los hábitos de limpieza existentes en aquellos días, sobre todo con la llegada del primer modelo de uso doméstico en 1964, que no sólo iba a dignificar, sino también hacer mucho más cómodo el trabajo de millones de mujeres, además de prevenir muchas enfermedades producidas en rodillas y espalda, por la postura, y en las manos, por el contacto continuado con la lejía.
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Sin embargo, en su momento, fue necesaria una gran labor comercial para dar a conocer aquel novedoso artículo, teniendo que recorrer una por una cada tienda para presentarlo y el comerciante, a su vez, hacer demostraciones a cada cliente que pasaba por la tienda para poder venderlo. No obstante, pronto iba a hacerse un sitio en los hogares españoles, viajando además a otros países de la mano de turistas y emigrantes que, cuando se iban de España, llevaban consigo muestras de tan práctico utensilio. Hoy en día es algo de uso común en cualquier casa, millones de personas la utilizan en todo el mundo y ni siquiera puedo pararme a pensar en como haríamos si no existiera este artículo, al que su creador llamó “lavasuelos”, pero su primer vendedor, Enrique Falcón, bautizó como “fregona“, expresión por la que se conocía a la mujer que fregaba los suelos.
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Manuel Jalón, además de la fregona, desarrolló el diseño de una jeringuilla desechable, de la que diariamente se utilizan millones de unidades en todo el mundo. Como él, muchos otros personajes han enriquecido la historia de este país con su creatividad, colaborando con sus inventos y sus ideas a hacernos la vida un poco más fácil. Algunos son bastante conocidos. De otros, en cambio, sus nombres resultan desconocidos para la inmensa mayoría de nosotros.
Así, podemos recordar aquí a algunos de ellos como:
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Talgo 1 de Alejandro Goicoechea

– Alejandro Goicoechea, nacido en Elorrio (Vizcaya) en 1895, que creó un tren articulado muy ligero, indescarrilable y que alcanzaba grandes velocidades sin apenas riesgo, el Talgo.

– Narciso Monturiol, nacido en Figueras (Gerona) en 1819, creador del primer buque sumergible.

– Isaac Peral, nacido en Cartagena (Murcia) en 1851, creador del primer submarino propulsado por energía eléctrica.
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– Juan de la Cierva, nacido en Murcia en 1895, creador del autogiro, precursor del helicóptero moderno.
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– Jerónimo de Ayanz, nacido en Guenduláin (Navarra) en 1553, pionero en el desarrollo y construcción de la máquina de vapor.
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– Enric Bernat, nacido en Barcelona en 1923, que, aunque no fue el creador de los caramelos con palo, pues ya se utilizaban anteriormente, sí tuvo un gran éxito en la comercialización del producto que se le ocurrió fabricar, cuando se fijó en que los niños para hablar y jugar se sacaban los caramelos de la boca: el Chupa Chups, golosina que hoy en día se vende en casi todo el mundo.
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Spanish Aerocar de Torres-Quevedo

– Leonardo Torres-Quevedo, nacido en Santa Cruz de Iguña (Cantabria) en 1851, cuyas ideas contribuyeron a mejorar el funcionamiento de teleféricos y funiculares, ideando y creando algunos tan importantes como el que cruza las cataratas del Niágara. Además, desarrolló un modelo de máquina taquigráficamáquinas de escribircalculadoras, una máquina de juego automático de ajedrez y un curioso ingenio al que llamó telekino, que permitía controlar mediante ondas hertzianas a otro aparato que estuviera situado más lejos, es decir, el origen del mando a distancia.

