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Archivos Mensuales: diciembre 2011

Los Santos Inocentes

Que el tiempo pasa irremediablemente, es una de las verdades más irrefutables que existen. Así, cada año volvemos a encontrarnos con las mismas celebraciones, las mismas fiestas, las mismas efemérides que el anterior. Uno de esos días que, para disfrute de muchos y desesperación de otros, llega inevitablemente cada año, es el 28 de diciembre: día de los Santos Inocentes.

Ese día, los aficionados a las bromas están en su salsa, ya que, tradicionalmente, es costumbre gastar algún tipo de inocentada. Desde la más típica y sencilla de pegar un monigote de papel a la espalda, hasta otras más enrevesadas y, a veces, desagradables. Las nuevas tecnologías permiten que las bromas se vayan sofisticando y los mensajes MSN o las cámaras ocultas van sustituyendo a otros métodos más “artesanos”. Ni siquiera de los medios de comunicación te puedes fiar un día así. Raro es el periódico, la radio o la televisión que no te intente colar de rondón alguna noticia falsa, entre todos esos sucesos absurdos o increíbles que suelen aparecer habitualmente.

Fiesta del Obispillo

Esta práctica de las bromas o inocentadas, tiene su origen en el Centro de Europa durante la Edad Media, cuando cada 6 de diciembre, día de San Nicolás de Bari, en las escolanías de algunas catedrales se celebraba la buena relación que este santo tenía con los niños, cediéndoles a estos el protagonismo durante unos días. Así, existía la tradición de invertir los papeles de gobierno con un niño al que se elegía entre los del coro. El obispo dimitía simbólicamente de su cargo y el muchacho, vestido con sus ropas, era proclamado “obispillo” y ejercía la máxima autoridad asistido por sus compañeros vestidos de sacerdotes, desempeñando su mandato hasta el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. Esta costumbre, posiblemente heredera de las saturnales romanas en las que de manera irreverente y burlesca se invertían las jerarquías, fue extendiéndose a otros muchos lugares y adquiriendo una gran popularidad entre la gente, por las travesuras y bromas que los chavales hacían mientras recorrían las calles durante su transformación, algo muy propio de su edad, como bien se puede entender. Aquello, sin embargo, acababa casi siempre derivando en una fiesta grotesca en la que, habitualmente, el clero aparecía ridiculizado, por lo que, poco a poco, se fue vetando en varios sitios hasta que, durante el Concilio de Trento, la Iglesia acordó su total prohibición. En la actualidad, existen algunos lugares en los que se ha ido recuperando de nuevo, a modo de representación popular, aquella vieja “Fiesta del Obispillo” de la que llegaron, hasta nuestros días, las travesuras y las bromas convertidas en las inocentadas que hoy muchos sufrimos o practicamos durante el día de los Santos Inocentes. Un día, que aparece en el santoral por un motivo menos lúdico y, sin duda, mucho más trágico.

La Masacre de los Santos Inocentes - Daniele da Volterra

La celebración del día de los Santos Inocentes tiene su origen en una matanza que sucedió, tal y como nos cuenta el Evangelio de Mateo, en la época en la que tuvo lugar el nacimiento de Jesús. Según Mateo, los Reyes Magos llegaron a Jerusalén preguntando dónde era el lugar en el que había nacido el futuro rey de los judíos. Al enterarse Herodes “el Grande”, que reinaba en aquel momento, temió que se cumplieran las profecías y que realmente llegara un Mesías que pusiera en peligro su poder. Engañó entonces a los Reyes Magos, pidiéndoles que, cuando se enterasen del lugar donde estaba el recién nacido, se lo comunicaran para él mismo ir a adorarlo. Pero Dios avisó a los Reyes que, tras entregar sus regalos, regresaron a sus tierras por otros caminos sin pasar por Jerusalén y avisó también a José, que huyó a Egipto con su familia, salvando así al pequeño Jesús. Esto no lo sabía Herodes que, tras enterarse por los sacerdotes del Templo de Jerusalén de que el lugar donde había nacido aquel niño era Belén, ordenó a sus soldados entrar en la ciudad y matar a todos los niños menores de dos años. La orden fue escrupulosamente acatada y aquella noche morían treinta niños degollados por los soldados del bárbaro rey. En el siglo IV d. de C. la Iglesia decidió dedicar cada 28 de diciembre a la memoria de aquellos pequeños vilmente asesinados, aquellos Santos Inocentes.

Esta historia sólo aparece en el Evangelio de Mateo y ningún historiador de la época se refiere a ella, por lo que son muchos los expertos que piensan que no ocurrió de verdad y que Mateo tergiverso los sucesos confundiéndolos con lo que, en su momento, le sucedió a Moisés.

Nosotros, por nuestra parte, preferiríamos creer que realmente nunca se produjo un suceso así.

Los Cuadernos de Urogallo


 
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Publicado por en 26 diciembre, 2011 en Fiestas y Tradiciones

 

Navidad

Natividad Jean-Baptiste Marie Pierre - s.XVIII

No hay más que dar un paseo por cualquiera de nuestras ciudades, para sentir, desde hace ya unos días, la proximidad de la Navidad. Las avenidas se llenan de luz y adornos navideños. Pronto, el sonido de los villancicos nos seguirá por las calles más comerciales de nuestra localidad y a medida que avance la tarde, las tiendas se llenarán de gente deseosa de encontrar el regalo adecuado, el adorno ideal o los productos necesarios para preparar una deliciosa cena de Nochebuena. La vorágine en la que vivimos actualmente, plenamente sumergidos en nuestra sociedad de consumo, hace que se difumine en parte la realidad y, a veces, perdamos un poco de vista el verdadero significado de tan señaladas fechas.

Originalmente, durante el periodo de Adviento, que ocupa los cuatro domingos anteriores a la Navidad, los cristianos practicaban el ayuno, reuniéndose en Nochebuena para celebrar con una cena el nacimiento de Jesús. Esa costumbre sigue manteniéndose en la actualidad y así, cada año, las familias aún se reúnen en torno a una mesa, durante una cena de Nochebuena que supone el inicio de la Navidad, la fiesta cristiana en la que se conmemora la Natividad, es decir, el nacimiento de Jesucristo, el hijo de Dios, y que tradicionalmente tiene lugar el día 25 de diciembre. Sin embargo, no siempre fue así.

No existen referencias de esta celebración durante los primeros tiempos de la cristiandad y, por tanto, parece ser que no había establecida ninguna fecha que indicara qué día había nacido Jesucristo. Será en Alejandría, cuando en el año 200, surja entre algunos teólogos egipcios la preocupación por señalar tan destacado acontecimiento y acaban fijando el 20 de mayo como posible día del nacimiento. Años más tarde, en el 221, el historiador Sexto Julio Africano realiza el primer intento cristiano de escribir una Historia Universal, titulada Chronographiai, en la aparece indicado por primera vez el 25 de diciembre. Sin embargo, no será hasta el año 350 cuando el Papa Julio I, tratando de adaptar al cristianismo las costumbres paganas que prevalecían en aquella época, pedía que el 25 de diciembre se estableciera como fiesta religiosa en la que se celebrara la llegada al mundo de Jesús, coincidiendo así con las fechas próximas al solsticio de invierno, en que muchos pueblos del hemisferio norte celebraban ancestralmente el nacimiento de sus dioses solares y en el Imperio Romano se organizaban los festejos dedicados al dios Saturno, que precisamente culminaban ese día 25 diciembre. Esta fecha será decretada, ya de manera definitiva, por el Papa Liberio en el año 354, a pesar de que nunca se pudo establecer con exactitud cuál había sido el día en que se produjo el nacimiento, debido a que no existen fuentes históricas que lo certifiquen y las únicas referencias, bastante confusas, vienen dadas por los evangelios. Si bien, ateniéndonos a ellos, casi con seguridad que no pudo suceder en diciembre, ya que hablan de cómo en aquella época algunos pastores dormían al raso con sus rebaños, lo que nos situaría entre los meses de marzo y octubre, que era cuando esto ocurría, mientras que durante el invierno el ganado permanecía estabulado. De la misma manera, que las menciones que se hacen de Herodes el Grande, rey de Judea, nos confirman que Jesús tuvo que nacer seis o siete años antes de lo que pensamos, ya que Herodes murió en el año 4 a. de C.