– Manuel Vicente García, nacido en Zafra (Badajoz) en 1805, un cantante de ópera y profesor de canto, tan preocupado porque sus alumnos aprendieran a respirar correctamente, que ideó un artilugio para poder visualizar la laringe y comprender su funcionamiento y que, desde entonces, sería de gran utilidad para la medicina: el laringoscopio.
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– Emilio Herrera, nacido en Granada en 1879, diseñó la escafandra estratonáutica, un traje presurizado que fue el precedente de los trajes espaciales.
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Además, también podríamos hablar aquí de la grapadora diseñada y fabricada por Juan Solozabal y Juan Olave, cuando la fábrica de armas El Casco, que ellos habían fundado en 1920 en Eibar (Guipuzcoa), tuvo  la necesidad de reconvertirse debido a la crisis y buscar nuevas líneas de trabajo. No fue la primera grapadora de la historia, pero sí el modelo de sobremesa más utilizado durante la segunda mitad del siglo XX y aún hoy es el más apreciado. De su fábrica salió, además, un popular  afilalápices mecánico que diseñó Ignacio Urresti en 1945.
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De anónimos creadores, pero de origen español, podemos citar algunos artículos tan populares como: el Botijo, la Bota de Vino típica de Navarra o el Porrón, originario de Cataluña y que debe su nombre a su parecido, en la forma, a una variedad de pato buceador. Además, cómo no, la guitarra; la navaja, que parece ser que apareció en el siglo XVI, cuando Carlos I prohibió por ley llevar espada a quienes no pertenecieran a la nobleza;  o el cigarrillo, originado también en el siglo XVI, cuando los mendigos de Sevilla empezaron a aprovechar los desperdicios de tabaco, liándolos en papel de arroz.
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Máquina de Santi Trias

Unos días antes de la publicación de este artículo, podíamos leer en la prensa que un catalán, Santi Trias Bonet, había inventado una máquina capaz de producir energía a partir de la presión que se genera en una columna de agua, una energía 100% limpia, que no contamina. Desde aquí, queremos desearle tanto éxito como el que Jalón tuvo con su fregona y que, no tardando mucho, haya millones de máquinas repartidas por todo el mundo que nos libren, de una vez por todas, de nuestra dependencia de los combustibles fósiles que tanto ensucian nuestro planeta.

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Nicolás Copérnico

Nicolás Copérnico

En el año 2005 se descubría una tumba bajo un tilo en la Catedral de Frombork, en Polonia. Tras someter los restos encontrados a un examen de ADN y compararlos con el de un pelo hallado en un libro perteneciente a Nicolás Copérnico, se llegó a la conclusión de que, efectivamente, aquellos restos correspondían al célebre científico polaco fallecido el 24 de mayo de 1543 .

Nicolás Copérnico nacía en Polonia, en la localidad de Torun, un 19 de febrero de 1473, en el seno de una acomodada familia de comerciantes. Tras quedar huérfano a los diez años, se hizo cargo de su educación un tío materno, canónigo de la catedral de Frauenburg. Así, comenzó su formación en la Universidad de Cracovia y más tarde viajó a Italia para estudiar medicina y derecho canónico en la Universidad de Bolonia, donde recibió la influencia del humanismo italiano y se instruyó en los clásicos. De regreso a su país ocupó un cargo como consejero de su tío, que por entonces ya era obispo. A la muerte de éste, se encargó de la administración de los bienes del cabildo, oficio que desempeñó durante el resto de su vida.

Copérnico fue uno de los principales impulsores de lo que más tarde se conoció como Revolución Científica, un periodo de la historia entre los siglos XVI y XVIII, durante el cual surgirán nuevas ideas en los diferentes campos de la ciencia, que desplazarán los viejos conceptos medievales vigentes durante siglos y servirán como fundamento de la ciencia moderna.

Mapa Mundi a partir de la Geographia de Ptolomeo

Durante su estancia en Italia, Copérnico tomó contacto con el mundo de la astronomía que, en aquella época, se regía por las viejas teorías geocéntricas surgidas en la antigua Grecia allá por el siglo VI a. de C. y planteadas por hombres como Tales, Anaxímenes o Anaximandro, que habían buscado en la propia naturaleza, y no recurriendo a los dioses como se había hecho hasta entonces, una explicación al origen de aquellos fenómenos que formaban parte de la vida cotidiana. Así, el geocentrismo defendía, básicamente, que la Tierra se encontraba en el centro del Universo, cubierta por una cúpula donde estaban las estrellas y con la Luna, el Sol y los planetas girando a su alrededor, idea que fue respaldada por Aristóteles en el siglo IV a. de C. No obstante, en esa misma época, Heráclides Póntico marcó una nota discrepante cuando trató de explicar el movimiento de las estrellas diciendo que era la Tierra la que giraba. Un siglo después, Aristarco de Samos fue más allá afirmando que la Tierra, no sólo giraba sobre sí misma, sino que, además, lo hacía alrededor del Sol. Sin embargo, estas hipótesis no conseguirían desplazar la doctrina geocentrista, que había echado sólidas raíces y más aún, cuando hacia el año 125 d. de C. el geógrafo y astrónomo Claudio Ptolomeo escribió su obra titulada Almagesto, un tratado astronómico según el cual la Tierra permanecía inmóvil en el centro del Universo, mientras los astros giraban a su alrededor, teoría que ya se mantendrá inamovible hasta el siglo XVI.