En cualquier caso, no tiene demasiada importancia que los hechos sucedieran en uno u otro año, en uno u otro mes. La importancia reside en los hechos en sí y en el significado que tengan para cada uno y para sus creencias. Así, lo realmente importante es que la Navidad continúe cada año reuniendo a las personas, en unos días que deseamos que sean de paz y reflexión.

A todos, Feliz Navidad

Los Cuadernos de Urogallo


 
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Publicado por en 19 diciembre, 2011 en Fiestas y Tradiciones

 

De neumáticos y hombres

El 7 de diciembre del año 1888, el escocés John Boyd Dunlop patentaba un objeto que se convertiría en algo tan usual para nosotros, que sería inimaginable un mundo sin él. Nos referimos, como no, al neumático.

Extracción del caucho - J.P.Nap

Desde principios del siglo XIX, se venían buscando en Europa aplicaciones a un material que había llegado de América: el caucho. Ya en 1819, el inventor inglés Thomas Hancock conseguía soluciones de ese material para impermeabilizar zapatos, ropa o proteger cables. En 1839, el estadounidense Charles Goodyear volcó, “accidentalmente” sobre una estufa, un recipiente que contenía una mezcla de caucho y azufre con la que estaba trabajando. El resultado fue un material más duro, resistente e impermeable, pero que mantenía la elasticidad. Goodyear patentó aquel proceso en Estados Unidos en 1843 y lo llamó “vulcanización” en honor al dios Vulcano. Pocos meses después, Hancock patentaba el mismo proceso en Gran Bretaña.

La idea de Dunlop, le había surgido un día cuando trataba de eliminar las vibraciones que sufría su hijo en el triciclo, al recorrer las bacheadas calles de Belfast camino de la escuela. Se le ocurrió entonces inflar con aire unos tubos de goma, los cubrió con una lona y los amarró a las llantas del triciclo, consiguiendo así un desplazamiento mucho más suave del que permitían las llantas de goma maciza que utilizaban los vehículos en aquella época. Cuatro años después, un francés llamado Edouard Michelin ideaba el primer neumático desmontable para bicicletas, que más tarde adaptaría al automóvil.

Es fácil reconocer en esta historia nombres que, rápidamente, asociamos a rótulos comerciales que forman parte de nuestra vida cotidiana. DunlopGoodyearHancockMichelin, son actualmente marcas comerciales reconocidas internacionalmente, detrás de las cuales, como vemos, hubo grandes hombres que con sus acciones o su ingenio colaboraron al desarrollo y al progreso de la humanidad y cuyos nombres son gratamente recordados hoy en día. Sin embargo, como veremos a continuación, esa misma historia tiene otra cara mucho más trágica, de la que forman parte otro tipo de hombres. Algunos, de infame nombre que perdurará en el tiempo por el rastro de dolor y muerte que dejaron tras de sí. Otros, en cambio, de nombre desconocido, que ocupan la parte más triste de este relato.

En el año 1745, el científico francés Charles Marie de La Condamine, relataba su viaje a la Selva del Amazonas en la Academia de Ciencias de París y presentaba allí una sustancia utilizada, desde mucho tiempo atrás, por los indios omaguas, poderoso y temido pueblo guerrero que habitaba los territorios del Amazonas, en el lugar donde hoy se encuentra la Triple Frontera entre Perú, Brasil y Colombia. Los omaguas extraían aquella sustancia de un árbol al que llamaban “heve“, el cual, tras hacerle una incisión, manaba por su herida una resina lechosa a la que llamaban “cauchu“, que en su lengua significaba “el árbol que llora“. Con ella fabricaban una especie de jeringas que tenían diferentes aplicaciones y unos objetos redondos, del tamaño de una naranja, que rebotaban al lanzarlos contra el suelo y que ya habían llamado la atención de los misioneros católicos que recorrieron aquellas tierras en el siglo XVI. Para aquellos territorios de la Triple Frontera amazónica, el descubrimiento del neumático y su aplicación en la floreciente industria automovilística que acababa de nacer, significó la llegada del progreso y de ingentes cantidades de dinero, a una selva en la que se calcula que podría haber más de treinta millones de árboles del caucho y así, la localidad peruana de Iquitos, pasaría a convertirse en uno de los más importantes centros de negocio del nuevo continente, gracias a la fiebre que desató el ya conocido como “oro blanco“.

Efectivamente, el caucho se iba a convertir en un próspero negocio y pronto surgirían hábiles comerciantes locales que se harían con el control de la explotación. Aquellos empresarios caucheros, trataron al principio de encontrar mano de obra barata entre los indígenas, pero éstos no estaban acostumbrados a un sistema de vida que les ataba rutinariamente a un trabajo y al poco tiempo se marchaban de la cauchería. Decidieron entonces contratar extranjeros y pronto llegó al Amazonas una multitud de emigrantes dispuestos a trabajar. Sin embargo, enseguida fueron diezmados por las enfermedades. Así, optaron por recurrir de nuevo a los indígenas, pero esta vez el acuerdo con ellos se iba a hacer de un modo diferente.
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Indios caucheros

No se podría calcular con exactitud la cantidad de personas que murieron durante aquellos años. Mientras muchos malnacidos y miserables personajes se enriquecían y paseaban sus extravagancias por mansiones y ciudades que construían rebosantes de lujo y caprichos, tribus enteras desaparecían para siempre. Los omaguas fueron prácticamente exterminados y de los cincuenta mil huitotos que había al inicio de aquella locura, murieron unos cuarenta mil.

En 1876, a pesar de que estaba prohibido sacar semillas de caucho de Brasil, dos científicos ingleses consiguieron hacerse, mediante sobornos, con setenta mil semillas procedentes de los árboles del Amazonas. Tras llevarlas a Londres, plantaron los brotes nacidos en terrenos de las Indias Orientales holandesas, Ceilán y Malasia, consiguiendo, tras treinta y nueve años de paciente espera, una cosecha de savia de muy buena calidad. Así, con un sistema de trabajo diferente: explotaciones racionales de los bosques, sin agotarlos y utilizando mano de obra barata, pero sin esclavizar, los ingleses pronto consiguieron una producción rentable de caucho que sumiría a las empresas caucheras americanas en la más profunda decadencia y ruina económica. Lástima que tantas veces el progreso de nuestra especie se haya conseguido
a costa de tantas vidas.
aaaaaaaaaaaaaaa
 
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Publicado por en 12 diciembre, 2011 en Historia de las Cosas

 

Alejandro Dumas

Alejandro Dumas por Étienne Carjat

A lo largo de los años, han sido muchos los personajes célebres que nos han dejado un 5 de diciembre como hoy: el pintor francés Claude Monet; el gran genio de la música Mozart o el escritor Alejandro Dumas. A él vamos a dedicar nuestro artículo de hoy, porque, si bien es cierto que las pinturas de Monet o la música de Mozart han despertado infinidad de veces nuestros sentidos, las novelas de Dumas han despertado nuestras fantasías, nuestra imaginación. ¿Quién, en su niñez, no se batió alguna vez, emulando a D´Artagnan, contra todo un ejército del cardenal Richelieu? o ¿Quién no recuerda cómo el conde de Montecristo se hacía pasar por muerto, para que lo tiraran al mar y poder huir de la prisión en la que había sido injustamente encarcelado?.

El responsable de alimentar nuestra mente con esos recuerdos ha sido un francés que nació el 24 de julio de 1802 en Villers-Cotterêts, localidad a la que había sido destinado su padre, el general Thomas-Alexandre Davy de la Pailleterie, que usaba el apellido de soltera de su madre: Dumas. Allí conoció a la hija de un posadero con la que se casó y que trajo al mundo a un pequeño al que llamaron Alexandre.