Sería Copérnico quien rescatara la vieja teoría heliocentrista de Aristarco de Samos y, tras veinticinco años dedicado a su estudio, recogió todas sus conclusiones en una obra titulada “De revolutionibus coelestium” (Sobre las revoluciones de las esferas terrestres) que fue publicada, tras su muerte, en 1543. En ella, Copérnico insistía en la idea de un Sol como centro del Universo, mientras que la Tierra y los demás planetas conocidos giraban alrededor de él.

De nuevo aquella idea chocaría con las doctrinas establecidas y especialmente con la Iglesia, que actuaba como guía espiritual y defendía sólidamente el geocentrismo. Sin embargo, en esa ocasión recibiría el apoyo de otros astrónomos, como Johannes Kepler o Galileo Galilei, que, a pesar de todas las presiones y dificultades propiciadas por el permanente conflicto establecido entre la ciencia y la fe, conseguirían mantener el camino abierto por Copérnico. Un camino que conduciría definitivamente al fin del geocentrismo. El hombre dejaba así de ser centro del Universo y pasaba a ocupar un lugar más acorde con la realidad. Pasaba a ser, apenas, una pequeñísima e insignificante parte de él.

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Los Reyes Magos

Los Reyes Magos - Mosaico anónimo Basílica di Sant'Apollinare Nuovo

Los primeros días del año, están siempre marcados por la proximidad del día de Reyes. Por la calle, los representantes reales, vestidos con llamativas túnicas y turbantes, recogen las cartas de los más pequeños, que tratan de convencer a sus majestades de que se han portado bien y merecen un buen regalo y no carbón. Cada 6 de enero, los Reyes Magos llegan para poner punto final a las fiestas navideñas cargados de regalos, igual que hace ya más de dos mil años llegaron para ofrecer sus presentes al recién nacido Jesús. Es cierto que últimamente Papá Noel está adquiriendo más protagonismo, pero también la población aumentó mucho en estos últimos años y a ellos no les viene nada mal que alguien les eche una mano.

Esta entrañable fiesta de marcado carácter infantil, que recibe el nombre de Epifanía del Señor, conmemora aquel momento en que tuvo lugar la manifestación, es decir, la presentación de Jesús a los Magos que llegaron de Oriente para conocerle y que, de alguna manera, viene a simbolizar la presentación del Hijo de Dios ante el mundo.

Este acontecimiento empezó a celebrarse en el siglo II, cuando la Iglesia de Oriente cristianizó los ritos paganos con que festejaban en Egipto y Arabia el nacimiento de sus dioses solares durante la noche del 5 al 6 de enero, coincidiendo con el aumento de luz que tenía lugar a partir del decimotercero día después del solsticio de invierno. Desde el siglo IV, occidente también celebrará la visita de aquellos Magos llegados de oriente, cuya historia permanece desde entonces envuelta en un manto de misterio que, probablemente, nunca lleguemos a despejar del todo.

Mateo es el único que nos habla en su Evangelio de unos Magos que llegaron desde oriente, guiados por una estrella, para conocer al hijo de Dios, al que entregaron los ya famosos regalos de oro, incienso y mirra, tras lo cual cada uno de ellos regresó de nuevo a su tierra. Básicamente, eso es todo lo que se cuenta en los evangelios canónicos, es decir, los que fueron aceptados por la Iglesia y forman parte del Nuevo Testamento. A partir de ahí, son muchas las dudas que aparecen sobre estos célebres personajes, ya que no se especifica cuántos son, ni tampoco se dice en ningún lugar que fueran reyes, sino magos. Los magos, en aquella época, solían ser personas de clase alta, sabios que poseían conocimientos ocultos para la mayoría de los seres humanos. Hay quien piensa, por tanto, que nuestros protagonistas podrían ser miembros de una casta sacerdotal proveniente de Persia.