Alejandro, nombre por el que lo conocemos nosotros, quedó huérfano de padre a la temprana edad de cuatro años y, debido a la precaria situación económica en la que quedó su madre, no pudo recibir la educación adecuada, teniendo que ponerse a trabajar desde muy joven. Hizo de mensajero, de vendedor de tabaco y gracias a los ingresos que le proporcionaba la caza, afición heredada de su padre, pudo ahorrar dinero para viajar por primera vez a París, ciudad de la que se quedará prendado y a la que volverá en 1823 para instalarse. Allí, gracias a alguna recomendación y a que poseía una hermosa caligrafía, comenzó a trabajar como escribiente del Duque de Orleans, dedicándose, además, a completar su formación por sus propios medios, mientras despuntaba con sus primeros trabajos literarios.

Pronto le llegó el éxito con sus obras teatrales y, sobre todo, con sus novelas, de ágiles y divertidos argumentos, donde combinaba perfectamente las aventuras con el romanticismo y con heroicos duelos a espada para mayor deleite de los lectores. Pero su producción literaria no sólo se compuso de novelas y obras de teatro, hubo también artículos, cuentos, libros de viaje y hasta un libro de cocina. Así hasta un total de unas cuatrocientas obras que lo convertían en uno de los autores más prolíficos de Francia. Sin embargo, es difícil imaginar que una sola persona fuera capaz de producir tanta literatura y mucho más en el caso de nuestro protagonista, ya que era un gran vividor, amigo de las fiestas, del buen comer y un mujeriego empedernido, que presumía de haber engendrado quinientos hijos. Fuera eso verdad o no, lo cierto es que con tanto trajín difícilmente se puede entender que además tuviera tiempo para escribir. Sin embargo, consiguió alcanzar tal volumen de títulos publicados, porque siempre se mantuvo rodeado de un gran número de colaboradores que escribieron para él una gran parte de sus trabajos. Se cuenta que popularmente en los ambientes literarios se le conocía con el apodo de “Alejandro Dumas y compañía“. Se calcula que hasta setenta y tres personas llegaron a colaborar en sus trabajos, limitándose él a perfilar el argumento, proporcionar la documentación histórica y escribir de su puño y letra las escenas de espada, que eran las que más le gustaban. Así, fácilmente se puede entender una anécdota que se le atribuye cuando un día, al encontrarse con su hijo, llamado Alejandro Dumas como él y también escritor, le preguntó al joven si había leído su última novela, a lo que el hijo le contestó: Yo no ¿y tú?.

Dumas disfrutaba acudiendo a todo tipo de reuniones literarias y gastronómicas. Era miembro de la masonería y su afición al esoterismo le permitía estar muy relacionado con los ocultistas más conocidos de la época, gracias a lo cual conoció a un joven escritor de nombre Julio Verne, al que ayudó en sus primeros pasos en el mundo de la literatura. Con él compartió filiación en la misteriosa “Sociedad de la Niebla”, de la que Dumas fue un destacado miembro.

Llevó una vida llena de lujo, excesos y derroche, manteniendo a varios hijos, a sus madres y a un gran número de amantes, por lo que, a pesar de haber ganado ingentes cantidades de dinero, vivía endeudado permanentemente. Todo esto, unido a una serie de inversiones fallidas, le llevó a la bancarrota y así, totalmente arruinado, se encontraba cuando estalló la guerra entre Francia y Prusia, que lo sorprendió fuera de Paris. No pudiendo regresar a la capital, se refugió en casa de su hijo en Puys, donde murió el 5 de diciembre de 1870, el mismo día en que los prusianos entraban en el pueblo.

D´Artagnan y los tres mosqueteros - Maurice Leloir 1894

En el año 2002 sus restos fueron trasladados al Panteón de París, en un féretro escoltado por mosqueteros y cubierto por un paño de terciopelo azul, en el que se podía leer, bordado en hilo de plata, el lema de los Tres Mosqueteros: “Todos para uno y uno para todos“. Allí reposan ocupando su lugar entre otros ilustres personajes de Francia, tras recibir el cariñoso homenaje de la nación francesa por boca del expresidente Jacques Chirac, a cuyas palabras nos sumamos con gratitud:
… con usted, nosotros fuimos D´Artagnan, Montecristo o Bálsamo; recorrimos las calles de Francia; participamos en batallas; visitamos palacios y castillos. Con usted, soñamos…“.

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Publicado por en 5 diciembre, 2011 en La Literatura