Para encontrar algo más de información habría que ir a los evangelios apócrifos, antiguos escritos en torno a la figura de Jesús que no fueron aceptados por las Iglesias cristianas, donde podemos encontrar referencias más claras a los Magos de Oriente. Concretamente, el Evangelio Armenio de la Infancia nos cuenta que aquellos Magos que habían llegado a Belén, tras nueve meses de viaje, eran tres: Melkon, rey de los persas; Gaspar, rey de los indios y Baltasar, rey de los árabes. Pero no sólo eso, sino que nos detalla con más precisión cuáles eran los presentes que llevaron al recién nacido Jesús:
Gaspar le entregó nardo, cinamomo, canela e incienso.
Baltasar le llevaba oro, plata, piedras preciosas, perlas finas y zafiros.
Melkon, por su parte, le hizo entrega de mirra, áloe, muselina, púrpura y cintas de lino, pero, además, llevaba algo mucho más importante, que sólo entregó cuando estuvieron seguros de estar ante el Hijo de Dios: el libro del Testamento, escrito por Dios y que éste había entregado a Adán, él a su hijo Seth y así sucesivamente hasta que llegara el momento de ser entregado nuevamente al mismo Dios convertido en hombre, es decir, a Jesús. Sin duda, una historia muy interesante, que planteará un sinfín de nuevas hipótesis más o menos acertadas y que deja abierta la puerta a la posibilidad que plantean algunos expertos en la materia: ¿contendría aquel libro secretos que revelarían a Jesús algún tipo de verdades ocultas sobre las que se basarían las doctrinas que, más tarde, él mismo iba a predicar?. Seguramente nunca lo sabremos.

En cualquier caso, el misterio sobre la vida de los Magos estaba presente y era necesario tratar de aclarar dudas. Así, poco a poco, se fue forjando la leyenda en torno a sus vidas:
En el siglo VI, basándose en los regalos que nos cuenta Mateo, la Iglesia establece que fueron tres.
Algún tiempo después, dejó claro que eran reyes y nos reveló sus nombres y lugares de procedencia.
Un monje benedictino que vivió entre los siglos VII y VIII, llamado Beda el Venerable, nos proporcionaría la primera descripción física de los Magos en la que nos dice que Melchor era un anciano de larga cabellera cana; Gaspar era joven, imberbe, de tez blanca y rosada y Baltasar era un hombre de tez morena. Sin embargo, este último pasó a ser de raza negra en el siglo XVI, cuando la Iglesia decidió que era conveniente identificar a los tres Reyes con los tres hijos de Noé y las tres razas que poblaron el mundo en Europa, Asia y África.

A finales de la Edad Media, se determinó que sus edades eran 60, 40 y 20 años respectivamente.
El resto de sus vidas, tras la visita a Belén, es igual de enigmático y confuso. Se dice que el apóstol Tomás los bautizó y los nombró obispos y que murieron tras ser martirizados. En el siglo IV, Santa Elena, madre del emperador Constantino I, encontró en Tierra Santa los cuerpos incorruptos de tres hombres, por cuya apariencia y ropajes se llegó a la conclusión de que se trataba de los Reyes Magos. Tras llevarlos a Constantinopla y de allí a Milán, en el año 1164 fueron trasladados a la ciudad alemana de Colonia, donde reposan desde entonces en la Catedral que se construyó en su honor. Durante la II Guerra Mundial, la ciudad entera fue arrasada por los bombardeos continuos que la azotaron y sólo la catedral se mantuvo milagrosamente en pie, sin apenas recibir ni un rasguño, lo que cerraría aún más el círculo de misterio en torno a la vida de nuestros protagonistas. Sin embargo, que nadie se inquiete por saber que sus cuerpos yacen sin vida en aquella catedral, porque cada 6 de enero seguirán apareciendo para llevar a los niños sus regalos.
Cómo no, son Magos.

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